Alejandro González Iñárritu

Retrato del artista en su madurez

Después de las nueve nominaciones a los Oscar que ha conseguido con Birdman, Alejandro González Iñárritu sigue batallando su particular "guerra a muerte por lograr una buena película"

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El director mexicano espera los Oscar con nueve nominaciones y un nuevo proyecto.

—¿Cómo vive la expectativa de los premios?

—Lo vivo con distancia, porque, si no, te vuelves loco. En mi carrera me he vuelto un experto en pasar, en un segundo y sin haber hecho nada, de ser un exitoso nominado a un perdedor. No quiero decir que no tenga ninguna importancia, puedo sentir cierta excitación, no nerviosismo; hay encanto, pero no es Santa Claus. A fin de cuentas, la competición en el arte es absurda. No quiero darle lógica y decir: "Es que soy el mejor y voy a ganar porque tengo estos méritos". Si piensas así, acabas perdiendo la cabeza.

—¿Cómo explica su éxito?

—Es difícil de explicarlo, yo no puedo ser objetivo. En un mundo donde la ironía reina, donde hay que separarse, protegerse y reírse de cualquier cosa que sea honesta o tenga una carga emocional, yo apuesto por la catarsis. Me gusta invertir emocionalmente en las cosas. Y la catarsis, cuando toca la vena emocional, tiene la posibilidad de abrir las puertas incluso de quienes se protegen.

—Aunque Birdman desborda humor, sus personajes se mueven en la amargura. ¿Es usted pesimista?

—La inteligencia puede definirse como la posibilidad de poseer dos ideas opuestas simultáneamente y tener la capacidad de operar. Yo soy dos piernas con una contradicción constante cuyo resultado es mi obra. Me puedo drenar rápidamente y llenar de un vacío existencial. En eso, soy un hombre que observa más las pérdidas que las ganancias, estoy obsesionado con la pérdida: me duele perder lo que he tenido.

—¿Le influyó mucho cumplir 50 años?

—Decían que los 40 eran duros, aunque yo ni me di cuenta cuando los pasé. Pero con los 50 entré en una melancolía profunda. Aún navego en esa nube en donde se empiezan a apagar las luces de la fiesta.

—Todo se vuelve pasado.

—La fiesta se va a acabar. Pero no me preocupa el pasado, sino lo que voy a perder, nuevamente.

Birdman es hijo de ese crepúsculo. A medida que se acercaba al medio siglo de vida, Iñárritu buscó puerto en la meditación zen. Hizo un retiro. Observó sus voces internas, sobre todo, esa que le convierte en el centro del universo en los rodajes, desde la que irradia el magnetismo que le reconocen sus amigos. "Esa voz inquisidora", explica el director, "a la que llamo el Torquemada interno, un tipo al que le presentas cualquier caso y te mandará al fuego, un terrorista con el que no hay negociación posible". Esa voz fue la que le dio la clave de Birdman.

Sobre su huella construyó una película casi experimental, asentada sobre gigantescos planos-secuencia. Una comedia agridulce ("a non funny comedy", bromea el director) que tiene mucho de repaso vital: un actor que años atrás alcanzó el estrellato por interpretar a un superhombre lo apuesta todo con una obra en Broadway, pero a medida que se acerca la hora del estreno, ese hombre, de más de 50 años, atormentado por su voz interior, se enfrenta a su pasado, a su familia, a sí mismo. A la perplejidad del arte.

"Birdman es una película que tiene alas que me han liberado. He cambiado la forma de abordar los temas, pero estos siguen siendo los mismos: quién coño somos, qué significado tiene y de qué trata esta vida. Es una película para todos los que sentimos eso. Habla de la necesidad de reconocimiento, de confundir la admiración con el amor; de entender ya demasiado tarde que era amor lo que tuvimos y que no lo supimos, y que eso era lo único que necesitábamos tener. Los seres humanos somos criaturas patéticas y adorables. Todos tenemos algo de Birdman".

—¿Qué buscaba al escoger a Keaton/Batman para interpretar a Riggan Thompson/Birdman?

—La metarrealidad que Michael Keaton agregó a la película era muy importante, pero también un factor de alto riesgo. Y no fue el único, Edward Norton tiene la misma reputación que el personaje que interpreta, el actor de Nueva York que ha estado en la escena del teatro, pesado, dominante y sobreintelectualizado. En el plató reinó eso: el gozo de poder representarse a uno mismo desnudo y sin vergüenza. Se abordó de una forma honesta, no intelectual, no irónica. Esta película es sincera. Yo estoy ahí dentro y esas son mis miserias, mis realidades. Yo he sido todos esos personajes. O he sido yo o he trabajado con ellos o he sido víctima suya. Ese ha sido mi mundo. Esa fue la apuesta. Y son elecciones reales, no es el actor interpretando a los actores fallidos; no, es el actor que ha pasado por eso.

