Crítica

Una vida en un momento crucial contada con lujos

Se estrenó la película con Gary Oldman en el papel de Winston Churchill

Las horas más oscuras
Kristin Scott Thomas, como su esposa Clementine, da consuelo al Churchill de Gary Oldman

Las horas más oscuras está llena de decisiones políticas. Por encima de todo, la apelación a la figura de Winston Churchill como aglutinador de un ser británico que hoy estaría escaseando. En tiempos donde las decisiones se toman por capricho, el proceso que llevó a Churchill a entrar en la guerra, el eje de la película, es un ejemplo de mesura e inteligencia para confiar en el criterio propio como un sentir nacional.

La elección de Gary Oldman, como ese primer ministro británico, premio Nobel de Literatura y tremendo personaje del siglo XX, también es una decisión política. A partir de ahora, Churchill es Oldman, un actor que aplica todo el método al servicio de la construcción de su héroe. La reivindicación de una figura en su momento controversial es una declaración de intenciones. Oldman sabe que va por la trascendencia y se comporta a tono reconstruyendo gestos, firmezas y debilidades con un convencimiento que hace olvidar el maquillaje. Estaría confirmado que Oldman ganará el Oscar, como viene haciendo con todos los premios de la temporada. Es un Churchill convincente como alguna vez fue un Sid Vicious convincente, y eso es hablar de rango actoral y de la longevidad de su carrera.

Por otro lado está la decisión de retratar un momento político del que critica con dureza el cortoplacismo negociador de Neville Chamberlain y Lord Halifax (que reclamaban un acuerdo mediado por Mussollini con Hitler) y sus intrigas palaciegas. Contraponiendo ese submundo de la política, Churchill se eleva como el vocero del pueblo, lo que queda explicitado en su primer viaje en subte en el que el privilegiado primer ministro recoge de primera mano, ese patriotismo británico que él mismo quería poner a prueba (la escena es ficticia).

Ficha
Las horas más oscuras (****)

Reino Unido, 2017. Título original: Darkest Hour. Dirección: Joe Wright. Guion: Anthony McCarten. Fotografía: Bruno Delbonnel. Montaje: Valerio Bonelli. Música: Dario Marianelli. Diseño de producción: Sarah Greenwood. Con Gary Oldman, Kristin Scott Thomas, Ben Mendelsohn, Lily James, Ronald Pickup, Stephen Dillane, Samuel West. Duración: 125 minutos. Estreno: 25 de enero.

En todo este alegato republicano que, en definitiva, es Las horas más oscuras, sale bien parado el rey Jorge (el mismo que Colin Firth, retrató en El discurso del rey, que no es tan buena como ésta). A pesar de su reticencia inicial incentivada por Chamberlain y Halifax, los villanos de libro de cuentos de la historia, el rey se convierte en el aliado indispensable. Lo interpreta Ben Mendelsohn con más seseo que tartamudeo. Otros respaldos son el de su esposa, Clementine (Kristin Scott Thomas), quien lo alienta, lo tolera y lo conoce (sus momentos de intimidad son muy buenos) y el de la eficaz secretaria interpretada por Lily James.

Otra usina de stress para Churchill —que tenía una dieta alcohólica de alcance ilimitado lo que le genera cierto humor borrachín que la va muy bien— es la retirada aliada en la playa Dunkerque: Las horas más oscuras es la versión burocrática de la aventura que Nolan relata en, precisamente, Dunkerque. Churchill era de esa clase de políticos que pueden atender dos eventos catastróficos a la vez.

El libreto es de Anthony McCarten, quien había mostrado capacidad de síntesis en la biografía filmada de Stephen Hawkins, La teoría del todo. Acá tiene el mismo vuelo de best seller aunque el resultado es más gratificante.

Las horas más oscuras
Trailer de "Las horas más oscuras", la película que tiene seis nominaciones al Oscar

El director Joe Wright está a la altura de una circunstancia así de especial como es hacer una epopeya de un estadista y de un pueblo. Wright es un llamativo puestista como dejó claro en ese largo plano secuencia sobre la playa de (¡otra vez!) Dunkerque en Expiación, deseo y pecado. También dirigió Peter Pan (la de Hugh Jackman cantando una canción de Nirvana) pero acá logra mejores concreciones que en aquella fantasía hueca.

Las horas más oscuras es por encima de todo, una elaborada construcción visual. Los pasillos de las oficinas y los palacios son filmados en travellings que reflejan el laberinto diplomático y político en el que se está metiendo este buen hombre y la transmisión de un esperanzador discurso radial está bañada por la luz roja que desprende una bombita que indica que está al aire, o sea en el living de todos los ingleses. Es una película de interiores (la oficina del consejo de guerra, el despacho real, el Parlamento) en los que Wright consigue colar una cámara que acompaña la acción siempre desde el mejor ángulo y deja lugar para los brillos de diseño de producción de Sarah Greenwood, eterna colaboradora de Wright y responsable de los mejores momentos de su filmografía. En algunos casos apela a los espacios reducidos y aislados de un ascensor subiendo e iluminando la oscuridad política que vive un personaje que siempre es visto desde el lado de la simpatía.

Esos logros han sido destacados en las nominaciones para el Oscar. Las horas más oscuras está mencionada para mejor maquillaje, vestuario, diseño de producción y fotografía, además de mejor película y, claro, actor principal. Son esos vericuetos del Oscar los que hacen que Wright, que manejó toda esa estructura con buen gusto, no esté nominado. Tampoco lo está Luca Guadagnino por la notable Llamame por tu nombre que, en todo caso, es bastante más inquieta que esta.

Las horas más oscuras se ubica dentro de la nueva tendencia hagiográfica que ha mostrado el cine británico reciente. Ejemplos de eso son los retratos de la reina Victoria y de la reina Isabel en (en Victoria y Abdul y La reina, respectivamente) que hizo Stephen Frears; la propia El discurso del rey o series como The Crown.


Aceptada sus reglas de juego, Las horas más oscuras cumple sobrada con el protocolo. Es una película política, claro, aunque evita algunas contradicciones evidentes o glorifica asuntos que tienen segundas lecturas. Pero acá, la decisión política, pasa por llenar el ojo, hacer algún comentario sobre la actualidad y dar un espectáculo. En ese sentido, la película cumple bien con su promesa. De Churchill algunos no decían lo mismo.

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