Mario Delgado Aparaín: "Escribir es una misión de rescate"

El sábado 6 El País comienza a publicar los 12 volúmenes de la Biblioteca Mario Delgado Aparaín donde se repasan los hitos de este escritor nacido en La Macana, Florida y traducido en todo el mundo

Mario Delgado Aparain
Mario Delgado Aparain

Desde el sábado 6, El Pais empieza a publicar los 12 volúmenes de la Biblioteca Mario Delgado Aparaín que reúnen las novelas, cuentos y entrevistas de uno de los escritores uruguayos más destacados. Autor de clásicos recientes como La balada de Johnny Sosa, Alivio de luto y No robarás las botas de tus muertos, la obra de Delgado se tradujo a varios idiomas, algo que aún lo sorprende. Horas después de terminar la novela en la que estuvo trabajando los últimos tres años, el autor charló con El País sobre esta colección.

—Su obra bien podría definirse de localista pero La balada de Johnny Sosa, por ejemplo, fue traducida a 14 idiomas. ¿Pensaba en esa clase de trascendencia cuando la escribía?

—Ni por asomo y además nunca lo busqué. Demoré un poco en darme cuenta que escribir es una misión de rescate. De rescatar del olvido y la ignorancia, acontecimientos, historias, personas. Me críe en el norte humilde y siempre pensaba que en toda esa gente que nace, vive y muere sin dejar ninguna huella. Y ahí pensé que iba a tratar de que no se me olviden sus historias porque eran buenas historias. Y entre esas historias en Minas estaba la del Johnny, un negro maravilloso que la gente quería mucho y que cantaba en los quilombos en inglés sin saber inglés. Soñaba que un día un cazador de talentos lo descubriera pero sabía que había varios inconvenientes: para empezar era negro y no tenía dientes. Para mi ese era un rescate de infinita ternura. No concibo mi modesta literatura si no es como consecuencia de un rescate.

—Las historias hay que encontrarlas, también.

—Todos tenemos una buena historia para contar. Y nuestra propia historia se convierte en una doble fuente: de reflexión y creación. Para poderlo contar tenés que encontrar un lenguaje apropiado y una vez que hiciste los sucesivos rescates de tus historias, lo hiciste porque pudiste crear un lenguaje tuyo tan propio como tu huella digital. Eso pasa con el estilo.

—¿Y cuánto le llevó encontrar su estilo?

—Yo creo que unos 15 años de procedimientos y ensayos.

—¿Y en qué libro fue?

—Alivio de luto. Es una obra que quiero profundamente y que está enmarcada en la misma geografía de Johnny Sosa.

—Viéndolos todos juntos a los libros que salen ahora con la colección, uno se da cuenta de lo amplia es su literatura. Hay hasta una de cowboys.

—Siempre pensé por qué si nosotros tenemos acá fronteras, ferrocarriles, ladrones de ganado, mujeres hermosas por qué no hacer en un western nuestro. Demoró años en animarme y al final publiqué Los 8 magníficos que va por su cuarta edición en Italia, la segunda en Portugal. No me lo creo. Esta en la colección que sale con El País.

—Eso también habla de que lo suyo es lo popular incluso en los géneros.

—Todas las historias son de mi gente. Siento en la piel el ser uruguayo, el ser nosotros. Cuesta muchísimo construir esa palabra sagrada que es el nosotros. Y cuando me doy cuenta que eso se ha logrado, me doy cuenta que las historias de los projimos más próximos son también mis historias.

—Algunas de esas historias pueden ser crueles pero en su literatura siempre hay algo como juguetón.

—Alfredo Zitarrosa me dijo una vez (imita su voz gruesa) “Marito, a la historia hay que destragediarla”.. Y la forma de destragediarla es entender que el sentido del humor es un elemento muy valioso para amortiguar los golpes.

—¿Quiénes siente que son sus compañeros de ruta literarios?

—Para mí los tres grandes escritores latinoamericanos que forman parte de mi cimiento son Luis Sepúlveda, con quien escribí una novela, Tomás de Mattos y Milton Fornaro. Los venero aunque no me quieran. Todos los que practicamos este oficio tenemos cánones particulares. Yo tengo escritores a los que sigo como el mozambiqueño Mia Couto y el gallego Manuel Rivas o Leonardo Padura. Gente que parece desayunar con letras.

—¿Es de pedir opinión a los amigos cuando termina un texto?

—Soy un fanático del compinchismo con los amigos y las amigas y antes de sacarlo a la vereda,me gusta que lo leo y atiendo las críticas. Los amigos son los termómetros y me ayuda a amparar la creación. Uno escribe para los seres queridos, para los amigos.

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