EL BUEN AMIGO GIGANTE

Sueños y aventuras a gran escala

Ya está en cartel una nueva película de Steven Spielberg para niños.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El buen amigo gigante. Foto: Difusión

Steven Spielberg siempre tuvo una mirada sobre el mundo infantil que pareció privilegiada. En películas como ET, el extraterrestre (1982), el entonces joven Spielberg captaba con precisión y ternura muchos de los rasgos de la inocencia —y el espíritu aventurero y de descubrimiento— de la infancia. Parque Jurásico (1993) encontraba, en los músculos y los dientes letales de los dinosaurios, una caja de resonancia para esa obsesión que a veces nos atrapa de niños por esos animales que un día desaparecieron de la Tierra pero dejaron un legado que sigue fascinando.

Pero también en varias de sus mejores películas de temática más adulta hay un tono y un ritmo que a menudo parece haber conservado de la niñez, esa curiosidad por revelar lo desconocido hasta entonces. ¿Qué son las aventuras de Indiana Jones sino los sueños de un niño explorador, que va descubriendo el mundo y su historia rascando cosas en la tierra?

Ahora, Spielberg se mete de nuevo en un mundo fantástico signado por uno de los más recurrentes sueños de la infancia: el de tener un amigo extraordinario, un ser poderoso que por lo general renuncia a ese poder para construir un vínculo con el infante signado por la consideración y la sensibilidad. Y que pone a los malos en su lugar. Imaginaria o no, la amistad entre un niño o niña y un ser fantástico ha sido la base de muchos relatos.

En el cine más o menos reciente hay ejemplos como El gigante de hierro (1999), una película animada dirigida por Brad Bird, sobre un niño que se hace amigo de un robot alienígena. La historia interminable (1984, Wolfgang Petersen), aquella película que alimentó años de tardes en la televisión abierta uruguaya, es otro caso de un niño que encuentra en un bicho gigante un ser que le permite volar más allá de los confines de este mundo.

El buen amigo gigante, además, junta a Spielberg con otro narrador que sabía cómo darle voz a la infancia: el escritor inglés Roald Dahl, famoso por muchos relatos donde los niños ocupan el espacio protagónico, y que han poblado pantallas grandes y chicas desde hace mucho.

La premisa es casi de Dickens: una niña padece su vida en el orfanato, esos lugares que nacieron con el propósito de consuelo y apoyo y se convierten en encapsulados y pequeños infiernos.

A Sophie (interpretada por la inglesa Ruby Barnhill, 12 años) la castigan, dice ella, metiéndola en un sótano lleno de ratas. No asombra, entonces, que Sophie tenga que sobrellevar el acoso nocturno del insomnio: siempre está despierta. A ella le está vedado soñar. En ese estado de vigilia descubre al gigante del título. Lo que sigue es un viaje de descubrimientos, y unas cuantas aventuras.

Spielberg se rodeó de gente amiga y conocida para rodar esta versión del libro de Dahl (había una versión animada británica, de 1989). Ahí está Mark Rylance (quien se reviste de gigante digitalizado), que estuvo en Puente de espías, otra de las recientes de Spielberg. Y Janusz Kaminski, el director de fotografía que ya va por su decimocuarta película junto a Spielberg. Y uno de los productores es Frank Marshall, viejo socio del director y el guión de Melissa Mathison, la misma de ET, el extraterrestre.

En teoría, ya que además se trata de una producción de Disney, Spielberg y su equipo deberían estar más que cómodos. Tal vez sea esa sensación —una reconfortante familiaridad— la que haya hecho que la película no cumpla del todo con las expectativas que cualquiera deposita en una producción que lleva el nombre de su afamado realizador.

Ambientada en una Inglaterra cronológicamente imprecisa —el comienzo parece victoriano y en un momento de la película se alude a la presidencia de Ronald Reagan— la narración parece desplegarse con cierta rigidez: a la presentación de los héroes le sigue un punto de inflexión narrativo que dispara una secuencia de acción (notablemente filmada, claro), luego viene la calma, aparecen las amenazas, vienen más aventuras, enfrentamiento de antagonistas final y resolución de todo el asunto en un desenlace previsiblemente eficaz.