—¿Y cómo fue el rodaje con planos-secuencia tan largos?

—Fue extremadamente meticuloso y arriesgado, porque si fallaba no había forma de esconder mi mierda. Iba a quedar expuesta. Pero curiosamente por la misma efervescencia e inseguridad del proceso, hubo un gozo que yo no había conocido. Por primera vez me reía a carcajadas en el plató. E incluso sentía culpa. Me decía: "¿Cómo puedo disfrutar en un set si esto es trabajo?". Yo tengo un concepto protestante, en el trabajo no se ríe Pero en esta ocasión, fue una liberación.

—¿Improvisa o va con la idea ya totalmente fija?

—Tengo dos virtudes. Una es el concepto. Veo con precisión todo lo que no debe ser y lo que debe ser. La segunda es el ritmo. Para mí el ritmo es Dios. Sin ritmo no hay danza, ni arquitectura ni música… Las estrellas tienen un ritmo, el universo está rítmicamente ordenado, el arte es la palpitación de ese ritmo y, si no lo tienes, es imposible crear algo. Ese ritmo lo poseo. Suena abstracto e idiota, pero cuando pongo una escena sé naturalmente cuándo debe haber un espacio entre una palabra y la otra; sé cuánto tiene que estar separado un actor del otro y de la cámara, sé qué lentes debe usar, sé si debe estar más arriba o más abajo, sé la velocidad…

Al igual que otros autores, no es propenso a revisar su obra pasada. La primera vez que lo hizo fue en Los Ángeles, en 2010. Alquiló un cine y preparó tres días de sesión para sus hijos, que acababan de cumplir 15 y 17 años y que no habían visto sus películas. "Mis hijos han sufrido mis ausencias y me dije, por lo menos que vean que lo que hice merecía la pena".

Iñárritu se enfrentó entonces a su cine. Digirió su "perturbadora vitalidad", se dejó arrastrar por su "flujo sanguíneo emocional", pero también advirtió que algo se había quebrado. "Hay abuso en la construcción, en la fragmentación, me avergüenzo de ciertas cosas, me incomodan, pero tras Birdman soy un nuevo cineasta, cambió mi perspectiva formal".

—¿Y sus hijos qué dijeron?

—Amores perros les encantó. Se sorprendieron muchísimo de que fuera una película tan moderna. Les pareció un poco hip, les asombró que su papá, ese viejo, de pronto tuviese un aspecto medio moderno. 21 gramos les impresionó, no la articularon, pero les impactó. Y Babel les emocionó. Biutiful les dio un bajón tremendo…

Un origen entre cinéfilo y publicitario


Fue locutor de radio, dirigió una estación musical en el DF, y se volcó en la música ("soy más musicólogo que cinéfilo", dice) pero el cine se le apareció como única salida. Anuncios, cortometrajes, televisión. Descubrió que tenía un talento natural para un mundo en el que no existían antecedentes familiares ("salgo de mí mismo, soy una flor extraña"). Las horas en la Cineteca Nacional empapándose de neorrealismo italiano, el ADN de su cine, hicieron el resto. Estudió dirección teatral con Ludwik Margules, un tiránico maestro que le inculcó la necesidad de tener bajo su bota cada milímetro de la escena y de hacerlo con espíritu renacentista. "Nada puede escapar, todo es responsabilidad mía, de todo he de saber". En 2000 estrenó Amores perros, luego 21 gramos (2003), Babel (2006), Biutiful (2010) y Birdman.

Historia del norte frío con DiCaprio


The Revenant, la nueva película de González Iñárritu es un "un prewestern de espacios abiertos y tensos silencios", escribió El País español. Es, eso sí, su primera obra histórica. En el elenco están Leonardo Di Caprio y Tom Hardy y el guión (de González Iñárritu y Mark L. Smith) está basado en una novela Michael Punke. Es la historia de Hugh Glass, un cazador en la frontera estadounidense del siglo XIX que es atacado por un oso y al que sus compañeros abandonan a su suerte después de robarlo. El tipo sobrevive y encamina una venganza. Ya existe una versión de la historia de Glass: Furia Salvaje con Richard Harris dirigida por Richard C. Sarafian.

El mexicano no fue la primera opción del productor Akiva Goodsman que antes había convocado al coreano Park Chan-Wook y John Hillcoat. Para el protagónico que quedó para Di Caprio habían sido mencionados antes Samuel L. Jackson y Christian Bale.

Aunque González Iñárritu quedó vinculado al proyecto en 2011, el rodaje no empezó hasta octubre de 2014. La fotografía es de su compatriota Emmanuel Lubezki, ganador del Oscar por Gravedad, que esta nominado por Birdman.

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