Entrevista

Pablo Casacuberta: “A veces pienso que escribo el mismo libro una y otra vez”

El escritor uruguayo presenta su novela "La mediana edad", Premio Nacional de Literatura 2018

Pablo Casacuberta
Pablo Casacuberta, Premio Nacional de Literatura 2018

Acaba de editar La mediana edad, novela en tono de comedia que fue Premio Nacional de Literatura en 2018. Casacuberta, que además, es artista visual y gestor cultural, charló con El País sobre ese libro y el personal arte de escribir.

—En 2020 se cumplen 25 años de Esa máquina roja, tu primera novela, que fue recibida en su momento como una sensación. ¿Cómo lo viviste?

—Había como una especie de avidez de una literatura que no se refiriera ni a la dictadura, ni a la lucha entre generaciones, ni que tuviera aspiración parricida y de que fuera lisa y buenamente un libro. Ahí no había un discurso sociológico muy marcado o un compromiso político delineado y eso vino a subsanar una especie de hueco que había. Libros que no vinieran a resolver ningún problema concreto de aquella realidad.

—Y hoy estás recopilando toda tu obra a través de Estuario Editora, ¿qué pensás cuando ves todos esos libros?

—A veces pienso que escribo el mismo libro una y otra vez. Siempre hay un personaje manifiestamente desajustado de su contexto, que al mismo tiempo se ha hecho una especie de explicación que le provee de un modelo de cuál sería su lugar en el mundo y que el lector rápidamente identifica como una explicación insuficiente o falsa que al personaje no le ayuda a tener una experiencia plena de la vida. Y uno cuando lee se siente tentado a ayudarlo pero también si todo sale bien, se da cuenta que uno también tiene un modelo de la realidad que estructura alrededor de un cuentito propicio para que nuestras falencias parezcan oportunas. Todos los libros míos tienen distintas variantes de ese personaje y no hago un esfuerzo muy grande por ocultarlo.

—Esta novela se llama La mediana edad, que es justo el período de la vida que estás viviendo...

—El protagonista es como una antítesis de lo que yo soy. Tiene una dificultad muy grande para filtrar su sistema de creencias con alguna refutación. Yo me considero un enamorado del método científico, lo que no quiere decir que no tenga una porción de las mismas limitaciones. Por más buena voluntad que vos pongas para conocer en forma introspectiva tus procesos mentales, no hay una manera fidedigna de saber lo que te pasa. En ese aspecto, esa especie de versión monstruosa podría tener una relación con mi persona. Se llama La mediana edad porque en general siempre se habla de la crisis de la mediana edad como una crisis de valores que tiene que ver con que a qué le has dedicado la vida. Es la edad en que todo se va al carajo y se hacen locuras que hacen sentir que aún la vida es más flexible de lo que es.

—Y eso le pasa a Tobías, el protagonista...

—Todo lo que cree es falso y a pesar de que a lo largo de los años, ese sistema de creencias le ha servido de apoyo, se le empieza a manifestar como insuficiente. Y eso le pasa cuando su ídolo, el doctor Svarsky, tiene un colapso en el propósito de su vida.

—La novela está armada como una comedia incluso separada como en gags. ¿Lo pensaste así?

—Otra característica de mis libros, es que los personajes narran en primera persona y en términos muy pomposos unos hechos bastante anodinos en los que en general se manifiesta que su vida no está surcada de eventos importantes y está más bien vacía. Nada hay más gracioso que un personaje circunspecto que se resbala con la cáscara de una banana. Eso es una cosa familiar a todos mis personajes.

—Pero es un humor que, si no entrás en el juego puede parecer asordinado.

—Tenés que sentir que el sujeto tiene un pesar auténtico. Tenés que entender eso y que se está perdiendo el 95% de la vida por tomarse en serio. Como lector tenés que estar en los dos lugares: compartir lo suficiente el discurso del protagonista como para que te importe y estar suficientemente fuera como para darte cuenta de que se trata de una demencia.

—Recién hablaste del método científico, ¿lo utilizás para estructurar tus libros?

—Empiezo los libros sin saber nada de lo que va a pasar. En general solo sé una escena. Por ejemplo un sujeto va tambaleándose al consultorio de un homeópata. Y de ahí voy ampliando. Procuro nunca saber exactamente lo que va a pasar. Hago, sí, muchísimas revisiones porque quiero que sientas el libro constituye una experiencia que produzca cierto estado de trance que se consigue con palabras muy ordenados y que den las sensación que son muy intencionadas.

—Eso se nota en el trabajo de tu prosa...

—Una vez un sujeto me dijo una cosa que me cambió la vida. Me dijo “yo trabajo en una zapatería, pruebo 100 zapatos por día y lo que más detesto cuando enfrento un escenario es que suba un artista y trate de demostrarme que es como yo”. O sea si vas a robarle a una persona 14 horas para que lea un libro, dale un lenguaje trabajado y que sienta que amplió el ámbito de lo posible en vez de darle un conjunto de platitudes que le presenten una vida que no es distinta a la que tiene fuera del libro. Así es como yo me aproximo a la literatura: hay que producir una experiencia que no sea anodina.

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