cine - crítica

La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser

Trainspotting 2: La vida en el abismo [****]. Título original: T2 Trainspotting. Dirección: Danny Boyle. Guión: John Hodge, sobre libros de Irvine Welsh. Fotografía:Anthony Dod Mantle. Edición:Jon Harris. Elenco. Ewen Bremner, Ewan McGregor, Jonny Lee Miller, Robert Carlyle,Anjela Nedyalkova. Duración: Una hora y 57 minutos.

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Foto: Difusión

Hace unos 20 años los vimos por primera vez. Como unos "pastabaseros” escoceses, los personajes de Trainspotting (1996), vivían para conseguir el próximo consumo, casi sin importar el precio a pagar.

En torno a ese compulsivo e imparable consumo de drogas, Irvine Welsh —que acá hace un bolo— en su novela y Boyle en su película, retrataban la decadencia social y económica de una parte de Gran Bretaña, olvidada por el optimismo emprendedor e individual de los años de Thatcher, que para algunos ya habían concluido.

Desprovistos de la tecnología que hoy permea todos los aspectos cotidianos, Renton (Ewan McGregor), Spud (Ewen Bremner), Sick Boy (Jonny Lee Miller) y Begbie (Robert Carlyle) surcaban las calles y los pubs de Edinburgo en busca de aventuras, dinero y droga.

En esos recorridos, como siempre pasa, iban tejiendo los lazos de amistad y lealtad que también como siempre, abren la puerta para la traición. O como escribe Spud en esta película: “Primero hay una oportunidad. Luego, una traición”.

La amistad es uno de los grandes temas de esta formidable película, un implacable ajuste de cuentas con lo que alguna vez fueron (¿fuimos?) esos jóvenes, hoy ya con algunos de los achaques —y también algunas de las vanidades— de la veteranía.

Pero también es una vigorosa reflexión sobre el paso del tiempo, con lo que podemos hacemos de él, además de lo que éste puede hacer con nuestras ilusiones. “Teníamos todo por delante ¿eh?”, le dice Renton a Begbie recordando el primer día de clases de ambos, cuando una maestra los sentó juntos.

Como toda gran película, Trainspotting 2 bucea además en otras profundidades. El estilo de Boyle —uno de los mejores directores de cine de la actualidad— puede recordar la pasión y la energía de Guy Ritchie en sus primeros años, pero también la más sosegada —aunque no menos apasionada— mirada de Mike Leigh y su realismo lumpen y proletario.

Hay en la película un claro componente político, aunque no se predique. Bastan unas pocas imágenes de la vuelta de los personajes a su antiguo barrio, en el cual ahora hay unos enormes basureros de chatarra, para percatarse de que algo anduvo mal en los 20 y pico de años que transcurrieron. Que desde aquellos días pos-Thatcher a estos pos-Blair no mucho cambió. Y que si cambió, posiblemente fue para peor.

Sin embargo, no se trata de una historia únicamente cargada de negrura. En medio de la desolación, incluso en aquellos momentos en los cuales viejos amigos se enfrentan violentamente, hay espacios para la risa y la esperanza.

En esto tiene mucho que ver un guión notablemente estructurado, que lleva adelante una historia cargada de posibles desvíos y distracciones, de una manera muy disciplinada. Pero como esto es cine y los actores importan, también el elenco es responsable de entregar un atrapante y a veces hilarante relato, lleno de fogonazos de colores fuertes. Los cuatro actores brillan en sus papeles —también lo hace la única actriz con un papel importante, Anjela Nedyalkova— pero tal vez sea Carlyle el que deja la impresión más memorable.

Carlyle le da vida a un personaje resentido y violento, aunque a veces capaz de algo parecido a la ternura y la misericordia. En esa ambiguedad está también una de las grandes virtudes de esta película, una de las mejores que se verán este año.

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