Entrevista

"Escribir es una cuestión sanadora"

Una charla con Pablo Vierci, el autor de "La sociedad de la nieve", que tiene nuevo libro, "El fin de la inocencia"

Pablo Vierci
Pablo Vierci, un escritor exitoso que vuelve a una historia real y cercana

Después de dos libros que se volvieron best sellers internacionales basados en la llamada “tragedia de los Andes” (La sociedad de la nieve y Tenía que sobrevivir, escrito con Roberto Canessa), Vierci vuelve a un territorio cercano (el barrio Carrasco a fines de la década de 1960) y a un drama de supervivencia frente a la adversidad de la naturaleza. El fin de la inocencia (Alfaguara, 590 pesos) ficcionaliza un hecho real ocurrido en 1969: cuatro muchachos se embarcaron hacia Isla de Flores, se les dio vuelta la canoa y murieron tres de ellos. Con ese material, Vierci traza un relato sobre un tiempo, un lugar y también un país que conocía la violencia y la muerte cara a cara.

—¿Hay gente que aún lo saluda y lo recuerda por Debate abierto, aquel programa de Canal 10 del que era panelista?

(se ríe) Sí, que me saluda y que me insulta. En realidad, me dejaron de insultar hace unos años porque la gente nunca terminó de entender que aquello era más un entretenimiento y humorístico. Yo ahí cumplía todos los roles, estaba en la producción y si había que tirarse contra, digamos, el mate y no había nadie que lo hiciera, el chivo emisario era siempre yo. Pero sí, parece que el programa fue un hito porque hay gente que aún me lo recuerda.

—¿Echa de menos esa etapa?

—No, para nada. Fue muy estresante y me di cuenta que me gusta pelear pero no con la cara, sí con la pluma. Además no soy buen comunicador oral y siempre llevaba las de perder. Me calentaba y la demagogia siempre podía conmigo. Pero lo usé como un ejercicio de retórica.

—En su literatura reciente ha llevado al extremo eso de “pinta tu aldea”: todas transcurren en Carrasco pero hablan de cosas universales.

—Lo hice adrede. Mi libro anterior, Tenía que sobrevivir, es el que hice con Roberto Canessa y, en rigor, lo vendimos a medio mundo aunque el mérito es de él, claro. Pero ya cuando mi primera novela, Los tramoyistas se publicó en Estados Unidos y le fue bárbaro, vi que los uruguayos tenemos la posibilidad de hacer libros para el mundo. Y también me percaté que tenemos ese don por ser una sociedad cosmpolita y la gran clase media de América Latina y que esas peculiaridades nos permiten hacer historias que son universales.

—Como la de El fin de la inocencia.

—Acá me propuse pintar Uruguay de 1968 de la manera más fiel posible porque hoy, con el mundo de las series y que el mundo se achicó, eso interesa. Y Uruguay ya no es un desconocido. A esa fidelidad le sumé una trama tipo thriller, adrenalínica. Y me enfoqué en la primera parte en Carrasco porque es muy autobiográfica y es lo que yo conocía en esa época. Viví ahí hasta los 24 años y es el universo de mis recuerdos.

—Y además permite jugar con la idea de un mundo aislado.

—Lo era. Ir de Carrasco al Centro en ómnibus, por ejemplo, era una odisea. Era un balneario aislado, poco consumista y sobre el que hay muchos prejuicios. Lo integraba una clase media con muchas comodidades en un Uruguay que era muy cómodo. Éramos un país que no paraba de crecer: dejó de hacerlo en 1966 y el MLN surgió en 1963. Era todo muy armónico. Y esta historia transcurre en 1968, cuando yo tenía 18 años y ocurrió una historia muy parecida a la que pinto en la novela y por la que conocí a la muerte. Son recuerdos indelebles: yo estuve en esa playa buscando a esos tres amigos que se habían perdido en una canoa. Y en ese año, además, conocí (el Uruguay conoció) la violencia con el primer secuestro del MLN.

—¿Cómo se veía todo eso en Carrasco?

—Yo en esa época ya había empezado la facultad, así que ya no estaba en la burbuja. En el libro pinto cómo el protagonista que se llama igual que yo, Pablín, no sabe cómo hacer explotar la burbuja. Yo ya lo había hecho y mi sensación en ese entonces era, te juro, que no iba a vivir mucho tiempo y que todo era tan caótico que solo quedaba esperar que se terminara.

—¿Cómo fue el suceso que cuenta en El fin de la inocencia?

—Hay una frase, que no es mía, que dice que una novela no cuenta la vida sino que la transforma y que la imaginación trabaja sobre los recuerdos. Había ocurrido que a cuatro amigos que se embarcaron en una canoa a hacer una travesía hasta Las Pipas que es relativamente cerca de la playa de Carrasco, se les dio vuelta la canoa y tres atletas infernales se ahogaron. Yo tomé ese recuerdo doloroso y lo reelaboré, me puse yo en la canoa y trazo a partir de él toda la peripecia.

—Su rol en la historia real fue esperar desde la orilla a que aparecieran. ¿Por qué decidió incluirte como protagonista?

—Yo estaba entre esos tantos amigos que recorríamos la playa con faroles a mantilla a ver si volvían porque pensábamos que iban a volver, que todos éramos inmortales. Pero me puse en la canoa para procesar el recuerdo de una manera diferente y me deje de lastimar. Pero uno no hace eso solo por terapia personal sino porque imagina que el lector va a hacer un proceso equivalente con sus propios recuerdos. Es el típico ejemplo de la imaginación trabajando sobre la memoria. Y escribir tiene una cuestión sanadora.

—¿El libro puede ser visto como una crónica de cierta clase media alta de ese tiempo?

—Sí. Quise retratar ese grupo social de la forma más fidedigna posible y con sus luces y sus sombras. Pablín se mueve en ese grupo social y que juega a dos bandos y que está queriendo salir de ese mundo que no es ni bueno, ni malo, pero tiene sus villanos y sus héroes.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)