GUILLERMO CASANOVA

"Siento que crece el cine local"

El director de "El viaje hacia el mar" acaba de lanzar “Otra historia del mundo”.

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Guillermo Casanova. Foto: Darwin Borrelli

Después de su primer largometaje como director (la exitosa El viaje hacia el mar, de 2003), Guillermo Casanova no había dirigido otro largo. Y ayer se estrenó Otra historia del mundo, que si bien también está basada en otro relato de autor uruguayo (en este caso es la novela de Mario Delgado Aparaín, Alivio de luto), no se parece en nada a su película anterior, salvo que en ambas trabaja César Troncoso. Todo lo que en El viaje hacia el mar era simplicidad, a través de un guión calmo, en esta nueva obra es extrañeza. No obstante, ambas comparten también una mirada al Interior.

"Como me decía un amigo, esta película son seis documentales juntos, mostrándote la historia de un momento del país, que tiene tantos trasfondos, tantas historias", analiza Casanova sobre esta historia, que se ubica en el pueblo fronterizo de Mosquitos, lugar fantástico nacido de la imaginación de Delgado Aparaín. Allí, dos íntimos amigos deciden burlarse del coronel interventor cuando corren los primeros años de los 80, donde todavía la dictadura hacía sentir su peso. Pero la aventura no sale bien, y las consecuencias caen sobre uno y otro, de distinto modo: de uno se perderá todo rastro y el otro se encerrará a sufrir. Las jóvenes hijas de Milo, Beatriz y Anita Striga, harán lo imposible para dar con el paradero del padre y despertar a Esnal del letargo.

"Creo que lo más brillante de El viaje hacia el mar no era una idea mía, sino de Juan José Morosoli. Porque lo más lindo de esa película es la idea de esos cinco personajes que van a conocer el mar. Es una road movie, que son películas simples. Lo más difícil es encontrar una idea sencilla. Y Otra historia del mundo no es una idea sencilla, es una trama de personajes y de historias al mismo tiempo", explica Casanova.

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—¿En qué género incluirías Otra historia del mundo?

—Comedia dramática, pero comedia al fin, desde la novela en que se basa, al guión y a la actuación, que siempre en la comedia está medio puntito más arriba. Si bien tiene momentos de tragedia, en los que baja el tono, también tiene un final bien para arriba. No es comedia de golpe y porrazo, ni de chistes: es una comedia de salir con una sonrisa en la boca, y pensando.

—¿Dónde son las locaciones?

—Todas en Canelones, en San Antonio, y un pedacito en el cuartel de San Ramón. San Antonio es como una Cinecittà: es como si fuese un estudio. Está todo preparado para grabar, no hay polución sonora, ni de imagen, ni de publicidad. Y la gente está muy dispuesta. Es un lugar tan cerca y tan desconocido.

—Tenés mucha capacidad para captar la vida cotidiana de los pueblos del Interior...

—A veces me dicen cómo conozco tanto los pueblos, y en realidad yo no hago referencia a algún pueblo conocido por mí. Yo no soy del Interior, pero me imagino mi barrio de cuando yo era chico.

—Y hay ciudades del Interior que son una fiesta para un director de cine o de fotografía.

—Sí, hay casas que se mantienen en el tiempo, que se construyeron y así quedaron. Hay una cosa de quietud, ante el avance, ante el progreso. En Montevideo también pasaba: esta ciudad empezó a cambiar más en los últimos 20 años. Y que haya una producción cinematográfica continuada en Uruguay permite ir avanzando en las locaciones. No solo en la ficción, sino en documentales.

—Un género que está en auge claramente...

—Sí, y se están haciendo documentales primerizos. Un documental sobre Artigas, sobre Maracaná, que ya se deberían haber hecho hace mucho tiempo, y que recién se están haciendo ahora. Hay en este país tanto material atrasado para construir, y eso es muy bueno.

—¿Qué es lo que te gusta de hacer cine de época?

—Me gusta la seguridad de mis recuerdos. La seguridad de que lo que estoy contando tiene su base. Yo soy un gran consumidor de cultura, un gran lector, y siempre estoy en la actualidad. Me alimento de lo que está sucediendo hoy. Pero soy muy distinto cuando llega el momento de realizar: no soy tan cool, me sale algo más popular, algo más cotidiano. Y me gusta sentir que de lo que estoy contando, tengo la seguridad de poder responder. Quizá si tengo que contar algo de la actualidad, no me sentiría tan seguro de poder responder.

—César Troncoso no podía faltar en el elenco...

—Lo que pasa es que es un actorazo. En la primera película que trabajó fue en El viaje hacia el mar, o sea que no me iba a perder la oportunidad de volver a tenerlo. Además Troncoso ayuda a otros actores. Así como lo fue Arana en El viaje hacia el mar, eso de aprender a trabajar ante un lente. Y Troncoso fue muy intuitivo, tiene ese ángel que se para frente a la cámara y solo con quedarse quieto ya está actuando increíblemente.

—¿El viaje hacia el mar y Otra historia del mundo representan distintos momentos de tu vida?

—Sí, El viaje... yo lo pude vivenciar desde mi niñez. La historia de Juan José Morosoli es de la década del 50, y yo la trasladé a los 60, para poder contarla desde mi niñez, desde mis recuerdos. Y con Otra historia del mundo tomé como referencia mi juventud, para contar los finales de la dictadura. En esa época, los uruguayos nos sentíamos héroes y parte, de luchar contra algo que sabíamos que íbamos a ganar. Se trataba de enfocar el tema desde allí.

—¿Cómo ves el cine uruguayo actual?

—Siento que crece el cine uruguayo, pero que hoy no estemos en el ojo de la moda europea, no significa que estemos mal. Creo que todo eso que pasó con nuestras películas en el mundo, a principios de la década del 2000, y los premios logrados en distintos festivales más o menos importantes, es también porque había una visión hacia Latinoamérica que hoy no está.

—Argentina y Brasil hoy ayudan mucho a la producción cinematográfica uruguaya.

—Sí, Uruguay pudo como empatarse a nivel técnico y creativo con el cine brasilero y argentino, países que tienen un siglo de historia en realización cinematográfica. Nuestro cine fue un poco en paralelo al nuevo cine argentino, y ahora hay como un trabajo entre los tres países, en paralelo, en las coproducciones. Pero Brasil y Argentina están mucho más avanzados a nivel de la legislación. Y en San Pablo existen 20 salas digitales del Estado, para el cine brasilero. Y acá no tenemos una sola sala dedicada completamente al cine uruguayo.

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