ENTREVISTA

Mario Vargas Llosa: "Hay una idea de que el Nobel te mata o te vuelve una estatua"

Una charla exclusiva con el premio Nobel peruano a propósito de su nueva novela, "Tiempos recios", ya disponible en las librerías uruguayas

Mario Vargas Llosa. Foto: Difusión
Mario Vargas Llosa. Foto: Difusión

Uno no puede dejar de estar nervioso cuando sabe que del otro lado va a atender la llamada un Premio Nobel; vaya manera peculiar de pasar un mediodía. Y más si ese Nobel es Mario Vargas Llosa, el escritor peruano que, a través de sus novelas, sus columnas, sus apariciones públicas e incluso sus visitas, siempre ha resultado tan cercano para los uruguayos.

La razón por la que Vargas Llosa se da un tiempo para charlar desde Madrid con un periodista nervioso al otro lado del Atlántico, es la edición de Tiempos recios (Alfaguara, 690 pesos), su nueva novela centrada en el golpe de Estado (patrocinado por Estados Unidos) que a mediados de la década de 1950 derrocó al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz bajo la falsa presunción de que sus políticas sociales eran una avanzada del comunismo en América Latina y en el magnicidio del sucesor de Arbenz, Carlos Castillo Armas. En ambos hechos está la mano de Rafael Trujillo, el caudillo dominicano que estaba en el centro de otra novela de Vargas Llosa, La fiesta del chivo. Esos dos hechos, de acuerdo al escritor peruano, marcaron el derrotero continental por 50 años y atrasaron la consolidación de la democracia en la región.

Sobre algunas de esas cosas y sobre el Uruguay que conoció en su primera visita allá en la década de 1960, Vargas Llosa charló con El País.

Portada del libro "Tiempos recios" de Mario Vargas Llosa. Foto: Difusión
Portada del libro "Tiempos recios" de Mario Vargas Llosa. Foto: Difusión

—¿Tiene alguna contraindicación ganar un Nobel?

—A mi, principalmente lo que me deparó fue una sorpresa mayúscula porque la verdad es que no lo esperaba. Pero el problema que tiene después es demostrar que uno está vivo: hay una idea de que el Nobel te mata o te convierte en una estatua.

—¿Es por eso que no para de trabajar?

—(se ríe) Es por eso que trabajo con tanta insistencia.

—Ya pasaron siete años de La civilización del espectáculo, su análisis sobre la actualidad cultural global. ¿Cómo ha cambiado ese panorama en ese tiempo?

—Está peor. El grueso de la vida cultural está apoyado más en imágenes que en ideas. Eso me preocupa muchísimo porque un público totalmente educado por las imágenes puede ser mucho más fácil de manipular por los poderes, que un público más literario. Eso es un fenómeno contemporáneo contra el que deberíamos reaccionar. Pero no se ve una mayor reacción por ahora.

El escritor Mario Vargas Llosa. Foto: Daniel Mordzinkski
Mario Vargas Llosa. Foto: Juan Pelegrín

—¿Cuál es el líder político que más lo impactó en su vida?

—Tengo mucho respeto por los presidentes que respetan las leyes, que respetan la libertad y que salen más pobres de lo que entraron. Esas figuras más bien anodinas son las que están construyendo verdaderamente la democracia latinoamericana. No son los grandes caudillos que ya sabemos en lo que terminan y que dejan a sus países mucho peor de lo que los encontraron. Por ejemplo, los presidentes uruguayos: nadie sabe quiénes son, nadie los recuerda y sin embargo Uruguay es uno de los países más civilizados por su legalidad y libertad y porque sus presidentes no se han enriquecido en el poder.

—¿Recuerda su primera vez por acá?

