Siete películas argentinas que están para ver en Netflix

Francella y Brandoni en Mi obra maestra
Francella y Brandoni en Mi obra maestra

Nuestro vínculo cinematográfico con los hermanos argentinos ha sido siempre contradictorio: nos hacemos los superados con sus películas y sus estrellas pero las consumimos como el mejor. En los últimos tiempos, como para complicarnos más ese placer culposo, han mostrado un desarrollo importante de un cine industrial que tiene un porte de nivel internacional.

Las películas, cierto, no siempre son las mejores, pero cuando aciertan, consiguen un producto interesante, con buenas ideas y despliegue de estrellas.

Acá va, para ponerse al día, una lista de alguna de la producciones más o menos recientes del cine de la otra orilla que están para ver en Netflix.

Mi obra maestra.

Cuando se habla de estrellas argentinas, claro, se piensa en nombres como Guillermo Francella y Luis Brandoni que en Mi obra maestra son, respectivamente, un marchand de arte y su pintor estrella. Son el agua y el aceite, principalmente porque el personaje de Brandoni es todo lo gruñón, rebelde y terco que se supone que debe ser un personaje de Brandoni. La película es ingeniosa, una característica de los guiones de Gaston Duprat (que acá dirige sin Mariano Cohn, su socio habitual que no participó de este proyecto) quien acá maneja el humor, algo de intriga policial y se aprovecha de la química porteña entre sus dos actores principales.

El ciudadano ilustre.

Ahora sí Duprat y Cohn dirigen a dos cabezas, y como casi siempre dan en el clavo. Está Oscar Martínez (que ganó el Oso de Plata de Berlín por el papel) como un ganador del Premio Nobel de Literatura que tiene la mala idea de volver a su pueblo natal a recibir el título de ciudadano ilustre. Lo que lo espera, además de adulaciones y otros momentos incómodos, es un viejo resentimiento que en cualquier momento explota y la cosa se pone fea. Lo más amenazante parece ser el personaje de Dady Brieva que hace una comida rarísima y sabe algo más de lo que indica su risa falsa. El motivo podría ser Andrea Frigerio. Es una combinación de todos los elementos en los que ha mejorado el cine argentino en los últimos años.

Al final del túnel.

 Otro elenco de estrellas, una coproducción con España, una puesta vistosamente internacional, un guion de género que cumple con lo que promete. Con esos ingredientes esta película del rosarino Rodrigo Grande se las ingenia para manejar la tensión. Leonardo Sbaraglia es un hombre en una silla de ruedas que descubre que unos boqueteros (el villano es Pablo Echarri, que también produce) están haciendo un túnel para robar el banco de al lado. Lo que sigue es uno de los papeles más exigidos para Sbaraglia, quien acá se convierte en un improbable ladrón de bancos y está muy lejos de su reposado rango actoral. La película tiene algo de La habitación del pánico.

Nieve negra.

Cualquier selección de cine argentino que se precie tiene que tener una (o dos) de Ricardo Darín. Este es de sus papeles raros porque es una película rara. Es una rivalidad entre dos hermanos (el otro es Sbaraglia) por una sucesión complicada que tiene en el centro un terreno en un paraje nevado y tan frío como el vínculo entre estos dos personaje. Todo tiene un aire siniestro que se va haciendo pesado y negro a diferencia de esa aparente blancura que cubre todo. Dirige Martín Hondara, quien coridigió con Darín, La señal y aquí sabe cómo armar el suspenso. Y está Federico Luppi, otro clásico del cine porteño.

Wakolda

Natalia Oreiro y Diego Peretti, otro inevitable, son una pareja que se va con su hija a administrar un hotel en Bariloche (la locación es el Llao Llao) con su pequeña hija. Por esas cosas que pasan en las películas, empiezan a sospechaer que, justo, el primer huésped (el español Alex Brendemühl) tiene toda la pinta de ser Josef Mengele, uno de los más feroces criminales nazis. Con ese material se arma una película de suspenso que la directora Lucía Puenzo (de quien en Netflix también está XXY con Darín) maneja con una sensibilidad que no pierde de vista a los personajes. Principalmente el de Oreiro quien acá consigue una de sus mejores actuaciones.

La última fiesta.

No es ni cerca de las mejores películas argentinas pero seguro que ha encontrado su público y sirve para aliviar esta lista: es una versión porteña de tanta comedia americana del tipo ¿Qué pasó ayer? o las Porky’s de antes. Nicolás Vázquez, Alan Sabagh y Benjamín Amadeo son tres amigos que se zarpan con una fiesta y terminan en un lío por un cuadro robado. Acá se juntan todos los clisés habituales en el cine argentino más popular bañado con modernidades de comedia gringa. Un público la va a encontrar grosera y un poco pasada de moda pero si eso es lo que anda buscando se va a matar de risa.

Pizza, birra y faso.

No es precisamente reciente pero es fundacional de varias cosas. Por un lado del nuevo cine argentino que en la década de 1990 cambió el rumbo de lo que vendría: una nueva generación entró a hacer otra clase de películas. Y por otro lado inauguró la carrera del uruguayo Israel Adrián Caetano (en Netflix está El otro hermano y las series Puerta 7 y El marginal de la que dirigió un par de capítulos) y de Bruno Stagnaro quien tiene una fuerte carrera en televisión (Okupas, Un gallo para Esculapio). Acá es una historia urbana de jóvenes en la Buenos Aires de fines del siglo pasado. Una especie de neorrealismo juvenil.

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