Hay, claro, bastante más en el medio, pero persiste la sensación de que la historia no fluye con la naturalidad y el pulso vigoroso que Spielberg ya ha demostrado incontables veces.

Rylance, tal como pasó con Adam Serkis en El Señor de los anillos, es de lo mejor de la película. En ambos casos se trató de actores recubiertos de capas digitales, pero en ambos casos consiguieron destacarse.

Acá, Rylance entrega una sobria y matizada versión de un gigante bonachón en inferioridad de condiciones respecto a sus pares, que lo llaman apropiada y cruelmente "enano".

Pero todo transcurre sin que se produzca esa sensación de asombro que muchas veces se produce cuando Spielberg usa su puntería para narrar, mostrando cómo en sus manos las cámaras y los efectos especiales nunca se entrometen en la historia, sino que la realzan.

Puede que la tibieza de la impresión final se deba a que la parte más siniestra de esta historia, que la tiene, no aparezca con la misma fuerza que lo más luminoso del relato, cuyo punto alto consta de una secuencia visualmente muy lograda que recuerda al deslumbramiento que provocó en su momento Avatar (2009).

Dahl, como saben los que han visto la Matilda que dirigió Danny De Vito en 1996 o leído muchos de sus libros, tenía un costado bastante oscuro en muchos de sus relatos para niños. Y aunque aquí hay alusiones a destinos horrendos, nunca llega la sensación de auténtico peligro para Sophie o su gigantesco amigo.

En todo caso, Mi buen amigo el gigante, parece más cercano a J.K. Rowling, quien a pesar de cortejar al peligro y el mal en sus historias, nunca estaba demasiado lejos del momento en el cual la cortina se corre, el sol entra y los monstruos se desvanecen entre alivios y la sensación de que, al final, no era para tanto.

Un director que no para de trabajar.

Aunque ya está cerca de los 70, Spielberg parece tan activo como en su juventud. Un vistazo a lo que tiene preparado para el futuro más inmediato muestra que el director y empresario tiene 18 proyectos en los que está involucrado en distintas facetas, como productor, director o productor ejecutivo. Entre todo eso hay series, miniseries, películas para televisión y películas, claro. Entre lo más interesante está la secuela de Las aventuras de Tintín, aunque ahí no dirigirá, sino que será productor ejecutivo. Pero la quinta parte de Indiana Jones, a estrenarse por ahora en 2019, será la vuelta de Spielberg al género que él parece haber inventado: el "blockbuster"

EL PEQUEÑO SPIELBERG ILUSTRADO.

Los Goonies - 1982.

Está bien, no la dirigió él. Pero la historia es suya, y además fue productor. La mano de Spielberg se nota en varias partes en esta película dirigida por Richard Donner, quien supo manejar con delicadeza, pero también mucho vigor, la historia de un grupo de amigos que se lanzan a la búsqueda de un antiguo tesoro escondido. Somos muchos los que en nuestra infancia soñamos con una aventura así. Y esta película supo retratar esos sueños.

Las aventuras de Tintín - 2011.

Cuando muchos temieron que alguien tan "gringo" como Spielberg fracasaría con un personaje tan europeo como Tintín, el director se mandó una de sus —visualmente— más inspiradas películas. Los colores, las locaciones, los detalles de la dirección de arte, la cámara inquieta pero siempre bien ubicada... Todo es un banquete para los ojos. Pero también es una historia que capta el espíritu de aventura del periodista que nunca escribe.

Inteligencia artificial - 2011.

Porque la infancia, claro, también tiene sus oscuridades. Acá, Spielberg desciende junto al espíritu de Stanley Kubrick hacia las profundidades de la tristeza que experimenta un robot que se siente niño en toda su exquisitamente programada artificialidad, y que no entiende por qué sus padres no lo aman. Una de las películas más sombrías de Spielberg, con un Haley Joel Osment que no ha logrado repetir una actuación tan buena como la que hace acá.

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