EL MARGINAL

Tiempos violentos en la cárcel

El último éxito de la televisión argentina se encuentra disponible en Netflix.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El Marginal. Foto: Difusión

Hay que reconocer lo buenos que son los argentinos haciendo televisión cuando se lo proponen. La teleaudiencia uruguaya, que viene consumiendo contenidos nacidos en la vecina orilla desde tiempos remotos, ha practicado casi deportivamente la crítica a algunas producciones chabacanas, ruidosas y muy aferradas a los estereotipos (Showmatch es el gran ejemplo pero no el único), pero no se puede ignorar que hay gente que está haciendo las cosas muy bien.

En la lista de comprometidos con la causa, seguramente aparezca primero Sebastián Ortega, quien con una impronta moderna le dio forma a un nuevo estilo de hacer ficción rioplatense. Desde que hace diez años arrancó con su productora, Underground, ha conseguido más de 30 premios Martín Fierro que se reparten casi todos entre Lalola y Graduados, dos grandes telecomedias, y en Historia de un clan, su último gran drama que adaptó libremente la historia de la siniestra familia Puccio.

Y ahora Ortega volvió a dar en la tecla yéndose a un viejo amor: la cárcel, aquel terreno que exploró con éxito de la mano de Adrián Caetano en Tumberos. Este año coprodujo con la Televisión Pública argentina El marginal, una serie que antes de estrenar se ganó un premio importante en Francia (el Gran Premio internacional del Festival Series Manía) y que hace un par de semanas desembarcó en Netflix.

La plataforma de streaming audiovisual más importante del momento compró por primera vez una serie argentina y está negociando para producir la segunda temporada. Además, el mes que viene estrenará en exclusiva Estocolmo, otra ficción, hecha por Nacho Viale.

Y después de ver toda la primera temporada (son 13 capítulos de una hora cada uno), es fácil entender que Netflix haya puesto sus fichas ahí: El marginal es un espectáculo.

Una joya.

Podrá parecer exagerado, pero el complejo entramado de El marginal genera niveles de tensión y angustia similares a los que puede despertar Game of thrones. Acá no hay un trono que ocupar: mejor dicho, cada uno busca su propio trono, que puede ser la libertad, el poder, el dinero, o una vida menos mala.

El trono de Miguel Palacios, a quien le da vida el actor Juan Minujín, sería justamente la libertad. Es un expolicía que debe entrar como infiltrado a una cárcel y descubrir dónde está la hija del juez Lunati, secuestrada por una banda que opera desde adentro del penal. Palacios no tiene mucha opción: su mujer lo abandonó, su madre tiene alzhéimer; su hermano, un abogado de cuestionable reputación, se hace cargo de su hijo pequeño y, como si fuera poco, su propia libertad está en juego. Así que de buenas a primeras se convierte en Pastor Peña, un criminal de pocas palabras que irrumpe en San Onofre.

Peña se gana la confianza del mandamás de los presos, Mario Borges (muy bien Claudio Rissi) y logra involucrarse en el secuestro, pero todo saldrá mal y se quedará atrapado en la prisión, en medio de una lucha de intereses. Borges le ofrecerá el control de la villa, el patio donde viven los más pobres de la cárcel, y Peña quedará entre Borges, sus amigos de la sub 21 con ciertos ideales de igualdad, y el director Antín (excepcional Gerardo Romano) quien intentará usarlo para reinstaurar el orden en un lugar que ya es tierra de nadie.

El infiltrado, que a priori parecería no dar con el physique du role de un marginal pero compone muy bien al personaje, tendrá que lidiar con todo eso para salvar su vida. Pero sus problemas mayores son otros. El primero es que no tiene a nadie que lo ayude, el segundo es que se está involucrando de más con la asistente social (Martina Gusmán), y el tercero se llama Diosito Borges.

Diosito, el hermano menor de Mario, está interpretado por el uruguayo Nicolás Furtado (de Educando a Nina) y es una de las grandes virtudes de esta ficción. Es como un niño grande con muchos trastornos psicológicos y ahora una obsesión bastante peligrosa con Peña.

Entramado.

Con la historia y los actores ya mencionados, el gran mérito de El marginal es el guión que proponen Caetano y su equipo, en el que no importa de dónde vienen estos presos ni adónde van, y eso le permite al espectador empatizar sin culpas con cualquier criminal.

Al mismo tiempo hay un retrato claro y sin reparos de la vida carcelaria, para el que se procura contemplar todos los puntos de vista: está la corrupción y la violencia constante y sonante en distintos círculos de poder, están los que apuestan a la rehabilitación, está la desesperación por recuperar la libertad y también la angustia de volver al mundo exterior, un tema que se suele tratar poco.

El esfuerzo por conservar las características humanas incluso en los personajes más malos es bastante claro, sobre todo en las escenas en las que Mario y Diosito actúan como verdaderos hermanos: el primero reprocha y exige, el segundo admira, idealiza y busca la aprobación. Eso también se ve en la presencia del humor, que suele ser muy directo y sexual.

Y hay un planteo muy físico, mérito de la producción y la dirección, que por momentos lleva al espectador a ser parte de la escena. Los ritmos cambiantes, el manejo de colores y la proposición de distintos ángulos hace de El marginal una experiencia más allá de mirar. Una experiencia con sello argentino, a la altura de cualquiera internacional.

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