Entrevista

“Me siento muy bien recibido en Uruguay y eso me encanta”

Una charla sobre literatura, Argentina y periodismo deportivo con Eduardo Sacheri, el autor de "El secreto de sus ojos"

Eduardo Sacheri. Foto. Fernando Ponzetto
Eduardo Sacheri. Foto: Fernando Ponzetto.

—¿Cómo es la popularidad de un escritor?

—Mi situación es un poco rara porque mi carrera literaria está cruzada por elementos extraliterarios. Cuando empecé escribiendo cuentos de fútbol se difundieron por radio. Mi primera novela va al cine como El secreto de sus ojos. Eso me da una masividad mediática inhabitual para un escritor. Y como trabajo en televisión, en radio, si la gente me reconoce por la calle es por eso, no por las solapas de los libros. Tengo un auxilio que otros autores no tienen porque soy el flaco que trabaja en la televisión.

—¿Le piden muchas fotos?

—De vez en cuando. En la cancha de Independiente, sí, porque he escrito cosas del club y si te ven en la tribuna algo te dicen. Y vivo en Castelar, y ahí es como un pueblo chico a 40 kilómetros de Buenos Aires, y nos conocemos todos.

—¿Cómo es Castelar?

—Imaginate un barrio de casas bajas, veredas anchas, pajaritos. Un barrio de clase media tranquila. Es medio pueblo. Cuando era chico era pueblo del todo. Así que ahí soy conocido por la pequeñez del contexto.

—Siempre vivió ahí, ¿ha cambiado mucho?

—Se ha vuelto una zona más insegura como todo el conurbano bonaerense. Es una zona de frontera, muy aluvional, que está cerca de Buenos Aires pero no está en Buenos Aires. Hay barrios bonitos y otros muy pobres y conflictivos hacia adentro y hacia esas zonas de clases media. Así que todas las cuestiones de inseguridad te tocan más que en Buenos Aires. Y a la vez no te querés ir porque sos de ahí.

"Cada vez más, el periodismo deportivo le ofrece al hincha algo básico, maniqueo, simplificado, pasional. Y el hincha cuanto más joven, más se educa en eso y más piensa que esas son las categorías disponibles para pensar el fútbol"

—Argentina parece haber caído en su eterno círculo de crisis y conflictos. ¿Cómo ve su país?

—Qué decirte. Siempre trato de ser cuidadoso de no dar una mirada concluyente a partir de mis propias ideas. Me molesta el pontificado tan habitual en mi país sobre modelos políticos o económicos.Argentina es un país condenado a las crisis de mayor o menor hondura. Dios quiera que esta no sea al estilo de la del 2001. Es tan apasionadamente fanático el análisis, que hay un montón de gente deseosa de que pase eso, con tal de tener razón. Tenemos tanta certeza que, con tal de hundir a la facción opuesta, hundámonos en el fango.

—¿Esa es la Argentina de siempre o ahora está exacerbado?

—Más allá de una cuestión pendular no creo que este enfrentamiento sea más furibundo que otros. Es una colectividad, la argentina, casi imposibilitada de una construcción colectiva lo suficientemente amplia. Hay un individualismo que también es un signo muy infantil. Está eso que desde afuera genera una mezcla de admiración y hartazgo: eso de mirá cómo esta gente se planta y no se deja avasallar y al mismo tiempo son de una soberbia insoportable. Las dos cosas son ciertas. Pero como en nuestro trato recíproco utilizamos los mismos criterios, ningún individuo parece dispuesto a someterse a la ley, en tanto entidad colectiva por encima de mis deseos. Y así es como actúa un chico caprichoso: su deseo está por encima de los demás. Así somos.

—Hay dos tradiciones literarias en las que lo ubico. Quizás sea un poco obvio pero por un lado lo vinculo con Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa. ¿Usted se ve allí?

—Ellos son una suerte de fundadores de una tradición de cuentos de fútbol, una temática que siempre me ha gustado. Suelo mencionarlos como los dos más grandes en la relación de literatura y fútbol. A lo mejor a Soriano lo siento como una influencia más grande en mí porque sus novelas son muy buenas. No las leí tan de pibe pero cuando lo descubrí me di cuenta que es uno de los grandes novelistas argentinos de la segunda mitad del siglo. Lo que hicieron los dos, sí, fue legitimar un campo literario.

"Argentina es un país condenado a las crisis de mayor o menor hondura. Dios quiera que esta no sea al estilo de la del 2001"

—Y Soriano, como usted lo hizo desde los géneros, por ejemplo, la literatura policial.

