GAME OF THRONES

Un juego de pasiones y sorpresas

La sexta temporada de la serie más popular de los últimos años termina este domingo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Game of Thrones. Foto: HBO

El domingo a las 22.00, casi en punto, empezará en HBO el último capítulo de la sexta temporada de Game of Thrones con su ya característica cortina musical escrita por Ramin Djawadi, y una presentación tan compleja y ambiciosa pero buena como la serie en sí. Después, cuando a las 23.00 el episodio se cierre vaya a saber uno con qué imagen, la serie más popular de los últimos años se habrá ido de la televisión para volver recién dentro de casi un año.

Casi un año, sí. Hay que esperar tanto para ver cómo continúa esta ficción basada en los libros de George R. R. Martin que desde que arrancó, en abril de 2011, ha despertado más pasiones que Breaking Bad o The Walking Dead, y quizás hasta más que Lost, que generaba esa clase de debates abiertos de fanáticos.

Y esa espera de un año es solo una de las tantas cosas "malas" que tiene Game of Thrones. La otra es que, mientras está al aire, se emite un nue-vo capítulo cada siete días. No hay on demand con esta serie, no se dispone de una temporada completa como pasa en Netflix, y claro que siempre se la puede seguir por internet unos días después, pero para eso hay que tener una habilidad notable para evadir a los spoilers que circulan por ahí.

Después está lo que cualquiera que haya visto o esté viendo esta ficción ya aprendió: que no hay que querer a nadie, porque se va a morir. Acá se mueren todos, y en proporción se mueren más los buenos que los malos. Porque así también es la vida real.

¿Para qué tanta espera y tanta alharaca si al final viendo la serie se sufre mucho? La pregunta es totalmente válida y la verdad es que es difícil responderla. Pero Game of Thrones se las ha ingeniado para capturar públicos de todas las edades, incluso a aquellos que no estaban acostumbrados ni interesados en mirar series. Se las ingenió para que sea tema de conversación en el almuerzo de los lunes, en las redes sociales, en los grupos de Whatsapp.

Se las ingenió para generar fanatismo, porque —alerta de spoiler— la resurrección de Jon Snow se festejó como un gol en la hora en un partido clásico. Si no me cree, pregúntele a alguien: seguramente tiene un conocido que mira Game of Thrones.

Por hacer un resumen brevísimo y para algún distraído, esta serie está basada en una saga literaria que arrancó en 1996 y está en pausa desde 2011. Canción de hielo y fuego se llama la serie de libros que tiene cinco publicados, lo que implicó que esta temporada de la serie televisiva sea la primera que se hace sin un texto base. Claro, la producción se ha tomado licencias y ha diferido mucho respecto a los textos desde el inicio, pero el autor lo ha autorizado.

En ese sentido, hay que decir que la sexta temporada ha sido floja, aunque ha tenido grandes momentos que serán fundamentales para la historia. Pero fue claramente un ciclo de transición, en el que al equipo liderado por David Benioff y D. B. Weiss lidió con ciertas dificultades.

Magia.

A grandísimos rasgos, Game of Thrones es una serie épica en la que varias familias luchan por el Trono de Hierro. Es fantástica porque hay resurrección, dragones, brujas, fuegos superpoderosos, personas que pueden meterse en el cuerpo de otras (incluso de lobos) y manipularlas, muertos vivos... Y aún así es realista, gracias a la riqueza que tienen sus muchos personajes.

Acá ninguno es bueno o malo, y casi todos están luchando con demonios propios y ajenos. Aunque hay un par de villanos rotundos no hay héroes, si bien es cierto que Jon Snow (Kit Harington) y Daenerys Targaryen, la madre de los dragones (Emilia Clarke) están muy cerca de serlo. Pero cometen errores, tienen pasiones, rencor y también maldad, aunque más no sea para hacer justicia.

