UNA SEMANA

El corazón rockero y su aguante

Estos días tuve dos pruebas —una de ellas casi mística— de que el rock and roll, el género de mi generación, sigue siendo pertinente.

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Foto: Fernando Ponzetto

Una fue que Bob Dylan ganó el premio Nobel de Literatura, una distinción que, por lo visto, obligó a muchos a tener una opinión al respecto. En ese sentido, a mi me parece estupendo que lo gane Dylan, que me acompañó tanto en mis rebeldías juveniles como en las tribulaciones de la madurez, y no un ignoto poeta birmano, por ejemplo. Con todo respeto hacia los poetas birmanos con aspiración al Nobel. Dylan siempre será uno de los nuestros.

La otra, la casi mística, fue ver a Iggy Pop en vivo, una experiencia única y que entra en la misma categoría de deslumbramiento que este año me provocaron John Cale y John Lydon. Mi frágil corazón rockero no resistiría más emociones.

Iggy Pop no ha sido nunca la manzana más brillante del lote. Tiene buenos discos, cierto, pero algunos que no tanto y el cariño que uno le tiene hace tanto pasa mucho por su actitud. Pero dejó claro en el Teatro de Verano que tiene una veintena de canciones a las que no hay con qué darle.

Y aunque uno podía haber sospechado que habría algo medio patético en el viejo Iggy (esa insistencia en mostrar su cuerpo que tampoco se conserva tan bien, ese laciado feroz de su pelo teñido), le dio una lección a los uruguayos de lo que es el rock, incluso en sus lugares comunes o en sus peores pintas.

Iggy Pop es un performer y como tal cumplió todo el protocolo de un veterano que viene haciendo esto desde hace años. Y que no va a cambiar jamás.

Es que el rock, algo que mucha gente olvida, es también esa testarudez de ser fiel a sí mismo. Y contra eso no importa el paso del tiempo, ni convertirse en un clásico. Iggy Pop está en la categoría de gente como Johnny Cash, Frank Sinatra, Chuck Berry o, por qué no, Bob Dylan: un artista obligado a ser siempre parecido.

Y esos son los imprescindibles porque son los que avisan que se puede ser uno mismo, que solo basta estar convencido y convencer a los otros. Que uno es lo que es. Y eso, visto desde la perspectiva de la adultez, también es una lección del rock and roll.

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