Obituario

Aquel periodismo elegante que se volvió gran literatura

A los 87 años falleció Tom Wolfe,  uno de los grandes escritores del siglo XX

Tom Wolfe
Tom Wolfe, 1931-2018

Toda una generación de periodistas creció soñando ser Tom Wolfe. Es que había en su agudeza para el detalle, su prosa imaginativa e incluso en su elegancia, mucho para envidiar. Su muerte, ayer a los 87 años, hizo acordar a muchos de aquellos años en el que su libro El nuevo periodismo era el objeto más preciado de nuestras raleadas primeras bibliotecas. Con el tiempo descubrimos su capacidad como novelista.

Wolfe conservó su aspecto de dandy honorario (con algo de Mark Twain) hasta el último momento. Había patentado ese porte de trajes a medidas, corbatas llamativas y camisas a rayas a comienzos de la década de 1960, cuando era un reportero que ya se hacía notar. Había nacido en Richmond, Virginia, en 1931, hijo de un granjero y de una madre ama de casa que lo instó a escribir. De niño se atrevió con biografías de Napoleón y Mozart, dos personalidades de las que algo ya debería tener.

Tras obtener su doctorado en Yale, Wolfe empezó como periodista en el Springfield Union, en 1959 pasó al Washington Post y después al New York Herald Tirbune. Allí empezó a desarrollar un estilo que desconcertó a editores, pero, a la larga, inició una revolución. Se llamó “nuevo periodismo” y, junto a Truman Capote, Norman Mailer, Joan Didion, Hunther S. Thompson y Gay Talese, lo tuvo entre sus pioneros. En el caso de Wolfe los síntomas eran una tendencia a lo literario, el uso de mayúsculas y signos de exclamación para destacar los puntos importantes, la creación de neologismos (“radical chic”, por ejemplo) y una capacidad para encontrar el ángulo menos convencional para contar una historia.

“Era un escritor increíble”, le dijo a AP Gay Talese, quien junto con Didion son los últimos sobrevivientes de aquella generación de nuevos periodistas. “Y no se lo podía imitar. Cuando alguien lo intentaba era un desastre. Debían conseguirse un trabajo en una carnicería”.

Esos atributos los desplegó en incontables artículos periodísticos y en novelas como Elegidos para la gloria sobre la vida de los astronautas, La hoguera de las vanidades sobre un corredor de bolsa de Wall Street, y Todo un hombre, una historia sureña, entre otras. En todos ellos, que incluyen ficción y no ficción, siempre se hace notar el trabajo de un periodista haciendo lo que mejor deberíamos hacer: tratar de entender lo que nos rodea.

Hay varios libros en librerías locales de Tom Wolfe. Están El nuevo periodismo (450 pesos), Lo que hay que tener (315 pesos), La hoguera de la vanidades (750 pesos), Bloody Miami (700 pesos), Todo un hombre (980 pesos) y La banda de la casa de la bomba (630 pesos). Todos fueron editados por la editorial española Anagrama.

En La hoguera de las vanidades, la novela que muchos podrán recordar por la fallida traslación cinematográfica de Brian De Palma con Tom Hanks, Wolfe transmitió la ambición y el miedo de los llamados “amos del universo”, una pandilla de pusilánimes sin escrúpulos que dominaron la economía de la década de 1980. En Elegidos para la gloria, transmitió la vida de un grupo de pilotos que soñaban con ir a las estrellas, cierto, pero también el ambiente de sus esposas y el aire que se respiraba en su mundo.

“Al comenzar los años sesenta, un nuevo y curioso concepto, lo bastante vivo como para inflamar los egos, había empezado a invadir los diminutos confines de la esfera profesional del reportaje”, escribió Wolfe en el prólogo de aquel entusiasmante El nuevo periodismo, que compilaba ejemplos notables del género. “Este descubrimiento, modesto al principio, humilde, de hecho respetuoso, podríamos decir, consistiría en poder hacer un periodismo... Que se leyera igual que una novela”.

Entonces fue que un grupo de periodistas renegados tomaron por asalto la novela, la hicieron suya, y en el proceso la transformaron para siempre. El libro incluye trabajos de Rex Reed, Mailer, Terry Southern, Robert Christgau, John Gregory Dunne y dos textos fundamentales del propio Wolfe, “La izquierda exquisita” y “Maumando al parachoques”. Están situados en dos ambientes distintos (la clase alta neoyorquina, la clase baja y negra de San Francisco) pero a ambos mundos, Wolfe consigue retratarlos con la misma destreza. El comienzo de “La izquierda exquisita” con Leonard Berstein despertándose en la mañana, es formidablemente envidiable.

“Para las novelas hago la misma investigación que hacía en los reportajes”, le dijo en 2005 a El País español, quien ayer hizo mención a esa nota en su obituario. “La mayor parte de mi vida he escrito cosas que no eran de ficción. He sido un periodista, y todavía me considero un periodista que ha escrito algunas novelas. Para escribir hace falta el mismo esfuerzo que para informar: el esfuerzo de tener la boca cerrada y escuchar exactamente cómo habla la gente y qué es lo que dice”.

Y en su legado están esa clase de lecciones (cerrar el pico y oír lo que nos dicen, por ejemplo) y un montón de textos increíbles. Y ese sueño que nos impuso a muchos a querer escribir y vestirnos como él, sabiendo que nunca íbamos a conseguir ninguna de esas dos metas.

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