¿Cómo es "A propósito de nada", las memorias de Woody Allen que ya están en Uruguay?

Woody Allen
Woody Allen con libro de memorias

Se tiende a pensar que las películas de Woody Allen son autobiográficas, pero no es tan así. Lo más cercano que ha estado de su propia historia es Días de radio que, con algunas libertades, cuenta la infancia de un niño en un barrio y con una familia muy similar a la de Allen. Es el mismo chiquilín que vive bajo la montaña rusa y piensa en la expansión del universo en Dos extraños amantes.

Allen está presente, eso se sabe, en cada una de sus películas (en Hanna y sus hermanas en duplicado; él mismo y Michael Caine), lo que ha llevado a ver a cada uno de sus protagonistas como su alter ego. Eso incluye, entre los más obvios, a Jesse Eisenberg en Cafe Society o Larry David en Si la cosa funciona.

La insistencia en asimilar a esos personajes con la imagen pública de Allen ha sido rechazada por el propio interesado con poco poder de convencimiento.

Es por eso que A propósito de nada, su autobiografía ya editada en español por Alianza Editorial, es la primera versión en primera persona sobre la vida de Allen. Se comprueba, por momentos, que sí, él es un personaje full time y que la verdad es una cosa bastante escurridiza.

Las memorias —cuya edición estadounidense fue frenada por una campaña liderada por su propio hijo, Ronan Farrow— tienden a romantizar la historia, pero no evitan los temas más polémicos. Allí están, casi exclusivamente, las acusaciones por abuso sexual a una de sus hijas y uno de los peores divorcios en la historia de las uniones civiles.

Cuando no cuenta eso (ya llegaremos ahí), Allen llena de detalles interesantes, divertidos, sorprendentes o triviales, todo lo que se sabe de su biografía.

Nació en Brooklyn como Allan Stewart Konigsberg el 30 de noviembre de 1935 aunque, cuenta, lo anotaron un día después “para que yo empezara un día 1”. Su infancia fue todo lo idílica que podía ser la de una familia judía y pobre en la década de 1940 (su bar mitzvá temático fue con Los bajos fondos de Gorky, dice) y él lo toleraba con muchas revistas de historietas y libros de Mickey Spillane. En todo momento resalta que su base cultural está en lo popular (el cine más clásico de Hollywood, por ejemplo) a diferencia de lo que todos pensamos de su altura intelectual: está más cerca de Cole Porter que de Ezra Pound, dice.

En todo caso empezó a abrir sus horizontes culturales para conquistar chicas, una de sus más tempranas aficciones.

El libro se detiene bastante en ese tiempo y en sus primeras incursiones en la comedia, como columnista y libretista de cómicos famosos. Traza un interesante panorama de la industria del entretenimiento en las décadas de 1950 y 1960 y de la Nueva York de su tiempo.

Con una memoria prodigiosa, el libro está lleno de historias personales y artísticas. Sus procesos creativos, los rodajes de sus películas y su relación con los actores son contados con una prosa rica a pesar de los españolismos de la traducción de Eduardo Hojman; en la primera oración ya hay un “gilipolleces” que rechina, pero se termina acostumbrando.

Casi todas las historias son acompañadas por comentarios graciosos en los que, en general, termina mal parado. Y está bueno conocer detalles sobre su relación con Diane Keaton, su interés por el drama cuando era un cómico exitoso y por qué es un clarinetistas espantoso, según él.

La idea de cualquier lector con cierto morbo y cholulismo es ir directo al conflicto con Farrow y las acusaciones de abuso; toda esa historia está a partir de la página 267. “Espero que no sea la razón por la que habeis comprado este libro”, dice el autor.

Allen define a Farrow como miembro de una familia con “graves problemas de alcohol y drogadicción entre los hermanos, antecedentes penales, suicidios, personas ingresadas por trastornos mentales e incluso un hermano en prisión por abuso de menores”. Al director le sorprendió cómo Farrow salió indemne de ese campo minado, “pero lo cierto es que no había salido indemne y que yo debería haber estado más atento”.

Sobre las acusaciones de abuso a su hija Dylan cuando tenía seis años, Allen lo relata como un incidente doméstico: estaba viendo televisión en familia y apoyó la cabeza sobre la falda de Dylan. “Lo tengo”, escribe Allen que dijo Farrow cuando una niñera le contó lo sucedido. El director define la acusación como un “cuento chino” que impulsó una maquinaria judicial que costaría millones de dólares. Dos investigaciones concluyeron que no hubo abuso y que Dylan, quien aún mantiene la acusación, fue adoctrinada por su madre para declarar el abuso. Es una historia feísima.

En otros asuntos, uno se entera que considera a Maridos y esposa su mejor película (y puede ser que tenga razón). que Marion Cotillard sufrió en el set de Medianoche en París, que a Fellini lo conoció sólo por teléfono y que Manhattan, uno de sus grandes clásicos, al principio no le gustó.

Y también cuenta relación con Soon-Yi, una historia de amor que parece en su relato una de aquellas películas que Allen tanto amaba de niño.

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