Entrevista

Pedro Mairal: "La literatura no puede ser educativa, ni tiene que dar buenos ejemplos"

El autor de la uruguaya charló con El País sobre el arte de escribir cuentos y la política y el humor en sus libros

Pedro Mairal
Pedro Mairal, de nuevo en Montevideo con nuevo libro. Foto: Darwin Borrelli

Quizás sea porque su novela más exitosa, La uruguaya, transcurre en una Montevideo descrita con rigurosidad y cariño, los uruguayos le han regalado mucho cariño a Pedro Mairal. Es mutuo. La semana pasada el escritor argentino estuvo en Montevido y Punta del Estepara presentar Breves amores eternos (Emecé, 650 pesos) una colección de cuentos que son “tragicomedias burguesas” de “hombres cuarentones”. Y el primer cuento, además, transcurre entre Punta del Este y Maldonado.

—Cada vez que viene de visita, los uruguayos le preguntamos sobre su relación con nosotros. ¿No lo cansa?

—No vengo tanto. Vine por tres libros y no me cansa porque hay algo fascinante acá. Recién caminaba por 18 de julio con mi hijo Francisco y lo veía entrar y salir de la familiaridad. Es Buenos Aires, pero no, el lenguaje es parecido pero no. Me siento muy bien tratado acá. No sé qué les pasa a los uruguayos cuando van para allá, creo que quedan sobreestimulados. Pero yo acá encuentro algo muy agradable. Acá es como si hubiera varias capas de tiempos. Montevideo no pasó el menemismo y su glamour capitalista. Acá ves los 70, ves lo 80. Eso me fascina. Tiene un costadito medio La Habana.

—Lo hemos conocido como novelista, aunque empezó como poeta y en una mitad de Breves amores eternos recupera un libro de cuentos de 2001 al que le agrega producción más reciente. ¿Cuál es el arte de escribir un cuento?

—Hay algo de generar una gran intimidad con la voz, la sensación de estar espiando un mundo y meterte en la cabeza de alguien. Y generar una tensión que se acrecienta: el cuento es un arco que se va tensando y al final larga la flecha. Y hay que hacer un recorrido rápido de pocas páginas. El cuento “Hoy temprano”, por ejemplo, es la vida entera de un tipo en un solo viaje en auto. Es así, en el cuento entra una vida entera, un destino, pero tenés menos palabra para decirlo. Lo que hay que hacer es no subestimar al lector porque él va a reponer lo que falta y terminar el cuento. Ese ida y vuelta me apasiona.

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Pedro Mairal
Breves amores eternos
AutorPedro Mairal
EditorialEmecé
Precio650 pesos

—¿Y cuál es el arte de leer cuentos?

—El cuento, contraponiéndolo con la novela, te exige más. La novela te pide un único esfuerzo de meterte en su universo y después te hospeda durante 300 páginas. El cuento te abre una ventana que se cierra a las 10, 15 páginas. Es como que la novela es una casa y los cuentos, un edificio de apartamentos, en el que tenés que ir piso por piso. Eso demanda más al lector. Y le pide que sea más participativo.

—¿Cómo sabe cuándo cerrar un cuento antes que se convierta en otra cosa?

—Hay algo medio musical en eso. Como lo que llaman la gravitación tonal, una serie de acordes va sugiriendo que vas volviendo al acorde en el que está hecha la canción. Hay una pelea de Muhammad Ali en el que pega una trompada y cuando el otro se va cayendo, lo va rematar y no lo hace. Ya estaba. Hay una cierta elegancia en eso y eso está en el gesto de cortar el cuento en cierto lugar.

—¿Cuánto tiempo le lleva escribir uno?

—Trato de escribirlo en una sentada o dos, no más. A lo máximo dos días. Una vez, un trenzador me dijo que tenía que hacer las trenzas en un día, que si la dejaba por la mitad y la seguía al otro día, se notaba dónde la había cortado porque la intensidad era distinta. Y eso pasa con los textos. Venís con un envión y tenés que aprovechar esa energía y llegar al final.

