CRÍTICA

De vencedores y vencidos

La gran muralla [***]China/Estados Unidos, 2017. Título original: The Great Wall. Dirección: Zhang Yimou. Guión: Carlo Bernard, Doug Miro y Tony Gilroy sobre historia de Max Brooks, Edward Zwicky Marshall Herskovitz. Fotografía: Stuart Dryburgh y Xiaoding Zhao. Música: Ramin Djawadi. Diseño de producción: John Myhre. Montaje: Mary Jo Markey y Craig Wood. Con: Matt Damon, Pedro Pascal, Willem Dafoe, Andy Lau, Lu Han. Duración: 103 minutos.

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La gran muralla. Foto: Difusión

Pretender algo más de Zhang Yimou no parecía descabellado. Fue un director importante de la quinta generación de cineastas chinos —la que empezó a fines de la década de 1980— como lo dejó claro ya desde su primera película, Sorgo rojo, en 1987.

Desde entonces ha ganado premios importantes (Berlín, Bafta, por ejemplo), y construido una carrera vistosa e interesante que incluye films como Ju Dou y Esposas y concubinas; ya en Héroe demostraba que podía poner sus preciosismos visuales al servicio de estructuras más comerciales. Es, más allá de preferencias personales (Jiang Zhangke, por ejemplo), el más importante director chino.

Es una pena, en ese sentido, que La gran muralla sea tan americana. El cine asiático ha encontrado la manera de contar su cine popular desde un lado más artístico (las recientes películas de artes marciales de los chinos Wong Kar Wai y Hou Hsiao-Hsien y el coreano Chan-Wook Park), pero acá Yimou no se complica por ningún lado. Es una película de superhéroes filmada con despliegue y un par de ideas visuales interesantes pero que dan una pátina de artificiosidad y autoconsciencia que no está buena.

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El guión está a nivel de aquellas historietas de la revista El Tony (a pesar de que lo firman Tony Gilroy y Edward Zwick) con mercenario (el inagotable Matt Damon) que llega a la muralla china y se pone del lado de sus anfitriones frente a una invasión imposible de vencer de unos bichos feísimos y con gusto por la carne humana. Aunque parece un cínico sin corazón, algo lo conmueve de la cultura china (quizás una princesa, pero la película no pierde tiempo con romances) que lo hace quedar y olvidarse de la misión que tenía de robarle la pólvora a esta gente. El tipo es un fenómeno y el ejército locatario, una precisa máquina de defenderse que parece coreografiada por Cirque Du Soleil y que incluye unas saetas humanas tan sacrificadas como innecesarias.

Yimou se pone al servicio de algo que empieza como un western, se vuelve una película de superhéroes y termina como una de zombis. Para eso usa el paisaje, el vestuario (el uniforme militar se ve caro), y el diseño de producción (a cargo del oscarizado John Myhre) convierte a la China legendaria casi en una fantasía futurista. Hay alguna intención cromática parecida al Kagemusha de Kurosawa, pero todo está más cerca de Games of Thrones.

Cuando en todo este invento Yimou despliega algo de su gusto para la puesta en escena, la película gana un poco de aire. Una animación que simula acuarela o dos escenas que incluyen globos, parecen tener cierta intención (un poco cursi) por hacer de esto algo personal. No lo consigue del todo.

China estará desembarcando en Hollywood pero estéticamente Hollywood ya desembarcó en China. Y Zhang Yimou es un daño colateral.

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