CINE

Vivir, crecer y aprender en un viaje bello y vital

El crítico musical David Toop dijo en uno de sus libros que "sin ser capaz de escribir una historia sólida, el que escucha accede al desfasaje del tiempo".

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El niño y el mundo. foto: Difusión

Esta podría ser la motivación que incita la aventura de Cuca, el protagonista de El niño y el mundo, que recorre el tiempo y el espacio persiguiendo una melodía que escuchó en su niñez. Su creador, el brasileño Al Abre, alcanzó prestigio mundial con esta película animada.

Y demuestra ser un cineasta inmensamente creativo, tanto en su condición de guionista como en la dirección. Valga como muestra el plano secuencia de ocho minutos que da inicio a la historia: un segmento que variando la puesta de cámara y la velocidad de los movimientos y que ya ahí contiene todos los estados emocionales por los cuales transitará el protagonista. Cuca pasea por una selva atiborrada de animales, vegetación, colores y —esencialmente— sonidos que cambian su tono cuando se acerca una nube negra. Esta también puede ser el humo de una gran planta industrial, simbolizando el contraste entre la vida rural y la urbana, con sus sistemas económicos opuestos.

¿Demasiado ambicioso? Lo es. Pero el resultado es brillante, complejo, y fuera de todo cliché. Es conmovedor. La película es exactamente eso que indica su nombre: la posible vida de un niño en su inevitable inserción al mundo capitalista. Como sucede cuando rotamos un caleidoscopio, el escenario de Cuca se va transformando a lo largo del film, así como los personajes que lo rodean. El punto de enlace de todo es la búsqueda incansable de esa melodía, es decir, de ese primer estado vital que conoció.

Como dice Toop, aquí la solidez de la historia en términos de claridad lineal no interesa porque es ese desfasaje temporal que reproduce la memoria auditiva la que rige la acción. De esta manera, Cuca recorre distintas regiones del Brasil, que podría ser el mundo. Desde la zona rural pasando por el Amazonas, las plantaciones de algodón, las favelas de Rio de Janeiro, las fábricas industriales, el puerto y, finalmente, los basurales. El relato sigue —entre varias lógicas que se superponen— el camino de una materia prima desde el lugar en el que nace, hasta su último destino: un deshecho que se acumula en montañas, donde además juegan otros niños.

Los distintos escenarios son reinterpretados magistralmente por Abreu mediante distintas técnicas plásticas y diversas formas de filmarlas. Por ejemplo, las maquinarias fueron diseñadas como insectos diabólicos armados con distintas estructuras metálicas. Así, un tren que se lleva a los campesinos a la ciudad, es un larguísimo gusano con un malvado rostro colorado y un extenso cuerpo de chapa. La ciudad, que se recorre de abajo hacia arriba (guiño a la estructura de clases) y no hacia adelante, está plagada de publicidad que estimula a consumir, con fotografías hechas a partir de collages de caras con bocas gigantes. En contraste, la selva y el campo son una explosión colorida de dibujos simples, hechos con trazos de crayolas, acuarelas y lápices, con una paleta que se parece a una caja de Faber-Castell.

Es que El niño y el mundo es sobre todo un film político. Es una obra que denuncia los efectos perversos de las reglas de un sistema. Este niño, curioso e inquieto, no habla pero sí escucha. La salvación viene de la mano de la música alegre y explosiva que irrumpe hasta en los espacios más desolados (excelente, compuesta por Ruben Feffer y Gustavo Kurlat). Sus emociones representan a todos los niños del mundo, en un juego permanente que va del relato individual al colectivo, afianzando de este manera la dimensión desoladora de esta historia que reproduce una condena trágica.

De esa infancia feliz quedará el recuerdo de tres notas musicales que intentará recuperar. Como Charles Foster Kane a su Rosebud.

El niño y el mundo

Brasil 2014. Título original: O menino e o mundo. Guión y dirección: Alê Abreu. Música: Ruben Feffer y Gustavo Kurlat. Género: Animación. Duración: 80 minutos. Sala: Cinemateca 18.

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