CINE

Refugiados sirios en Uruguay con un documental

Los hijos de la guerra es lo nuevo de Mariana Viñoles.

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"Los hijos de la guerra". En el cine, varias familias están siendo retratadas. Foto: Difusión.

En pleno rodaje de su sexta película, Mariana Viñoles, la documentalista de 38 años, es una de las más prolíficas del sector. Esta vez se interesó por la historia de las familias sirias refugiadas en el país. Viñoles dice que hay una temática que atraviesa su obra: la ruptura. "A gran o pequeña escala me vengo ocupando de las cosas que se mueven internamente cuando un país atraviesa una crisis (Crónica de un sueño, 2005), una familia se desarma (Exiliados, 2012), o una banda de rock se separa (La Tabaré, rocanrol y después, 2008). Cuando supe que se concretaba la idea de traer a este grupo de refugiados me puse en marcha para hacer todo lo posible por acercarme a ellos y poder filmarlos".

El primer paso fue comentarle la idea a la periodista María Urruzola (cuya investigación El huevo de la serpiente inspiró la película En la puta vida). Urruzola realizó varias averiguaciones necesarias y contactó a Javier Miranda (titular de la Secretaría de Derechos Humanos de Presidencia).

Viñoles se reunió con él en Ginebra, ciudad donde estaba instalada, y recibió el visto bueno para iniciar la película. El primer encuentro con los refugiados fue en Beirut: "Me hicieron sentir en un ambiente familiar. Me entendí con ellos a través de un traductor, y ya en la embajada uruguaya en Beirut conocí a la que es mi familia protagónica. Ahí mismo hicimos la primera entrevista".

Los hijos de la guerra —título de este documental— "tiene un inicio que es enorme", adelanta la directora. "Es que viajé al Líbano dos veces y pude visitar el campo de refugiados y la carpa en donde vivían. Luego hice el viaje con ellos hasta Montevideo. Filmé toda esa primera etapa en el Hogar Maristas, donde convivieron los primeros meses".

Como en sus películas anteriores, Viñoles tendrá también un rol esencial en el film, sobre todo porque sus encuentros y desencuentros con los personajes centrales quedan estampados frente a la cámara, y adquieren un valor narrativo. "En mi cine los encuentros marcan el ritmo a través de elipsis temporales", acota.

Pero esta distancia ya no existe, porque desde hace seis meses volvió al país para mantener un contacto cotidiano con las familias.

Para contar la gran historia, la cineasta dice que busca una más pequeña que sirva de reflejo, de proyección. "Siempre considero primero los vínculos humanos, y luego me dejo llevar. En este caso mi vínculo es con Sanaa, una joven madre que tuvo a su tercer hijo en Montevideo. Desde la primera vez que nos conocimos surgió entre nosotras una unión especial. Fue algo intuitivo".

Sin embargo, es de público conocimiento que no todo es color de rosa entre los refugiados, que en reiteradas ocasiones manifestaron sus diversos malestares al gobierno, a los medios, y a la población, solicitando en algunos casos ser reubicados en otros países. Y esto afecta la energía del film. "Cada vez me resulta más difícil priorizar la película sobre la vida misma. Estoy enfrentando un gran conflicto personal porque logré una conexión que muchas veces me lleva a apagar la cámara. Lo estoy atravesando, juntando fuerzas, y recordando que este es un oficio y que esta es una película que tengo que terminar".

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