MARTÍN LASALT

"Escribía por necesidad, ahora es una obligación"

A los 39 años y con dos novelas publicadas en un lapso de pocos meses, Martín Lasalt se convirtió en la principal revelación literaria, categoría que ganó en los premios Bartolomé Hidalgo.

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Talentoso: sus textos son brutales, emotivos y de lectura ágil. Foto: F. Flores

Padre de tres niños, lleva dos décadas vendiendo viajes y escribiendo novelas, cuentos y guiones que esperaban en un cajón un golpe de suerte, que llegó con la edición de las fantásticas La entrada al paraíso (Banda Oriental) y Pichis (Fin de siglo).

—¿Es cierto que se probó en varios terrenos artísticos hasta optar por la escritura?—Fue así. Empecé a escribir en mi adolescencia, después se me ocurrió que tenía que hacer cine, pero no podía pagarme la ECU. Así que fui a Bellas Artes, pero no daban cine en ese momento, y aprendí otras cosas que de todas formas usé.

—Sus textos tienen mucho potencial cinematográfico.

—Tengo guiones escritos, varios, aunque tengo más cuentos y novelas en cajones. Hay un guión en el que trabajé mucho, que es una adaptación de Circe, de Julio Cortázar, que para mí es un cuento perfecto.

—¿Es compulsivo para escribir?

—Lo que pasa es que nunca gané concursos entonces nadie quería publicarme. Y como no me habían publicado aún las editoriales me ignoraban.

—¿Empezó con novelas?

—Empecé con cuentos, pero creo que lo mejor que hice es la novela La entrada al paraíso.

—¿Corrige mucho?

—Muchísimo. Soy muy disciplinado para escribir y para corregirme. Hasta que nació mi tercer hijo dedicaba una parte del día a escribir, pero ahora el sueño es un tema. Ayer logré dormir hasta el mediodía y cuando me desperté escribí el último capítulo de una novela que había empezado hacía años.

—Pasó mucho tiempo siendo un escritor oculto, ¿le preocupa ahora perder constancia?

—Tengo un poco de culpa cuando no escribo. Es algo que siempre siento que debería estar haciendo. Uno puede escribir porque se le canta, y luego porque lo necesita, pero ahora lo veo como una obligación. Me digo que no importa por qué razón, pero que es importante que escriba.

—¿Por qué ?

—Porque me dio el mecanismo para sobrevivir: es una especie de psicólogo crónico. Me mejora como persona. Y si buscás otra vuelta, pienso que puede llegar a hacerle bien a alguien más. Y si me pongo más bobo me hago una trampa y digo: esto es lo que tengo que hacer.

—Su narración es sumamente dinámica: ambas novelas se leen de un tirón.

—Sí, eso se dice. Espero que no sea todo lo que tenga.

—¿No le gusta el adjetivo?

—Para nada, pero ¿por qué nos llama la atención que algo sea veloz? A mí me molesta leer literatura lenta, hay escritores a los que hay que bancar como a esos familiares que te caen el domingo a tu casa; por eso me preocupa tanto contar sin adornos e ir directo a la historia.

—Se lo asocia con Felisberto Hernández y Mario Levrero.

—Y son autores que no me gustan especialmente. No me gusta que me asocien por el lado de la fantasía porque yo eso lo veo como un escape.

—¿Cómo sería?

—Es lo que menos les costaba hacer y a mí también. Es una debilidad que intento convertir en fortaleza. De Levrero y de Felisberto aprecio la estructura, pero no el imaginario.

—¿Qué prioriza al escribir?

—La agilidad.

—¿Y la sencillez?

—Sí. A estas novelas les quité todas las sobras pero creo que podría haber sido más sencillo.

—¿Qué escritores le inspiran?

—En este momento (John Maxwell) Coetzee. Es una bestia, muy dinámico, breve y profundo, con mucha auto consciencia de su escritura.

—En Pichis hay cambios de protagonismo, tiempos, estructuras. ¿Eso es autoconciencia?

—Sí, ahora lo que quiero probar es una estructura en la que el lector no sepa quién es el narrador.

—¿Por qué ubica a sus personajes en contextos marginales?

—¿Un ejercicio sobre la culpa de no hacer algo por ellos?

—Sus personajes tocan fondo, pero usted suele rescatarlos.

—Tampoco estoy tan seguro de salvarlos, creo que la locura y el corazón los ayuda.

—¿Tiene alguna otra actividad?

—Vendo viajes, pero viajo poco.

—Su tarjeta dice Gerardo, pero firma las obras como Martín.

—Hace poco hice un listado de dónde soy cada uno. Para la familia y la escritura soy Martín, pero en mi trabajo soy Gerardo. Es una especie de disociación que no termino de descifrar.

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