—Tengo un recuerdo maravilloso de mi primera visita a Uruguay. Fue en 1966 y era una América Latina que no conocía. Recuerdo que llegué a Montevideo y había carteles anunciando un congreso del Partido Comunista, cuando los partidos comunistas estaban prohibidos en toda América Latina. Me sorprendió muchísimo el nivel de los periódicos, la importancia que tenían las páginas culturales. Carlos Maggi me llevó a una recorrida por los teatros uruguayos y quedé absolutamente maravillado. Quise conocer a Juan Carlos Onetti pero no me recibió. Sí conocí a Mario Benedetti, a José Pedro Díaz, Angel Rama, Emir Rodríguez Monegal. Fue una experiencia inolvidable, era otra cara de América Latina.

Mario Vargas Llosa camina por Punta del Este. Foto: Ricardo Figueredo
Mario Vargas Llosa camina por Punta del Este. Foto: Ricardo Figueredo

—Una generación dorada y de la que, por esas cuestiones de la longevidad , es el último...

—Ser el último del boom es un poco triste. Todos mis amigos se han muerto, así que me siento un poco desamparado (se ríe).

—¿Por qué volver a América Central en Tiempos recios?

—Lo que ocurrió en Guatemala en esa época tuvo una gran repercusión en América Latina. El continente entonces (con escasas excepciones entre las que figuraba Uruguay) tenía dictaduras militares de un confín a otro confín y que un gobierno democrático estuviera haciendo reformas sociales, tuvo muchísimo interés sobre todo entre los que éramos jóvenes en esos años. Yo estaba en la universidad y seguíamos paso a paso lo que sucedía en Guatemala. Y fue una frustración en toda América Latina que, en lugar de apoyar esta política social de un gobierno democrático, Estados Unidos interviniera, cortara de raíz esa experiencia e instalara una dictadura militar. Esto fue trágico para América Latina porque desencantó a muchísimos jóvenes de la democracia y los empujó a la fantasía comunista y a irse con el fusil a las montañas siguiendo el modelo cubano. Y así se atrasó 50 años la democratización de América Latina.

Mario Vargas Llosa. Foto: AFP
Mario Vargas Llosa. Foto: Archivo

—Eso fue un caso de ceguera o terquedad geopolítica muy fuerte de parte de Washington.

—Hay que tener en cuenta que eran tiempos de la Guerra Fría, había una tensión internacional muy fuerte, se pensaba que era inminente la tercera guerra mundial y eso había creado una gran susceptibilidad en la administración de Eisenhower. Y eso contribuyó muchísimo, toda esta operación -que en gran parte montó la United Fruit- de fake news, de historias inventadas para presentar al gobierno de Arbenz como una cabecera de playa de la Unión Soviética. Toda una fantasía que no correspondía para nada a la realidad y, sin embargo, provocó esa tragedia tremenda que fue el golpe de Castillo Armas.

—Lo de la fake news queda bastante claro en esa suerte de prólogo que es la charla entre Bernays y Zemurray, de la United Fruit y que, además, funciona como un cuento aterrador.

-Ahora se habla muchísimo de las fake news pero lo cierto es que en 1954, funcionaban perfectamente: hicieron creer a una masa de gente muy grande de que todo eso se estaba cocinando en Guatemala. El golpe fue montado prácticamente a partir de esas noticias mentirosas.

Maestro. Una colección necesaria para volver a conocer la literatura de Mario Vargas Llosa. Foto: Darwin Borrelli.
Mario Vargas Llosa. Foto: Darwin Borrelli

—En un momento de la novela, uno de los personajes dice “no solo Guatemala ha enloquecido, el mundo entero se ha vuelto así”. ¿Cree que ese diagnóstico de hace 70 años se aplica hoy?

—Es un poco exagerado pero hay ratos en que la desesperación cunde y parece que todo se fuera a desmoronar. Ahí surge ese pesimismo y la desesperanza que, por desgracia, son características latinoamericanas. América Latina está mejor ahora de lo que estaba hace 20 o 30 años. Que haya gobiernos democráticos, a veces muy corrompidos pero donde la Justicia está actuando, significa un progreso en comparación con las dictaduras militares de hace 30 años.

—¿Cree que se puede hacer una relación directa entre lo que cuenta en Tiempos recios y la actual coyuntura latinoamericana?

