ROBERTO APPRATTO

"Hoy soy más consciente del lector"

Considerado uno de los escritores uruguayos más importantes del momento y con una carrera édita que ya roza las cuatro décadas, Appratto no para de producir.

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Roberto Appratto. Foto: Ariel Colmegna

Su último libro es Mientras espero (Criatura), una novela reflexión sobre esos momentos muertos en las oficinas públicas, los cajeros o las salas de espera. Es un texto breve, como es su estilo, pero con momentos en los que el lector se siente identificado, sí, pero también admirado de la capacidad prosística de Appratto. Ya lo ha demostrado con creces en textos Íntima, 18 y Yaguarón y Se hizo la noche, en sus ensayos o en su poesía (compilada este año por Yagurú en Poesía 2. De su proceso creativo, por ejemplo, charló con El País.

—Hay toda una línea biográfica en su literatura a la que se refieren los críticos...

—Estoy un poco cansado de andar respondiendo si es verdad o no...

—No me importa en particular eso ahora. Si no saber si la ubica en esa línea que inauguró en Intima.

—Sí, lo ubico ahí por más que esto sea mucho más reflexivo y teórico que otras y practicamente no cuento episodios de mi vida.

—¿Cómo fue trabajando Mientras espero?

—Salió de una imagen, lo que no es lo común en mi que suelo partir de formulaciones verbales. Acá fue la imagen del cajero automático y la desesperación de no ver al tipo adentro; todo muy cinematográfico. Y se mezcló con la impotencia de no hacer nada y la necesidad de urdir algo.

—¿Cómo es su rutina de escritor?

—Escribo todos los días cualquier cosa, no solo ficción. Puedo escribir poesía o algo como una narrativa pero sobre todo cosas parecidas a un ensayo. Me encanta eso: mi salida escritural va por el lado de explicarme algo, por ejemplo. Y todo eso puede derivar para dar una clase o para escribir y va quedando en la computadora esperando. Los dejo ahí y a veces no soy consciente de haberlos escrito y eso está bárbaro y descubro que ya había pensado eso. El método de trabajo, entonces, muchas veces es de arrastre. Ahora estoy escribiendo otra novela y voy nutriéndome del empuje mismo de la escritura más cosas que ya tengo ahí.

—Es como un collage...

—Exacto. Dejo mucho de lado en la poesía, por ejemplo, porque empiezo dos versos y me aburro porque ya los hice y es lo peor que te puede pasar: querer seguir cuando te diste cuenta que ya pasaste por ahí. Y eso puede tener otro destino.

—¿Cómo funcionó eso en Mientras espero?

—Salió de esa imagen del cajero y después de un método de escritura que consistía en no inventar nada. Eso es algo que he evitado en estas ya cinco novelas autoficcionales o seudo autoficcionales. Todo sale de la lectura de lo real como si mi vida fuera una película que estoy interpretando de manera simultánea.

—¿Y el libro le dice en algún momento que ya está pronto?

—Sí. Te avisa que ya no puede más. El texto se termina antes de que uno muchas veces cree.

—¿Deshecha mucha cosa?

—Cuando está mal, está mal. No hay mucho que puedas hacer y si hay que tratar de reescribir, muchas veces no se puede. Hay gente que puede agarrar cosas viejas y arreglarlas, yo no. Es como un choque con otro yo, no muy anterior (aunque se de hace un mes) pero que tiene otra idea estética distinta. Es increíble.

—¿Cómo es eso?

—El tipo que creó esos versos o ese comienzo de novela tenía un proyecto pero al mes voy a verlo y no me gusta ese proyecto y por eso la letra que está en función de ese proyecto se cae. Cuando se me cayó ese juego de no ficción y ficción en Mientras espero, se me cayeron tres cuartas partes de la novela. Apenas me quedé con lo del cajero. Y tuve que hacer un montaje brutal —que es la esencia de toda escritura— para ver cómo las cosas nuevas iban dentro de lo que había quedado. Una reescritura con muy pocas cosas salvadas.

—¿Escribe como en un trance?

—Sí, pero puedo dejar. Ahora estoy escribiendo una novela que en realidad ya está escrita y que no me gusta aunque sí me sigue gustando el proyecto. Entonces, la tengo ahí y me pongo como meta escribir tres páginas por día que es un disparate. Y entonces voy en la página 20 de una novela que quizás tenga 60 (eso crece después) y cuando agrego esas tres o cuatro páginas y paso a 64, es una alegría. Y lo consigo cambiando formulaciones verbales o eliminando una descripción y ahí se arma todo otro mundo. Al estar escrita tiene un orden, una división en capítulos y yo me meto en esos cercos a jugar.

—¿Qué papel juega el lector en todo ese proceso?

—Un cambio en mi escritura gracias a la narrativa es que hoy soy más consciente del lector a pesar de que no escribo para ningún lector. Pero me pongo a mi como un lector que tiene que entender lo que está leyendo. Empecé a ver que la gente que lee esto no está en mi cabeza porque ni siquiera yo estoy en mi cabeza.

—En la contratapa del libro le comparan con el escritor austríaco Thomas Bernhard. ¿Te sentís identificado con eso?

—Mucho. Es verdad. Íntima que ya tiene 23 años de publicada, la escribí en 1993 y ya había leído todo lo que llegó de Bernhard. Era un lector enfervorizado y me había matado el estilo aunque la ideología no tiene nada que ver. Pero sigue siendo mi modelo.

—¿Hay algún otro modelo?

—Juan José Saer es muy potente para mi y probablemente por la cabeza de clasificar y ordenar, Georges Perec. Y W.G. Sebald. Ojalá me pudiera quedar algo de David Foster Wallace pero nunca me entró en el sistema, nunca pasó a la linfa porque aunque lo admiro, no voy por ahí.

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