MARIO DELGADO APARAÍN

Un contador de historias con algo nuevo para contar

Un perro sin nombre, relato inédito que inaugura serie de libros ilustrados.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Mario Delgado Aparaín. Foto: Marcelo Bonjour

Un libro pequeño que abre una colección: Un perro sin nombre es un relato breve publicado por Banda Oriental, con el que se inaugura una serie de publicaciones, fuertemente ilustradas, bajo el lema Un autor, un cuento. Este puntapié inicial cuenta con hermosos dibujos de Fidel Sclavo, que acompañan un cuento de Mario Delgado Aparaín, en el que rescata el misterio y la sugestión que despierta toda leyenda.

"Alcides Abella, de Banda Oriental, me invitó a iniciar esta colección, que busca que cada libro tenga un solo cuento, que busca entretener y fomentar la lectura. Y como dijera Julio Cortázar, es un libro-objeto, es decir, una pieza en la que la literatura y las artes plásticas van de la mano", afirmó Delgado Aparaín a El País a la hora de presentar el libro.

En el cuento, el autor le da forma propia y singular a la leyenda del lobizón, un mito que si bien tuvo desde la época colonial fuerte presencia en esta geografía, sus raíces se hunden en la Edad Media e incluso antes, en la antigüedad clásica. "Desde niño, como fui un habitante rural en el norte del país, siempre tuve vínculo con gente supersticiosa, humilde, fascinada por los misterios. Y la leyenda del lobizón siempre me inquietó desde la niñez", relata el escritor, que entre manos tiene un proyecto más amplio: hacer una antología del tema, abarcando sus antecedentes históricos y también relatos de ficción de otros colegas.

—¿Siente que este libro se vincula de algún modo con la tradición oral?

—Sí, claro. La sociedad rural nuestra, a veces de gente muy humilde pero acostumbrada a sociabilizar, ha sido siempre muy aficionada a contar historias. En ese contar en voz alta, se genera una atmósfera, y en tiempos en que no se contaba con la radio ni mucho menos con medios audiovisuales, esa actividad era fundamental. Y en esa forma de comunicación juega un rol muy importante la imaginación. Y en paralelo, en una narración literaria la atmósfera es fundamental: por eso el que lee El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga, creo que después no puede ver un almohadón y no mirarlo de reojo. Eso es lo que logra la atmósfera.

—Hace poco se estrenó Otro lugar en el mundo, sobre su libro Alivio de luto. ¿Sintió que en la película estaba su relato?

—Sí, me pareció muy linda experiencia: es una versión libre, y dentro de eso, está bastante bien lograda. Tiene dirección muy buena, actores muy buenos, y sobre todo la recreación escenográfica. Me sentí cómodo viendo ese mundo: estuvieron muy bien en no convertir en esperpento a los personajes que muchos consideran malos. Hay personajes muy humanos, imprevisibles. La verdad es que la disfruté. Yo soy un espectador que a veces teme ver el cine nacional, y cuando lo veo, tengo que revisar mis opiniones.

—¿La novela uruguaya está viviendo un buen momento?

—Sí, claro que sí, desde un veterano como Gustavo Espinosa, a un recién nacido pero con veteranía como es Juan Estévez. O Daniel Mella, con El hermano mayor, una novela que te remueve los cimientos. O Martín Bentancor, aunque sé que corro el riesgo de ser injusto por no nombrarlos a todos.

—¿Siente que hoy en día hay mejores condiciones para los escritores emergentes?

—Sí, por lejos. Cuando yo tenía 24 años y estaba empezando, no tenía los recursos para enriquecer una atmósfera, con todo lo que ofrece hoy internet. En aquella época estabas muy aislado; de vez en cuando venía un pituco al pueblo, haciéndose el intelectual, con algunos libros bajo el brazo. Además, antes la incomunicación entre los escritores era insoportable. Un escritor uruguayo no sabía lo que estaba haciendo un escritor colombiano. Por otro lado, hoy los jóvenes creadores leen mucho. Y eso es muy bueno. Porque no se puede ser un buen escritor si no es un buen lector.

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