El brote psicótico de Matías Alé fue trending topic mundial

La fama, un monstruo grande que pisa fuerte

"¿Matías Ale está poseído por el diablo?", se preguntaba ayer el sitio web argentino Diarioshow. Es sabido que la televisión puede ser una criatura siniestra que hace trizas a las estrellas sin temple, por lo que una posesión diabólica quizás sea una posibilidad cierta.

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Matías Alé

Alé no es nada específicamente y por eso entra en la categoría de "personalidad de la televisión". Es simpático a impúdicamente mujeriego, ocasional actor en cine y teatro de feísima calidad y participante de Bailando por un sueño, una categoría en sí misma del mundo del espectáculo argentino.

Esos atributos alcanzan, por lo visto, para la cobertura que se le dio ayer a que había sufrido "un brote sicótico". La cadena de noticias TN transmitió el suceso con la misma dedicación y despliegue que la caída de las torres gemelas y apenas interrumpió la sucesión de noticias vacías sobre el mismo tema con una persecución en vivo de la policía a una camioneta en una autopista de Miami. Matias Alé fue ayer trending topic mundial en Twitter.

A no ser que haya perdido la conexión de cable y de internet, ya deber estar enterado que Alé (quien saltó a la fama por ser el novio jovencísimo de Graciela Alfano) fue detenido cuando agredía a su esposa y a su suegra. Se resistió al arresto, debió ser reducido y fue trasladado a un centro psiquiátrico donde se puso a reclamar por su esposa y gritar un Padrenuestro que los medios reprodujeron sin darse cuenta de lo patético y triste que era todo.

El suceso dio pie a un montón de conjeturas y temibles personajes secundarios que aprovecharon como pudieron el momento de fama que les aportaba el infortunio.

Así, apareció su esposa diciendo que no hubo violencia doméstica (aunque la policía aparentemente lo encontró apretándole el cuello). Y su suegra definiendo la situación como un "brote sicótico" ( según Wikipedia, "una ruptura de la realidad de forma temporal" provocada frecuentemente por "una fuente de estrés potente y constante en el tiempo o debido a un consumo de alguna droga"). Y al rato salió su madre a aclarar que, en todo caso,"en este último tiempo hubo alguien que le acercó cosas que él antes no consumía."

Tampoco podía faltar el coro de las ex, que para el caso de Alé podría llegar a ser multitudinario y rencoroso. No le dieron una mano ni Graciela Alfano, quien habló de que su expareja se había atendido por "un tema de bipolaridad"; ni Silvina Escudero quien dijo que "a mí me pasó algo similar", refiriendo a un episodio de violencia doméstica. Sabrina Ravelli dijo que "con la policía siempre fue agresivo" porque "tenía algo con los policías". Es, sí, un elenco de estrellas de cabotaje.

La carrera de Alé fue de esas que los cronistas perezosos definen como "meteóricas" pero en todo caso es más tirando a sorprendente: no tenía ningún talento demasiado notorio más que una cara bonita y una simpatía que resultaron eficaces.

Cuando tenía 23 años entrevistó a Alfano (que tenía 48) y estuvieron en pareja ocho años. Fue el ladero de una estrella que intentaba disimular su decadencia, un rol complicado.

Su principal mérito fue ese y como tal llegó a Showmatch donde no tuvo ningún problema en exponer sus problemas de pareja y sus conquistas amorosas a quienes en cámara juraba amor eterno como quien promete un café a la salida.

Demostrando que el carisma es un concepto esquivo, creó una imagen ciclotímica que podía pasar de la euforia (hacía aquellos chistes horribles de "primer acto") a las lágrimas con una sensibilidad a flor de piel que no quedaba nunca justificada. Lloraba mucho.

Y eso lo volvió una figura popular. Trabajó en obras de temporada (Vedetíssima con Carmen Barbieri, Se infiel y no mires con quién con Fabián Gianola) y en cine popular argentino (Los bañeros se divierten, Locos sueltos en el zoo). No es lo que se dice un actor versatil, ya que se limita a hace de sí mismo. Ese es el secreto de su éxito, sin duda.

Ayer se convirtió en una víctima de esa voracidad que da la exposición en la televisión argentina. Todos cumplen un papel en las buenas y en las malas, se lo explota hasta las últimas consecuencias y después pagan las consecuencias. Alé no es el patetismo del horror de gente de zafra corta como Zulma Lobato, el fan de Wanda, el gigoló o Tito Speranza, el guardaespalda de Ricardo Fort. Pero al igual que Fort fue funcional a un sistema de use y tire.

Nadie es mejor o peor por eso: todos cumplimos el papel que nos toca como podemos y a ellos, que se sepa, nadie los obligó a exponerse así. Pero cuando uno ve a Alé atado a una silla de ruedas, rezando como un poseído y gritando por su esposa, habría que recordar que no hay nada más feo que andar chusmeando la desgracia ajena.

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