Primera rueda

Concurso: Los Antiguos trajeron una renovación con calidad

Tronar de Tambores tuvo una impecable realización, dos murgas tuvieron momentos destacados

Los Antiguos 2019. Foto: Twitter @teatrodeverano
Los Antiguos 2019. Foto: Twitter @teatrodeverano

Los parodistas Los Antiguos agregaron un capítulo de alta calidad a la tan esperada renovación de la categoría, de la que mucho se habla, pero poco se concreta.

El grupo realizó un trabajo poético, sensible y coherente en su estética, a partir de un bellísimo texto y de un desarrollo escénico y actoral que no tiene desperdicio, porque todas las piezas encastran con naturalidad y ejecutan una única partitura, integrada y afinadísima. La música y la danza se relacionan perfectamente con las historias y geografías a las que alude la trama, y hay un código actoral que respeta las intensidades y tiempos de cada una de las escenas, que a la vez, se nutren de distintas procedencias y vertientes, como el teatro tradicional, el clown, el stand up, o la propia escuela carnavalera.

Se luce una dirección de actores que elige el rumbo de antemano, confía en el camino a seguir y allí se dirige, sin caer en la tentación de los clichés.

La primera parodia, Billy Elliot, cuenta con la sobresaliente actuación del joven actor José Nicolás Álvarez, quien lleva magistralmente adelante el papel protagónico: el de un humilde joven que lucha por su realización, en conflicto con su entorno y las circunstancias de la prejuiciosa Inglaterra de Margaret Thatcher.

La segunda obra —Canciones para No Dormir la Siesta— es una típica historia uruguaya, que narra los avatares del grupo que iluminó generaciones con su canto de corte infantil, pero con claro sentido contestatario. Tiene, por obvias razones, un perfil más musical que la anterior, aunque no es necesariamente una comedia musical.

Por el contrario, es un relato político y social ubicado temporariamente en los años más oscuros de nuestra historia reciente. Cuenta, cálidamente, una trama con justa hondura, envuelta en una sobria y delicadísima emotividad.

Globalmente, la propuesta tiene dos aspectos para corregir: el primero, importante para la categoría, es alcanzar un poco más de humor. El segundo desafío, propio de la función, es lograr un pasaje más limpio y parejo con la amplificación.

Los actores Germán Medina, Lucía Rodríguez y Carlos Sorribas también merecen el reconocimiento por sus labores.

Hubo más

Murgas

El primer turno de la noche correspondió a la murga Metele que son Pasteles, que presentó una actuación más que satisfactoria, con uno de los mejores cuplés que han pasado hasta el momento por el Teatro de Verano: “El Neoliberalismo”.

El repertorio va en ascenso y no siempre tiene el mismo nivel de elaboración.

Finalizado el saludo, arranca una por demás extensa presentación del argumento del espectáculo llamado “Pa' la tribuna” que, pese a esa tibia temperatura, deja entrever el tono de una temática dispuesta a describir las características de un mundo que pondera lo efímero, donde los enamoramientos a largo plazo ya no existen y, por el contrario, los individuos quedan presos de una peculiar encerrona: la de llamar la atención a toda costa, actuando conformes a las demandas y necesidades de los demás.

El primer cuplé sobre Venezuela es el menos efectivo. Lo sigue otro, más elogiable, sobre un escuadrón que llega armado a satisfacer, irónicamente, los reclamos de mayor seguridad.

Sin embargo, lo mejor queda para el final, una vez que la murga comienza a hablar del neoliberalismo, una potentísima creación, que mezcla ideología, historia, economía y política.

La descripción de un sistema al que es difícil enfrentar, así como una afilada mirada sobre sus efectos, en especial, en los más pobres, que son quienes llevan las de perder en todo ámbito en el que están en juego las relaciones de poder, siempre está a la orden del día en este grupo, cuyo cuplé se abre camino a pasos agigantados para buscar ser uno de los mejores del 2019.

El cierre de la noche fue protagonizado por la murga Patos Cabreros, que se plantó con un sello bien tradicional.

El espectáculo, que al inicio asomó con presentar un perfil dispuesto a ahondar y explorar las profundidades de las transformaciones en los seres humanos, y los cambios resultantes del paso del tiempo —sus principales ejes temáticos—, rápidamente viró hacia un aire nostálgico y evocativo.

Dese punto de vista narrativo —el de una generación adulta que mira la vida en retrospectiva, pero no se queda anclada en ese pasado— la murga desplegó sus principales ideas, que sobrevolaron un variado número de temáticas de actualidad, alternando buenos momentos de crítica, aunque con una muy moderada respuesta de humor.

El espectáculo se sostiene en dos pilares fundamentales: un coro magistral y un vestuario de excepción, de porte señorial, que apuesta al volumen, colores vívidos, brillo y geometrías típicas de las murgas clásicas. 

El texto tiene irregularidad. El punto más flaco es el cuplé sobre los uruguayos vagos, al inicio. Luego llega un venenoso y bien elaborado popurrí de actualidad, al que sucede un brevísimo pasaje sobre los indecisos, que es un poco más previsible.

Minutos más tarde abren una nueva ventana de crítica, esta vez con mayor vuelo, encontrando un satisfactorio tono para describir cómo nuestra sociedad naturaliza las injusticias y desequilibrios que se producen a nivel social, en un cuplé que confronta la ambigüedad de lo artificial y natural.

Previo al cierre, la murga homenajea a los máximos referentes de la historia de los Patos: a Omar Odriozola (autor del himno “Uruguayos Campeones", que cantó el grupo en su repertorio de 1927); a Eduardo Gamero y Carlos Modernell, dos de los letristas autores de la mayoría de los éxitos, o al legendario y mítico Pepino, a quien se sindica, acertadamente, como un gran transgresor del género, por sus aportes rítmicos y visuales a la murga y al género murguero

El resto

Candombe

La comparsa Tronar de Tambores, con un aire renovado, brindó un muy buen espectáculo, en la segunda hora de la etapa.

Se trata de un trabajo excelente a nivel técnico, en especial en las áreas que otorgan mayor puntaje: coreografías, voces, música, puesta en escena y vestuario. Los textos, en cambio, apuntan por una línea abstracta, que por momentos enfrían comunicación, por más que los candombes, milongones y cuadros en general, se nutren de un buen trato de la palabra.

A diferencia de años anteriores, donde la comparsa apostó por una orquestación con fuerte predominancia de los instrumentos de viento (como trompetas y trombones), este año hubo una elección más melódica, que fue más en consonancia con el estilo de propuesta, donde lo imaginativo y conceptual estuvieron a la orden del día.

Faro de luz —así se denomina el repertorio— propone un alegato sobre la cultura como mecanismo para llenar de vida a una joven artista, que se encuentra en la búsqueda de su rumbo.

A partir de allí, se construyen una serie de momentos que, con mayor o menor intensidad, navegan sobre algunos tópicos relacionados con el universo del candombe, o bien de índole social, como, por ejemplo, el rol de la mujer. A pesar de una muy buena pasada, es esperable alguna mejoría en la faceta interpretativa, así como un mejor rendimiento en el ritmo de los cuadros parlamentados.

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