Obituario

Rutger Hauer, actor icónico en "Blade Runner" y un montón de películas de videoclub

El actor holandés falleció el viernes a los 75 años y deja una carrera de casi 200 películas en Hollywood y en Europa

El actor Rutger Hauer. Foto: Reuters
El actor Rutger Hauer. Foto: Reuters

"Tremenda experiencia es vivir con miedo, ¿no? Eso es ser un esclavo. He visto cosas que ustedes, la gente, no creería. Naves incendiadas más allá de los hombros de Orión. He visto rayos C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”, esas palabras dichas bajo la lluvia de una Los Angeles del futuro a un Harrison Ford asustadísimo, le valieron a Rutger Hauer, una enorme cantidad de obituarios, ayer, cuando se supo que el 19 de julio había fallecido a los 75 años.

Es el final de Blade Runner, la película de 1982 dirigida por Ridley Scott y que, entre otros factores, Hauer ayudó a convertir en un clásico. Allí, este actor holandés, era Roy Batty, un replicante (o sea un cyborg con aspecto humano) que intentaba descubrir su origen para prolongar su fecha de vencimiento. Después de mostrar una villanía sobrenatural, era capaz de un último gesto redentor, humano. Treinta y siete años después, la escena mantiene su potencia y de eso, sí que el único responsable es Hauer, quien, encima, improvisó esas líneas inmortales. Ya está, hizo más que mil hombres.

Ayer su sitio oficial anunció la noticia de su muerte, que ocurrió el viernes, diciendo que “tras una corta enfermedad...Rutger murió pacíficamente en su casa holandesa”. Deja una filmografía de casi 200 películas, muchas de ellas de clase B, aunque trabajó, también, para directores importante y tan disímiles como Sam Peckimpah y Ermanno Olmi.

A la altura de Blade Runner, ya tenía una carrera importante en Holanda, principalmente vinculado con otro compatriota que también terminaría en Hollywood, Paul Verhoeven. Su primera película juntos, Delicia turca estuvo nominada al Oscar como mejor película extranjera en 1973; en Uruguay fue considerada “franja verde” y se estrenó en el cine Luxor (hoy Ejido), especializado en películas para adultos.

“Al principio no lo podía entender”, le dijo Hauer al Hollywood Reporter en 2018. “Visto ahora, era el comienzo de la revolución sexual y yo estaba en la cúspide de eso. Estoy desnudo en tres cuartas partes de la película. En Hollywood lo llamaron pornografía. La vi 25 años después y la audiencia aún quedaba shockeada. Yo vengo de Holanda. Nosotros no nos shockeamos”.

Había nacido en 1944 en Breukelen, al sur de Amstedam, en una familia de actores y fue médico del Ejército mientras estudiaba actuación. Verhoeven fue el primero en contratarlo (para la serie Floris), antes de hacerlo su actor fetiche en cinco películas. Debutó en Hollywood en 1981 como un terrorista en Halcones de la noche, una película con Sylvester Stallone.

Y allí vino Blade Runner y gracias a ese personaje que era imposible de ignorar, desarrolló una carrera a los dos lados del océano. Así consiguió grandes éxitos comerciales (y que reinaron en los tiempos de videoclub) como The Hitcher y Furia ciega, una serie B de videoclub en la que interpretaba a un samurái no vidente que era bravísimo con las espadas. También sintetizó buena parte del espíritu de los 80, en películas como El hechizo de Aquila de Richard Donner.

Su asociación con Olmi —un director italiano de gran presencia internacional gracias a películas como El árbol de los zuecos— fue más prestigiosa. Juntos hicieron dos películas, La leyenda del santo bebedor —que se llevó el León de Oro en el festival de Venecia en 1988 y que le dio a Hauer el premio a mejor actor en el de Seattle— y El pueblo de cartón en 2011. También trabajó con el británico Nicholas Roeg en Eureka y ganó un Globo de oro como mejor actor de reparto en el telefilm, Escape from Sobibor en 1987, donde interpretaba a un judío soviético que lideraba una insurrección en un campo de concentración nazi.

Aunque trabajó en películas de gran presupuesto como Batman inicia de Christopher Nolan, Sin City de Robert Rodríguez y Frank Miller, Confesión de una mente peligrosa de George Clooney y Valerian y la ciudad de los mil planetas de Luc Besson, un gran tramo de su carrera estuvo dedicado a películas de clase B, de aquellas que se calificaban como “directas a video” o sencillamente en películas para televisión.

Incluso en esos proyectos Hauer era una presencia llamativa y, de alguna manera, explotaba la imagen fría de Blade Runner. No paraba de trabajar: en 2011 figuró en los créditos de 11 películas y ahí se incluyen cosas tan distintas como interpretar al pintor Peter Brueghel (en El molino y la cruz) o un vengador sin techo (en Hobo with a Shotgun). Era esa clase de actores para los que lo importante es actuar, más allá de la calaña del proyecto.

Además era un activista y filántropo, incluyendo su propia fundación dedicada a los enfermos de Sida, Rutger Hauer Starfish Association. Uno de sus últimos deseos, se informó ayer, fue que la fundación se mantenga activa. La organización ya se comprometió a hacerlo.

Su carrera cinematográfica parecía encararla con cierta ironía y supo siempre administrar compromiso y rutina en todos las películas en las que aparecía. Era como si supiera que el cine es un negocio que no hay que tomárselo muy en serio. Y que era lo mismo ser una estrella de VHS que una estrella de cine. Que uno podía ser un samurái ciego bravísimo con las espadas o un robot con aspecto humano que conocía a los humanos mucho mejor que los humanos. Y que sabía que todos somos, en definitiva, lágrimas en la lluvia.

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