—Ha cambiado mucho la situación en América Latina. Ahora por fin resucita la idea de que el sistema verdadero es la democracia con libertad y derecho de crítica y que eso no impide, al contrario estimula, las reformas sociales que se pueden hacer.

Mario Vargas Llosa. Foto Difusión
Mario Vargas Llosa. Foto: Difusión

—La salida de Evo Morales y otros datos recientes podrían hacer pensar todo lo contrario.

—Evo Morales claramente intentó fraguar las elecciones para perpetuarse en el poder y forzar de una manera tendenciosa a través de un fraude electoral y eso provoca la explosión social en Bolivia. Ahora hay que esperar las elecciones para que las reformas sociales continúen pero en una atmósfera de legalidad que Morales no respetó.

—Más allá de los errores que usted señala, muchos de esos gobiernos jaqueados o caídos han tenido una impronta progresista. Pensando en Tiempos recios, ¿puede haber una repetición de algunos detalles de esa historia?

—No creo que haya habida intervención americana. Desde Estados Unidos lo que hay es un desinterés casi completo por América Latina. Y eso no creo que sea bueno. Hay una política norteamericana que es muy anti-latinoamericana, tratando de cerrar la frontera, en contra de las grandes tradiciones americanas de apertura.

—Usted analizó en una de sus columnas, el fenómeno de Chile.

—Ese es un gran enigma. Se suponía que era un país que crecía de una manera veloz, que había reducido la pobreza extrema, que había hecho crecer las clases medias: un país más cercano al primer mundo. Esta es una explosión social de una clase media que se siente frustrada porque encuentra un tope más allá del cual no puede progresar. Claramente es una falla del sistema. Y lo que sorprende es la violencia. Destruir el modelo, en todo caso, es matar a la gallina de los huevos de oro.

—¿Cómo trabaja la estructura de sus novelas?

—Investigo mucho, leo mucho, tomo muchas notas pero a la hora de ponerme a escribir trabajo con una libertad total. Así, hay personajes históricos a los que trato como si fueran de ficción, añadiéndoles o restándoles cosas en sus biografías para que funcionen mejor dentro de la novela. Y aunque respeto los hechos históricos básicos, trabajo con mucha libertad. Es un libro de ficción, no de historia.

—En ese sentido, Tiempos recios es una novela coral en la que aplica recursos narrativos que ha explotado en otras novelas. ¿Le divierten los trucos literarios?

—Son para crear, en el ánimo del lector una expectativa, un suspense. Todos son recursos perfectamente lícitos en la ficción para mantener la credulidad del lector: una novela muere cuando el lector deja creer en ella. Para eso, una cierta oscuridad literaria es bastante funcional.

—Y sirven para recordarnos que es una novela, no un ensayo o un libro de historia.

—Exactamente. Que hay una estructura ficticia por ejemplo en la manera de usar el tiempo. Y en esta novela he procurado evitar todo lo que sea delectación con la prosa que es más bien fría, seca. La historia de por sí ya es bastante convulsiva y me pareció que era innnecesario y que iba a parecer ridículo utilizar una prosa elegante o llamativa: son los hechos los que tienen que tener mayor figuración.

—Como que cada historia tiene su propia manera de contarla.

—Sí, claro. Hay una manera de contar que aprovecha mejor las historias, los personajes, las situaciones. El trabajo del escritor es encontrarla.

—¿Eso es oficio?

—Es oficio y al mismo tiempo intuición. Muchas veces por encima del conocimiento y la experiencia está esa adivinación, ese pálpito que lo lleva a uno a tomar un dirección en el desarrollo de una historia.

—Pensaba en esa austeridad de su novela y en el camino que siguieron otros artistas longevos. Kurosawa, por ejemplo, en sus últimas películas depuraba todo artificio.

—Es el proceso de los escritores. Comienzas tratando de ser muy llamativo y al final descubres que lo más difícil es contar con claridad, con precisión, sin excesos de ningún tipo. Toda la experiencia acumulada siempre lleva a esa conclusión.

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