Cine

Viaje hacia un pasado incómodo de recordar

El núcleo histórico es real y valioso, aunque la película se permite algunas libertades para convertir su enorme tema en un guión manejable.

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Pasado: algunas verdades desagradables que salen a la luz.

Lo hace decentemente, con resultado que deberá importar sobre todo en Alemania: en otros países, la polémica sobre las responsabilidades del Holocausto son, si se quiere, moneda corriente, pero ha debido pasar más de medio siglo antes de que los principales responsables de esa atrocidad se atrevan a manejarlo de manera más bien pública.

Lo que cuenta la película es el empeño de un valeroso fiscal (Alexander Fehling, que de hecho resume en un solo personaje actividades que en la realidad desempeñaron varias personas), quien hacia fines de los años cincuenta acepta hacerse cargo de los crímenes cometidos por los nazis en el campo de exterminio de Auschwitz. Fue la primera vez que la justicia de la República Federal de Alemania se ocupó del asunto (Nuremberg no fue un verdadero juicio, aunque quienes fueron condenados allí merecían efectivamente ser colgados: se trató simplemente de un ejercicio, más civilizado que otros, de "justicia de los vencedores"), y fue además la primera vez que un tribunal alemán terminó condenando efectivamente a algunos responsables de la masacre, aunque no a todos y por cierto no a algunos de los más importantes.

Visto desde fuera de Alemania, el film funciona por momentos como una suerte de "cápsula de tiempo": resulta casi increíble (pero es cierto) que funcionarios de jerarquía del sistema de justicia simplemente ignoraran, una década larga después de terminada la guerra, lo que había ocurrido en los campos. Por supuesto, había otra gente que sí lo sabía y prefería no hablar del asunto ("¿o usted se cree que los nazis se terminaron con la muerte de Hitler?", le dice en determinado momento un personaje al protagonista).

La importancia del trabajo del ficticio fiscal Fehling del film, y más aún la del auténtico Fritz Bauer interpretado por Gert Voss, fue sacar a relucir responsabilidades del pasado que hasta el momento los alemanes habían resuelto esconder bajo la alfombra (era la época en que tanto los documentales como los films de ficción alemanes sostenían que todo había sido culpa de "Hi- tler y su pandilla", y el resto de la gente no sabía nada), y que ese grupo de valientes llevó hasta los tribunales. Tuvieron dificultades, no pudieron acusar a todo el mundo y muchas autoridades pusieron piedras en el camino, pero consiguieron bastante. Recordarlo no es uno de los méritos menores del film.

Cinematográficamente, Laberinto de mentiras funciona decentemente y sin genio, como uno de esos dramas policial/judiciales basados en hechos reales a los que nos tiene acostumbrados HBO: pistas que aparecen de pronto, testigos que vacilan, otros que se atreven luego de dudar. No es gran cine pero no está mal.

Contemplado como cine alemán tiene un plus de interés: es otro capítulo del empeño de la industria cinematográfica nacional para (¡finalmente!) empezar a ocuparse de un pasado desagradable. No es el único caso, por cierto (se podrían invocar otros ejemplos como La caída, La novela hora o Sophie Scholl) que demuestra que hay por lo menos una franja de alemanes dispuesta a ajustar cuentas con el tema. En momentos en que (con la ayuda de la idiotez asesina del extremismo islámico) la ultraderecha crece en Europa, es útil recordar ciertas atrocidades no tan lejanas.

Laberinto de mentiras [***]

Alemania 2014.. Título original: Im Labyrinth des Schweigens" Director: Giulio Ricciarelli. Guión: Elisabeth Bartel, Giulio Ricciarelli. Fotografía: Roman Osin. Música: Sebastian Pille. Elenco: Alexander Fehling, Andre Szymanski, Friederike Becht.

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