UN CLÁSICO JOVEN

Veinte años de "Belleza americana", la película que pareció que cambiaría el cine

Cómo se ve hoy aquella película, que en su momento rescató los recursos del cine de la década de 1970, para focalizar en la contracara del sueño americano

imagen de la película belleza americana
Belleza americana, un clásico de fines de los 90.

Hay quienes dicen, y les asiste la razón, que 1999 fue el último gran momento del cine americano. Puede ser: ese año se estrenaron clásicos como The Matrix, El club de la pelea, ¿Quieres ser John Malkovich?, El sexto sentido, Magnolia, Ojos bien cerrados, El informante, Man on the Moon, Las vírgenes suicidas, The Blair Witch Project, Toy Story 2. Y Belleza americana, de la que hoy se cumplen 20 años de su estreno en Uruguay.

Belleza americana ganó, en la entrega que reconoció el cine de 1999, cinco Oscar de la Academia, incluyendo el de mejor película y mejor director para Sam Mendes, que se convirtió en uno de los escasos cineastas en ganar ese rubro con su ópera prima (los otros fueron Robert Redford, Kevin Costner, James L. Brooks, Jerome Robins y Delbert Mann). Mendes es el director de 1917, una de las sensaciones de la última temporada de premios.

Vista en su momento como una película revolucionaria que rescataba recursos del cine de la década de 1970 para diseccionar la desintegración de cierta idea de sueño americano suburbano, desde entonces han sido debatidos sus méritos formales y su postura frente a algunos temas que irían ganando espacio en los últimos años. Es así que se empezó a destacar su presunta misoginia implícita o explícita, entre otros anacronismos. En estos últimos años, además, han aparecido analistas que, en base a eso y a otros reparos, han empezado a juzgar con ojos más severos aquel deslumbramiento inicial. Hay críticos que la han despojado de todos sus méritos. Hay críticos que se equivocan.

En todo caso, había como para deslumbrarse cuando su estreno. Belleza americana era un drama contemporáneo que analizaba con diagnóstico contundente el derrotero de una generación. En los años anteriores la Academia, por ejemplo, había destacado reconstrucciones de épocas vistosas como Corazón valiente, Shakespeare apasionado, El paciente inglés o Titanic, pero esa historia suburbana parecía estar dialogando con preocupaciones más coyunturales.

A eso hay que sumar las actuaciones de Kevin Spacey (que acá ganó su segundo Oscar) y Annette Bening, como una pareja en el final de un largo proceso de desintegración. Y la fotografía oscarizada de Conrad L. Hall y el guion oscarizado de Alan Ball. Todo le daba un porte de esos que deslumbran. 

Sam Mendes tras ganar los Globos de Oro por "1917". Foto: AFP
Sam Mendes tras ganar los Globos de Oro por "1917". Foto: AFP

Para los más jóvenes, los olvidadizos o sencillamente los que nunca la vieron (actualmente no está en ningún servicio de streaming), Belleza americana cuenta los últimos días en la vida de Lester Burnham (Spacey), un marido y empleado devoto que parece haber dejado en algún lugar cierta rebeldía y ganas de vivir, que fueron sustituidas por una abulia y un desdén generalizado. Vive con su esposa Carolyn (Benning) que lo destrata, y una hija (Thora Birch) que lo desprecia.

La película sigue el proceso de transformación personal de Lester, principalmente a partir de su infatuación con una amiga de su hija (Mena Suvari) y la llegada como vecinos nuevos de una familia con un padre militar (Chris Cooper), una madre tomada por la tristeza (Allison Jenney) y un hijo (Wes Bentley) que le vende a Lester la mejor marihuana del condado, y tiene una curiosidad fisgona y poética que registra con una cámara. 

La película es el flashback de un muerto, el mismo recurso que, por ejemplo, Billy Wilder empleaba en Sunset Boulevard. Un plano aéreo inicial compara el vecindario con un cementerio.

A pesar de que parece un proyecto personal, Mendes fue contratado para la tarea después de probar con más de una decena de directores. Ball, que venía de trabajar en sitcoms, había vendido el guion a Dreamworks por 250.000 dólares. Se dice que Mendes, quien era una estrella de la escena teatral londinense, pulió mucho cinismo que estaba en el libreto original.

Vista 20 años después, queda claro que Belleza americana ha perdido, sí, cierto impacto, pero también, que sigue siendo una gran película. El planteamiento parece un poco simplote con Lester representando a la generación de la década de 1970, prisionero entre dos extremos: a la izquierda vive una pareja gay, y a la derecha, un modelo familiar represivo y reprimido. El universo es un tanto maniqueo (el militar que esconde su homosexualidad, por ejemplo y se me perdona el tremendo spoiler), lo que mengua la potencia de su ponencia. Habla, además, de un mundo que parece prehistórico, o sea antes de los celulares y la agenda de derechos. El derrotero de la carrera de Spacey le da una nueva mirada a su personaje, un anacronismo que es conveniente evitar.

Y sin embargo sigue siendo una película potente, principalmente por la puesta en escena. Aunque en su momento, algunos despistados pudimos imaginarlo un recién llegado, Mendes era una estrella del teatro londinense, principalmente por una puesta de Cabaret que, todo indica, estaba buenísima.

En su cine se nota esa tendencia con los planos fijos que están llenos de movimiento y vida, como suele pasar en el teatro. En ese sentido, su pulso se acerca mucho al de Elia Kazan, otro director que venía del teatro y su talento estaba en no disimular eso en sus películas.

A pesar de una primera lectura de misoginia y que sí es un poco la segunda adolescencia de un papanatas americano, la película tiene una mirada compasiva hacia Carolyn, un personaje que Benning compone con una intensidad notoria. Es la villana, digamos, pero a su vez la víctima: la escena en la que intenta vender una casa y termina revelándonos toda su tristeza, es una de las mejores de la película.

Mendes volvería a tratar la historia de un matrimonio en Revolutionary Road (aunque centrado en la generación anterior) antes de dirigir dos películas de James Bond, un camino que lo fue alejando de algunas inquietudes, digamos sociales, pero que fueron afinando un oficio que milagrosamente parecía desarrollado en aquella primera película.

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