UNA NUEVA FORMA DE DOCUMENTAL

La historia de un crimen televisado

Netflix estrena la docu-serie “Making a murderer”.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Steven Avery fue condenado a 35 años de prisión por un crimen que no cometió.

Las series policiales o de abogados no son ninguna novedad. Desde La ley y el orden hasta CSI, How to get away with murder y Criminal Minds —solo por mencionar algunas que están al aire en este momento— el sistema legal estadounidense ha sido bien reflejado en la televisión. Al punto que más de uno lo conoce mejor que al uruguayo.

Pero desde el año pasado la fascinación por los criminales y los procesos judiciales pasa por el lado de lo real gracias al género en auge llamado "True crime" (Crimen real). En 2014 se estrenó el podcast Serial —como una serie pero solo audio— y fue un éxito con 64 millones de descargas y un premio Peabody, el Oscar de la radio estadounidense.

En cada capítulo de Serial la productora y conductora Sarah Koenig narraba algún aspecto del caso de Adnan Syed, un joven que fue acusado de matar a su novia y sentenciado a ir a la cárcel de por vida. Poco después de que se terminó de emitir el programa radial hubo una revisión del caso y Salif está en proceso de apelación. Ahora va por una segunda temporada en la que se trata el caso de un desertor acusado de traición.

Luego llegó The Jinx, una mini serie documental producida por HBO sobre la historia de Robert Durst, un millonario excéntrico que es acusado de tres homicidios, incluyendo el de su esposa, aunque no queda claro si fue él. Con una estética híbrida entre show de suspenso y documental logró cautivar tanto al público como a la crítica. Fue nominada a seis premios Emmy y ganó dos.

Netflix no se quiso quedar atrás en el fenómeno de los crímenes reales y el 18 de diciembre estrenó en Latinoamérica Making a murderer, una serie documental que en 10 capítulos de una hora de duración cuenta la vida de Steven Avery, un hombre injustamente acusado de violar a una mujer.

Su historia es básicamente la del "pueblo chico, infierno grande". Avery pertenecía a una familia detestada por la comunidad del condado de Manitowoc, Wisconsin y había tenido problemas con la esposa de un alto funcionario de la policía local, por lo que apenas apreció un sospechoso de violación remotamente parecido a él fue detenido y acusado. Después de un juicio dudoso fue enviado a la cárcel por 18 años —la sentencia era por 35 años— hasta que los abogados presentaron nueva evidencia.

A lo largo del primer capítulo lo que queda cada vez más claro es que si la policía quiere que una persona vaya a la cárcel por un crimen, por más de que no existan pruebas suficientes de que lo cometió, lo puede hacer. El sistema judicial tampoco queda muy bien parado, ineficiente a la hora de frenar los caprichos del cuerpo de policía y cómplice en su tendencia a perpetuar las condenas erróneas.

Making a murderer fue filmada a lo largo de diez años —el rodaje comenzó en el 2005— e incluye testimonios del propio Avery, su familia, abogados, policías y juristas. Es indignante desde el principio, en el que queda más que claro que el acusado es inocente, pero no por eso menos atractiva. Lo único reprochable, tal vez, es la falta de atractivo visual que tuvo su par de HBO, The Jinx. Su estética es mucho más casera, con varias imágenes de archivo y algún que otro plano aéreo del condado de Manitowoc con un aire más artístico.

El género del "True Crime" tiene obsesionado a Estados Unidos, donde las dos series y el podcast han generado una oleada de cuestionamientos sobre la Policía y el Poder Judicial, volviéndolos casi un reality show —género que también fascina a los estadounidenses— que repercute de forma real en la vida de los protagonistas, a los que le cambia la vida.

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