—¿Cuál es su cuento favorito de Breves amores eternos? A mi me gustó mucho “El viaje de la profesora Bellini”...

—¡Uy! ¡Qué bueno que te gustó ese! Lo quiero mucho y nunca me lo mencionan. Para mí, es de los mejores y es un personaje que me salió de la nada y lo querés. Es un profesora de letras que ahorra toda la vida para ir a Grecia y lo que encuentra es algo distinto a lo que iba a buscar. A mi interesa mucho, como tema literario, esa cruza de las expectativas con lo que termina pasando. La uruguaya es eso: un tarado viene enamorado de una chica y de una ciudad y se termina dando un sopapo enorme.

—Viene de un país tan politizado como Argentina y sin embargo, aparentemente no hay referencias políticas en sus libros. ¿Les encontrás vos una lectura política?

—Es la política de los cuerpos, si querés, de la gente con su deseo y la construcción del machismo y el avance del feminismo. Si hay política es medio involuntaria y son signos de época, costumbres sociales. En este libro no hay una política manifiesta de la calle. En El año del desierto, una novela mía, transcurre la historia argentina para atrás como una pesadilla, empezando en la actualidad y terminando en la fundación de Buenos Aires. Había una intención política...

—¿Explícita?

—Sí, pero mirá lo que pasó. Un amigo mío hace tiempo, me preguntó cómo estaba mi mamá. Y le conté que había tenido una regresión, de la enfermedad que avanzaba, haciéndola retroceder en el tiempo, que había perdido el lenguaje. Y mi amigo, para intentar cambiar de tema porque era muy heavy la cosa, me preguntó que estaba escribiendo, así que le conté que había terminado una novela en la que el tiempo iba para atrás, en la que avanzan los pastizales sobre la ciudad, que Buenos Aires y llegamos a los tiempos de la colonia. Y él me dice: “escribiste sobre tu mamá”. Y ahí me cayó una ficha gigante: pensé que era mi novela política y era sobre mi mamá. No creo que la voluntad política sume mucho a la hora de escribir. Está bien tener tus ideas pero hay que tener cuidado cuando se te vuelve ejemplificador, panfletario. Lo político puede ser un arma de doble filo en la literatura. Es bueno cuando sale involuntariamente pero nunca sabés sobre qué estás escribiendo. Las voluntades temáticas o políticas en la literatura, son animales que no podés controlar mucho.

—En algunos cuentos hay mucho humor. Me reí mucho con “El anillo” sobre el tipo que se va al hotel con una mujer y se ve enredado en su torpeza y sus mentiras.

—Sería una tragicomedia. Ahí está metida toda la hipocresía burguesa con sus intentos de conservar su status quo. Para él es una tragedia y eso es lo más gracioso. Me criticaron que los cuentos tienen un costado muy machista, pero ese cuento en particular es todo lo contrario: muestra la estupidez o la vulnerabilidad masculina. Los personajes son hombres cuarentones que dicen cosas incorrectas y eso está chocando mucho. En Buenos Aires hay un cambio de paradigma enorme respecto al feminismo y, para mí es superbienvenido y necesario. Pero el error es trasladar tu costado bienpensante a tus personajes. La literatura no puede ser educativa, no dar buenos ejemplos, es el lado B de la gente y ese lado es oscuro. Y en ese cuento, el tipo es un bobo pero meterme en su intimidad eso genera siempre empatía.

—Han sido juzgados por sus personajes.

—Leer la ficción como si fueran editoriales, es un gran error. Yo no coincido moralmente con mis personajes, ni tengo por qué. La ficción es un territorio de lo indecible. Y hay algo que avanza pidiéndole a la ficción que sea ejemplificadora. La ficción está un poco en peligro y hay que defenderla. Hace poco me dijeron que yo no podía crear un personaje femenino porque era usurpación de género. Nunca había pensado eso en mi vida. Pensar así es el fin de la literatura porque todo además tiene que ser literatura del yo. Escribir es un gran ejercicio de empatía y tiene que ser lícito poder escribir del otro.

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