Seguramente está ahí el gran motivo por el que Game of Thrones es tan buena, además de por sus guiones y su excelencia en todos los rubros técnicos. El gran fuerte de esta serie es que sus personajes son de carne y hueso y eso lo sentimos los espectadores que empatizamos, sufrimos, deseamos, lamentamos y odiamos tanto como lo hacen ellos.

Y eso llega a ser tan intenso que se puede terminar queriendo a un asesino incestuoso —Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau) tiene un excepcional arco de transformación— o celebrando que un hombre sea devorado por los perros. No se espanten: era más malo de lo que se pudieran imaginar, y merecía ese final.

Ahora toca separarse otro año de este plantel, cuyos destinos siempre son inciertos y siempre pueden representar un cachetazo para la audiencia. Claro, ahí también está la magia de Game of Thrones: la sorpresa está a la orden del día, y es probable que aparezca en el episodio final del domingo. Mejor no especular.

Los números de la ficción que arrasa con todo.

Durante los últimos cuatro años, Game of Thrones ha sido la serie más pirateada según la lista que elabora la web BitTorrent, con más de 14 millones de visitas. También ha batido récords de audiencia, tanto que en 2014 se convirtió en la serie más vista en la historia de HBO, superando a la popular Los Soprano.

También ha sido la serie dramática que más nominaciones ha conseguido hasta ahora en los Emmy, en los que además ganó 26 estatuillas.

Van seis temporadas de serie televisiva hasta ahora y se confirmó que habrá una séptima, aunque han dicho sus creadores que la historia podría resolverse en dos temporadas que completaran 13 capítulos en total. Libros se publicaron cinco y faltan dos más.

UNA OPINIÓN.

La balanza del poder se movió hacia el Norte.

FABIÁN MURO

Antes de escribir esta nota, con Belén Fourment hablamos sobre lo más significativo de esta temporada. Y hay varias cosas para destacar. La resurrección de Jon Snow, claro, fue uno de los hechos más comentados por la legión de seguidores de la serie: un Jesús del Medioevo, un Mesías redentor que vuelve no con una rama de oliva, sino con una enorme y afilada espada.

La vuelta de Snow marcó un punto de quiebre no solo en esta temporada, sino en toda esta serie que mezcla epopeya, historia, leyenda y política en un arco narrativo que parece podría extenderse mucho más allá de los confines de Westeros.

Pero la resurrección de Snow es solo el síntoma más espectacular de una importante oscilación en la balanza que sopesa el poder y la influencia en este mundo. El apuesto bastardo no solo regresa del Más Allá, sino que restaura algo del honor y el alcance de su clan, los Stark. Cuando el estandarte, con la cabeza del huargo (lobo gigante) flamea de nuevo en Invernalia, la historia regresa en parte a la primera temporada, cuando la familia era una de las más prestigiosas y su patriarca, Ned Stark, estaba en el centro del poder.

La serie, en tanto, no sería semejante éxito si dependiera solo de los vaivenes de sus personajes, por más apasionantes que estos sean. O por la cantidad de criaturas fantásticas (vamos a extrañar a Wun Wun). El elenco siempre fue una de las virtudes de Game of Thrones. Cuando matan a algún personaje —aun a alguien tan detestable como Ramsay Bolton— es una pena constatar que Iwan Rheon, el actor, ya no estará. O cuando Charles Dance se fue atravesado por una flecha de su pro-pio hijo, Tyrion Lannister.

Pero también hay una destreza y una imaginación visual que pone a la serie en un lugar único. La ahora ya famosa Batalla de los Bastardos fue un tour de force del equipo realizador, una secuencia que transmitió belleza, angustia, crueldad, suspenso y alivio. ¿Cuántas series llegan a poder hacer eso? Hay quienes sienten que esta fue una de las más flojas temporadas y sobre gustos hay demasiado escrito. A ellos solo queda recordarles cómo se sintieron cuando Hodor salvó a Bran Stark.

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