CLINT EASTWOOD

La vida muy secreta de un gran maestro del cine

Una biografía nada amable lo muestra como ambicioso y muy mujeriego.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Clint Eastwood. Foto: AFP

Clint Eastwood es un tipo raro de estrella. Un recio que hace un cine humanista; un belicista pacifista, un republicano liberal; un hombre de acción sensible; Harry Calahan y el fotógrafo de Los puentes de Madison.

Y es el último gran director del cine clásico americano, que es un movimiento en sí mismo. Ya tiene una carrera como director de 50 años que lo coloca en la categoría de sus referentes (los 60 años de películas de John Ford; los 54 de Howard Hawks) aunque a diferencia de aquellos, su mejor período es el último. Eastwood tiene 86 años y sigue filmando: su última obra, Sully, es una prueba de su vigencia artística.

Su figura pública ha sido más austera que la grandiosidad y el perfil alto de su obra. Ha sido discreto pero se sabe que estuvo en varias relaciones afectivas incluso simultáneamente, que se casó dos veces y que tiene siete hijos con cinco mujeres, que no necesariamente eran sus esposas.

Eso son los detalles que le encantan a Patrick McGilligan, el autor de Clint Eastwood, una biografía para nada autorizada que presenta a su protagonista como un mujeriego y depredador sexual, hace un inventario de sus parejas y sus hijos extramatrioniales, lo pinta como un millonario inescrupuloso (que incluso llegó a alcalde de Carmel, su ciudad, solo para poder hacer avanzar un proyecto inmobiliario propio), un amigo poco leal y un autoritario.

No hay buenas noticias en esta biografía pero ese suele ser el leit motiv de McGilligan que, más allá de eso, es un escritor ameno y atractivo en su pasión por el dato escabroso. La curiosidad morbosa suele ser un buen argumento de venta. En su nombre, McGilligan ya se ha cargado a Alfred Hitchcock, Orson Welles y Jack Nicholson.

En Clint Eastwood no hay una valoración crítica de su obra sino que se limita a las actitudes personales, rubro en el que, por lo visto, no hay mucho para destacar. Una versión más amable se puede leer en la biografía autorizada que firmó su amigo personal, el crítico Richard Schickel; a McGilligan le encanta contradecir esa fuente y hacerlo notar.

Este libro es una edición ampliada del original publicado en 2002 que Eastwood consiguió retirar del mercado. Esta versión en español tiene algunas enmiendas a las que aparentemente se llegó en un acuerdo judicial secreto millonario, una costumbre del director, según su biógrafo.

Eastwood nació en 1931 en San Francisco y, de acuerdo a McGillighan, pasó una infancia más holgada que lo que se suele creer. Vivía en la parte buena de la ciudad con un padre buscavida que le transmitió su vocación frustrada por la música.

Cuando terminó su servicio militar (que, dice, lo pasó nervioso por la posibilidad de que lo mandaran a la guerra de Corea; no fue y se concentró en ser supervisor de piscinas en una base cercana a Hollywood), ingresó a la academia de actuación de Universal, pagando sus cursos con pequeñas actuaciones. Después de una serie de apariciones breves y un par de créditos, consiguió un papel secundario, Rowdy Yates, en Rawhide, una serie de cowboys al estilo La ley del revólver.

Fue un éxito y le abrió las puertas a su gran oportunidad: el papel del "hombre sin nombre" en la trilogía de spaghetti western de Sergio Leone. Eastwood habría aceptado una oferta tan poco tentadora para huir de un asunto de faldas.

Volvió hecho una estrella, y en 1971 presentó su otro gran personaje (en Harry, el sucio de Don Siegel) e inició una carrera como director, una vieja ambición. Después de afinar sus capacidades en varios géneros, en 1992 con Los imperdonables empezó a ser reconocido como un gran maestro.

Desde entonces ha conseguido cuatro Oscar y realizado grandes películas como Los puentes de Madison, Mystic River, Million Dollar Baby, Gran Torino, El francotirador y su obra más ambiciosa, el díptico sobre la Segunda Guerra Mundial de La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima.

Su filmografía puede ser leída como la crónica del vínculo de la sociedad con la violencia y el héroe. En ese sentido ha ido derivando hacia un visión humanista que queda más que explícita en Sully.

A McGilligan parece importarle poco todo eso y se concentra en el personaje que menos se ha visto de Eastwood. Y en un lado poco amable que contradice esa visión de anciano sabio, prudente y serio.

Todo lo contrario: el Eastwood de McGilligan es un miserable, implacable con sus enemigos o con aquellos que se le cruzaron en su carrera. Hay anécdotas para esos rubros.

"Eastwood ha batallado duro por controlar su imagen", dijo McGilligan citado por El País de Madrid. "Es falso eso de que no da entrevistas: hay centenares, pero poquísimas veces con un periodista escéptico. Es un supervendedor de sí mismo, de su imagen y de su cine. Se ha convertido en una personificación de Estados Unidos, y no siempre de sus mejores cualidades". Es, básicamente, un libro antipático y plantea el debate entre la vida pública y la obra de un artista.

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