NOVEDADES EDITORIALES

"Hacia la belleza", la nueva novela de David Foenkinos, pone al arte como la salvación

El autor francés editó "Hacia la belleza", una novela que se sitúa entre los cuadros, la culpa y la redención

Premiado y elogiado, Foenkinos es uno de los franceses más vendidos. Foto: Joan Puig

La explicación resumida la da, con la mayor precisión posible, el autor suizo Joël Dicker en la cita que figura en la contratapa de Hacia la belleza, en la edición de Alfaguara que está en librerías locales hace algunas semanas. “Me gusta mucho Foenkinos porque se sale de lo convencional y es capaz de reinventarse a sí mismo en cada libro”, dijo Dicker alguna vez, y la editorial le saca potencial en cada novedad del escritor francés, porque claro, Dicker es otro talento con éxito comercial de estos tiempos, y sus recomendaciones serán atendidas.

Esa explicación es la misma que podría dar quien escribe esta nota, para fundamentar su gusto por la literatura de David Foenkinos, parisino de 44 años, también cineasta y músico, que hace ya 10 años capturó la atención de miles de lectores en el mundo con La delicadeza, una novela que fue adaptada al cine, nominada a cantidad de premios, y traducida a decenas de idiomas. Antes, con títulos como El potencial erótico de mi mujer, ya había sido reconocido y destacado, pero La delicadeza marcó el antes y después de una carrera que, una década más tarde, se sabe sólida.

Hay algo de La delicadeza en Hacia la belleza, este nuevo título en el que Foenkinos propone, una vez más, una vuelta de tuerca que deja al lector medio perdido entre las emociones y la reflexión. Y libros así siempre valen el tiempo dedicado.

Pero sobre todo hay algo de Charlotte, otro punto alto de su bibliografía, sobre la vida de la artista judía Charlotte Salomon. La protagonista femenina de Hacia la belleza tiene más de una similitud con Salomon y, en un sentido más amplio, el autor repite al elegir al arte como universo, como refugio y como escape, y como lazo para dialogar con la oscuridad, a través de un par de personajes que se presentan enigmáticos.

El primero, el central, es Antoine Duris, un reputado profesor de Historia del Arte en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de Lyon, que de golpe quiere trabajar de vigilante en el Museo de Orsay para poder ver la mayor cantidad de tiempo posible, el retrato de Jeanne Hébuterne que pintó Modigliani. Algo le pasó a Duris, y pasarán páginas y páginas hasta que entendamos bien qué. Porque de un día para otro, dejó su apartamento, pagó sus cuentas, cargó una valija, mandó un mensaje colectivo y poco claro a sus allegados, y se fue sin decir a dónde.

El narrador equisciente le avisa al lector, desde el inicio, de lo rara que es la situación, y le aclara que Duris se separó hace algún tiempo, pero que ese no es motivo suficiente para abandonar la vida (“Además, todo el mundo sufría por amor. Uno no abandonaba su vida por eso”). Las pistas en el relato son nulas; Foenkinos sabe cómo manejarse en ese terreno de construir, con bonita sencillez, historias mínimas y enigmas grandes.

Hacia la belleza, la novela de David Foenkinos. Foto: Difusión
Hacia la belleza, la novela de David Foenkinos. Foto: Difusión

Y ese recurso se lo guarda en exclusiva para el profesor devenido en guardia de museo y para Camille Perrotin que, a medio camino de la novela, se aparecerá como el motivo del cambio de vida de este hombre. Contar algo más sería spoilearlo todo.

Del resto de los personajes de Hacia la belleza —la directora del museo, la amante temporal del profesor, los padres de Camille, los amigos de ellos— el lector puede hacerse una idea cabal con lo justo. Son adultos atravesados por distinta amarguras, medio solos e infelices, buscando consuelo. Todos son más o menos básicos, salvo Duris, Camille y los cuadros. Cuando se habla de ciertas piezas y de ciertos artistas, no se revela demasiado. Después, si uno se enfrenta al retrato en cuestión de Modigliani y a la historia de la retratada, el círculo se cierra definitivamente.

Hacia la belleza es una novela cruda sobre la culpa, la redención y la soledad, y las formas que tenemos los humanos de entrar en contacto con cada una de esas emociones. El arte pivotea en ese triángulo como si fuera una religión, como si creer en ella a ciegas fuera el único camino posible hacia la salvación de algún tipo.

“A los 16 años, enfermé del corazón. Estuve muy grave, al borde de la muerte. Mi entorno familiar no era cultural, pero, en ese momento, los libros y el arte me salvaron”, le dijo Foenkinos a ABC, y es el concepto que ha repetido en las entrevistas promocionales de Hacia la belleza. Es, ha dicho, su trabajo más personal, porque el trasfondo de su nuevo libro es esa cuestión que le tocó afrontar en su adolescencia.

“Para mí, el arte es un consuelo más. La belleza nos permite escapar de nosotros mismos para encontrar una forma de consuelo”, dijo en esa misma entrevista, consciente de que la búsqueda de la belleza hoy es bastante diferente a la de aquel tiempo adolescente, y más difícil de concretar.

“Hay momentos en la vida en los que uno es incapaz de ver la belleza”, dijo en otra oportunidad a Cadena Ser. “Pero cada vez es mayor la necesidad que tenemos de mantener una relación emocional con lo que nos rodea. El mundo es muy violento y uno necesita profundidad. Estoy convencido de que se va a dar marcha atrás, de que se va a volver a lo esencial, a lo inteligente, a la cultura, al arte”, añadió. Hacia la belleza es su forma de contribuir a esa vuelta a la esencia, y de sumarle otro buen título a una literatura personal que entre recursos poéticos y cierta liviandad, sabe dejar su huella.

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