—Lo que siempre admiré de él es la construcción de los diálogos más allá de lo que estuviera tratando. Me gusta el modo en que sus personajes se construyen a partir de un hablar cotidiano. Ha sido un autor ninguneado por la academia y sin embargo los lectores han convertido en un clásico y lo sostienen como tal. Y eso Soriano lo debe haber padecido más que Fontanarrosa.

—¿Y para usted es importante la opinión crítica sobre sus libros?

—La academia y la crítica pasan absolutamente de mi literatura y entiendo que es como inevitable. A lo mejor mi manera de escribir no está tan de moda. Soy un narrador que cuenta historias y ahí me alejo de cierta búsqueda de vanguardia que no me interesa ni como lector.

—La otra tradición en la que lo ubico es en la de grandes periodistas deportivos como Dante Panzeri, Enzo Ardigó, aquel Walter Clos de la revista Humor.

—El periodismo deportivo en Argentina ha retrocedido mucho en su calidad, su capacidad reflexiva, contextual, lingüística. Entonces, los escritores de ficción, a duras penas, somos los que podemos reivindicar ese vínculo, aunque sea lejano, con ese modo de hacer periodismo. Hoy en Argentina, ¿quién es Dante Panzeri en el periodismo deportivo? Me cuesta ver a uno. En los medios escritos ha retrocedido mucho porque a lo mejor no hay contextos que faciliten ese despliegue ensayístico y literario que podían ofrecer esos tipos. ¿Dónde escribirían hoy aquellos grandes periodistas?

—Eso no sé, pero, ¿habría público para eso?

—Cada vez más, el periodismo le ofrece al hincha algo básico, maniqueo, simplificado, pasional. Y el hincha cuanto más joven, más se educa en eso y más piensa que esas son las categorías disponibles para pensar el fútbol.

—Volviendo a la literatura. ¿Cómo son sus rutinas de escritor?

—Hoy tengo mucho tiempo para escribir. La combinación entre libros, películas y series que escribo cada tanto me permiten vivir de eso y lo que era mi profesión -licenciado en Historia y docente-, la tengo muy reducido. Así, todas las mañanas y todas las tardes estoy tres o cuatro horas en disposición de laburo. Lo tomo como un horario de oficina y no trabajo los fines de semana, ni los feriados. Cuando tuve a mis hijos, me dije que pudiendo, por ser un trabajo tan absorbente e introspectivo, no quería que afectase mi tarea como padre. Soy bastante metódico.

—¿Cómo es el proceso de trabajo?

—Un cuento lo puedo hacer sin plan, armarlo en la cabeza y escribirlo. En una novela necesito meses de organizar una estructura, una trama y los personajes. Ahí, sí, laburo con un cuadernito pero no escribiendo, sino como apuntes de clase, diagramas. Y a lo mejor en un momento hago como un índice estructural de la trama o cuatro o cinco núcleos temáticos. Y cuando estoy efectivamente escribiendo, me hago un índice de situaciones. Necesito orden y a lo mejor tardo medio año, un año, antes de sentarme a escribir. Es más lento pero a mí me sirve separar los problemas estructurales de los problemas literarios. No puedo improvisar.

—Necesita todos esa estructura montada.

—Necesito saber, primero, lo que va a suceder y después empiezo con los problemas narrativos. Y eso es ensayo y error: puede ser un capítulo en primera persona; el segundo, en tercera y el otro con un narrador omnisciente. Quizás por el capítulo 20 sigo probando cosas. Y en algún momento se acomoda en la huella pero a lo mejor ya estoy en un 60% del libro, así que sigo por ahí y lo termino. Ahí recién vuelvo al comienzo y enderezo lo ya andado. Uno puede pasarse meses o años con una novela.

—¿Y cómo sabe cuándo está terminado ese proceso?

—Es que cuando empiezo en el capítulo uno, ya sé cómo va a terminar el libro. No sé las palabras pero sí la situación final de mis personajes.

—En realidad, pensaba en qué momento, más allá de la historia, usted considera que eso que ha venido trabajando es la versión definitiva.

—En algún momento, se siente la satisfacción de que esa manera de contar y esa velocidad y ese nivel de detalle encuentran una armonía. Ahí es ya más un criterio de lector y una autocorreción. Me gusta mucho corregir a fondo antes de pasárselo a mi editora. No me gusta exhibir un laburo demasiado inorgánico.

—Se ha forjado un vínculo duradero entre Uruguay y usted. ¿A qué se debe eso?

—Me siento muy bien recibido cuando vengo y en las redes sociales me doy cuenta que hay muchos lectores uruguayos. Me encanta que suceda pero me parece que es un error que están cometiendo.

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