RAFAEL COURTOISIE

Un Japón misterioso que describe la propia aldea

El premiado poeta uruguayo y su nueva novela, El libro de la desobediencia.

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Rafael Courtoisie. Foto: Ariel Colmegna

Es uno de los escritores uruguayos más reconocidos internacionalmente. Por un lado están los galardones: recibió el Premio de la Fundación Loewe; el Premio Blas Otero; el español Premio Internacional Casa de América; el Premio Plural y el Premio Internacional Jaime Sabines (México); el Premio Internacional José Lezama Lima (Cuba), y acá, además, el Bartolomé Hidalgo en las categorías Narrativa y Poesía.

A eso hay que sumar traducciones que van desde el inglés y el portugués al rumano, turco o el uzbeco. Es, además, miembro de Número de la Academia Nacional de Letras y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española. Es poeta, narrador y crítico cultural.

Ahora acaba de publicar su nueva novela El libro de la desobediencia (HUM), que transcurre en un Japón mágico que le debe tanto a Kurosawa como a Tarantino. Allí hay una corte, un poeta contratado, una intriga y una reflexión que, dice, está hablando de cosas más cercanas. Sobre eso charló con El País.

—Pensaba al leer El libro de la desobediencia que su primera gran desobediencia es el género: por momentos parece un libro de poesía. ¿La intención era desobedecer desde ahí?

—Sí, la idea era jugar con los géneros, pero eso no es una originalidad mía. La idea de la novela contemporánea es la de trabajar ese horizonte de libertad. Tiene sus límites: hay que contar una historia. La idea de utilizar un esquema novelístico pero ahí incluir las posibilidades de la reflexión, de la poesía, es un modo de desobedecer a imposiciones de la industrialización que de pronto nos aleja de una posibilidad novelística más creativa.

—Y una desobediencia es que la novela transcurre en un Japón casi mágico...

—Un Japón mágico, medieval. Como autor lo entiendo muy cercano, pero llevar al lector a dar una vuelta por ahí es invitarlo al mundo de la fantasía, algo que yo en otras novelas no había trabajado. Acá hay serpientes aladas, hay guerreros samurai, soldados del emperador que cabalgan en osos panda producto de una manipulación genética.

—Es un universo raro en una literatura uruguaya que parece concentrada en lo testimonial o lo histórico.

—Muchos lectores uruguayos estamos cansados de esa cosa testimonial, de ese fuerte elemento que hay de escribir la aldea para pintar el mundo. Pero la aldea ni siquiera es la aldea. Y pienso que pintando a ese Japón que en parte investigué y en parte es de fantasía, puedo hablar de mi aldea o de lo que yo veo de mi aldea.

—Esa idea de un Japón remoto pero que puede ser más cercano está muy presente en Kurosawa.

—Kurosawa es una referencia y hay varios homenajes a japoneses que me gustan. Cuando vi de chico Los siete samuráis, yo pensé que era un Japón remotísimo el que pintaba y era cercano en el tiempo.

—¿En qué sentido "pintás tu aldea" al hablar de Japón?

—De los muchísimos personajes de la novela, hay uno fundamental, Okoshi Oshura, el que cuenta. Es una especie de alter ego del autor, sí, pero es más que eso. Es un escritor, poeta, samurai y desobediente porque vive en una sociedad muy estructurada como es la japonesa y como, mirando bien, puede ser una sociedad latinoamericana. Vivimos como escritores, como artistas, como músicos en una dialéctica con el poder. En esta sociedad, el lugar de la creación es un lugar que se intenta sea subordinado. Y muchos creemos que debe estar en primer lugar por lo que significa la posibilidad de realización humana a través de la creación artística de toda la sociedad. Y eso me permite hasta hacer algunos chistes: en un momento Okoshi Oshura se queja del IRPF. Y esos anacronismos van más allá de la broma, son un recordatorio de que en todos lados se cuecen habas y lo que le pasa a Okoshi Oshura no es tan remoto. Es algo que tiene que ver con eso de que el poder te impone que una parte de tus magras ganancias como escritor, como artistas, tenga que ser vertida en lo público.

—Hay una intención explícita de humor.

—Sí, y hay distintos niveles. Hay un nivel de la novela donde Okoshi Oshura se pone profunda y reflexiona, y podría leerse como un ensayo sobre la desobediencia. Pero hay otro nivel con chistes a nivel poético y hay otro donde hay un mensaje muy de acción. Por eso me han dicho que hay una influencia de Tarantino y Kill Bill. A mí Tarantino, sí, me influyó mucho.

—Llama la atención la cantidad de premios internacionales que tenés. ¿Creés que eso se corresponde con el conocimiento que hay sobre su obra en Uruguay?

—No me puedo quejar, y si en algún momento lo hice fue por soberbia. Uruguay no se caracteriza por reconocer e impulsar a sus creadores de una manera constante, pero sería muy tonto de mi parte sentir que el Uruguay no me reconoce. Tengo enormes gratificaciones como el reconocimiento de mis pares y no creo que todo el mundo tenga que leer lo que escribe un escritor con apellido francés complicado.

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