Entrevista

Patricio Pron, último premio Alfaguara: "No hay quien entienda a Argentina"

El País charló con el escritor, académico y periodista argentino que estuvo en Uruguay para presentar "Mañana tendremos otros nombres", su premiada novela

Patricio Pron
Patricio Pron, el último ganador del premio Alfaguara. Foto: Difusión.

Nacido en Rosario, Argentina, en 1975, Patricio Pron tiene una carrera literaria cargada de elogios, reconocimientos (la revista Granta lo colocó en 2010 entre los 22 mejores escritores jóvenes en castellano y galardones. En esa categoría debe incluirse a partir de ahora, el premio Alfaguara de novela de 2018 por Mañana tendremos otros nombres, sobre la disolución de una pareja y los nuevos vínculos amorosos en tiempo de aplicaciones y soledades varias. Pron trabajó como periodista (fue colaborador de El País Cultural, por ejemplo), es doctor en filología de la británica Universidad de Göttingen y actualmente reside en España. Sobre su país, su literatura y su novela premiada charló con El País.

-Usted vive en Europa, desde la distancia, ¿cómo ve un argentino a la Argentina? ¿Entiende mejor algunas cosas que les pasan?

—No creo que marcharse de tu país te permita comprenderlo mejor; si acaso, permite que entiendas mejor qué piensas y quién eres tú en la relación con tu país de origen. Por otra parte, no hay nadie que entienda Argentina, de manera que la incomprensión y el desconcierto son mejores señas de identidad nacional que nuestra bandera y nuestro himno.

—Trabajó en prensa a comienzos de la década de 1990. ¿A quiénes ve como sus compañeros de ruta desde entonces?

—Estuve trabajando en periodismo desde aproximadamente 1990 y hasta hace algunos años; también, entre otros, en el Cultural de El País que dirigía Homero Alsina Thevenet. Allí y en otros lugares tuve el honor y el placer de trabajar con decenas de periodistas y de aprender de ellos. Algunos son figuras públicas, grandes firmas del oficio; pero mis simpatías y mi solidaridad han estado siempre más bien del lado de las muchas personas, algunos periodistas, que trabajan en los periódicos y los hacen posibles sin que necesariamente el lector conozca su firma o sepa de ellos.

—¿Cómo es la fama de un escritor? ¿La gente lo reconoce?

—Algunas personas en algunos sitios me reconocen algunas veces. Nunca son encuentros desagradables, pero la pérdida de cierto anonimato es un problema a resolver para alguien que, como yo, se dedica, principalmente, a escribir, a observar, y no a ser observado.

—Ha recibido muchos premios y ahora el Alfaguara. ¿Cómo toma esa clase de reconocimiento?

—No pienso mucho en los premios, ni siquiera en premios tan importantes como el Alfaguara. Son cajas de resonancia para los libros que uno escribe, y uno tiene para con ellos, entre otras, la responsabilidad de ofrecerles la mayor caja de resonancia que esté a su alcance. Lo otro, por decirlo así, lo pone el lector.

—Mañana tendremos otros nombres empieza con la disolución de una biblioteca compartida que es un símbolo generacional. ¿Los libros son un corte con los nuevos adultos?

—No necesariamente, ya que la práctica de la lectura establece una continuidad total entre generaciones: lo que ha cambiado, desde luego, es, por una parte, los libros que se leen y, por otra, el uso que se les da a esas lecturas. Esos usos son completamente distintos a los que llevaba a cabo la generación anterior: han cambiado, como casi todo.

—¿Hay algo de nostalgia de aquellos tiempos?

—Parece haberla entre quienes apelan a la recuperación de unos supuestos “valores tradicionales” que se habrían perdido o estarían en peligro. Pienso en políticos como Donald Trump y Jair Bolsonaro y en movimientos como el antiabortista en Argentina y la extrema derecha europea. Su nostalgia es un mecanismo de defensa ante unos cambios (en buena medida propiciados por las mujeres que han abanderado las luchas de los últimos años) que ponen en cuestión sus privilegios, pero ¿quién desearía vivir en el mundo “ideal” de alguien como ellos?

—¿En qué momento del proceso de creación decidió no darles nombres a los personajes principales?

—Mientras escribía el libro. Pensaba que los nombres sólo entorpecían la posible identificación del lector con los personajes, así que los eliminé. Él y Ella, los protagonistas de la novela, son arquetipos de una cierta masculinidad y de una feminidad un poco imprecisa, pero ambos definen sus contornos a lo largo del libro. Y quizás haya en hecho una lectura bíblica posible; al fin y al cabo, todas las parejas son la primera pareja, que funda la historia y la clausura con el enfrentamiento entre sus hijos.

—La novela funciona en dos planos: la historia de ellos y el diagnóstico de un nuevo mundo. ¿Qué surgió primero?

—Lo primero fue una cierta perplejidad ante el estado de las relaciones amorosas que los personajes comparten con el resto de nosotros; fue la curiosidad por tratar de comprender de qué forma amamos y cómo lo haremos en el futuro la que me llevó a pensar en la historia de una pareja que rompe tras un período relativamente breve y a continuación debe “empezar de nuevo”. Mis libros tienen por lo general una investigación previa, que en este caso también supuso hacer un trabajo de campo; pero esa investigación no fue previa esta vez, sino que fue acompañando la escritura del libro.

—¿Cuál es su vínculo personal con todas esas herramientas de "seducción" modernas y las relaciones que salen de ahí?

—Un vínculo ambiguo, no necesariamente de usuario. Pero sí el de un observador atento que piensa en y valora las posibilidades que ofrecen esas nuevas herramientas y, al mismo tiempo, se pregunta acerca de cuál es el precio a pagar por la concesión a un algoritmo del que nada sabemos la potestad de inmiscuirse en nuestra vida privada.

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