CINE

Recuerdos Secretos: arma cargada de memoria

Se estrenó la nueva película de Atom Egoyan y es un policial octogenario.

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Se estrenó la nueva película de Atom Egoyan y es un policial octogenario. Foto: Difusión

Hubo que haber vivido en la década de 1990 para entender el prestigio de un director como Atom Egoyan. Y comprender que es un perdurable efecto de inercia lo que hace que, a pesar de que su cine reciente ha sido duramente criticado y con justicia, aún genere expectativa el estreno de una de sus películas. Eso es lo que provoca —al menos, claro, en los que vivieron la década de 1990— la llegada a Uruguay de Recuerdos secretos, su última obra y la primera que se estrena por acá en seis años.

Las primeras películas de Egoyan son justificadamente las que le dieron el certificado de creador original y profundo. The Adjuster ganó en Sundance en 1991 pero fue con Exótica (la primera en estrenarse localmente con exhibiciones en el Teatro El Galpón cuando era una sala de Cinemateca Uruguaya) y principalmente El dulce porvenir avisaron de un director a tener en cuenta.

El dulce porvenir era la seca adaptación de una novela de Russel Banks sobre una comunidad demolida por la muerte de sus niños en un accidente escolar, y la que le dio dos nominaciones al Oscar y tres premios en el Festival de Cannes de 1997.

Desde entonces —hay coincidencia en eso— Egoyan ya no fue el mismo. A excepción de El viaje de Felicia, que es de 1998 y Ararat (que se puede disculpar por el grado de compromiso personal que tiene Egoyan con el tema del genocidio armenio pero no estaba buena), de ahí en adelante su carrera está marcada por una constancia temática, sí, pero resuelta a los tropezones. Cualquier perfil que se traza de él, no escatima en sinónimos de "cuesta abajo" para definir su filmografía de los últimos 20 años. Es un poco doloroso.

Sus dos últimas películas, The Devils Knot y The Captive (disponible en Netflix) resumen ese desdén crítico. Allí están algunas constantes de su obra como la desolación interior y los paisajes áridos, las vidas familiares resquebrajadas y los niños como víctima inocentes, pero la dirección era impersonal y los guiones se empantanaban en caminos confusos.

Quizás por eso, su última película parecería un regreso a cierta forma que se creía perdida. Como siempre acá vuelven a estar los temas de los vericuetos de la memoria y los demonios interiores, pero la maquinaria del thriller (la película es básicamente un policial atípico) esta vez sí funciona. Cuando Egoyan hace las cosas bien, se nota. Antes le salían mejor, es cierto, pero esta vez no le salió tan mal.

Cazadores del mal.

Recuerdo secretos combina, de alguna manera, Terminator con Memento: es la aventura de un vengador del pasado con problemas de memoria.

Christopher Plummer (que tiene 87 años y la misma presencia de siempre, ver foto) es Zev Guttman, un sobreviviente del Holocausto que incitado por su compañero de geriátrico (Martin Landau, que tiene 88 años) sale en una cruzada para asesinar al hombre que mató a su familia en Auschwitz. Debe encontrarlo entre cuatro sospechosos que están repartidos entre Estados Unidos y Canadá.

Hay un problema serio: Zev tiene el mal de Alzheimer y es dormirse y olvidarse de dónde está, cómo llegó hasta ahí y qué es lo que tiene que hacer. Una carta que le dejó su amigo le vuelve a recordar que su esposa murió (todos los días se despierta llamándola), dónde pasó la noche y que está buscando a un criminal nazi. En algún momento se anota las cosas en la piel, como hacía el protagonista de Memento, aquella de Christopher Nolan.

La película está armada en cuatro episodios, centrados en cada una de las escalas del viaje del justiciero. Algunos funcionan mejor que otros y seguro que, incluso en su planteo teatral, la idea queda más clara en el que se comparte escena con Dean Norris (el buenote de Hank en Breaking Bad) como un neonazi charlatán. En esos 15 minutos, Egoyan maneja la tensión de una situación incómoda que, está claro, solo se puede resolver de la peor manera. Es lo mejor que ha hecho en lustros.

Las otras historias, y los breves interludios entre ellas, funcionan a medias cuando no resultan un tanto forzadas o bordean el disparate, en lo que quizás sean guiños de comedia. En su conjunto, es una película sobre la memoria de un genocidio que parece sostenida por un par de octogenarios con un plan descabellado contada en clave de policial. Hay algunos facilismos pero se terminan perdonando.

El arma más contundente que tiene Recuerdos secretos es Plummer. Ese aire perdido del alzhéimer combinado a la vez con la bravura para encarar su misión, son una contradicción a la que el actor le da el gesto justo.

Y eso también salva a la película.

PARA CONOCER A ATOM EGOYAN.

Exótica - 1994.

El primer Egoyan que se conoció en Uruguay. Un padre que pierde a su hija en un accidente se obsesiona con una bailarina en un club nocturno. Fija las coordenadas del cine que haría de ahí en más.

El dulce porvenir - 1997.

Hay una novela de Russel Banks y un tema duro: unos abogados llegan a un pequeño pueblo donde en un accidente murieron todos los niños. Ian Holm está soberbio en una película fría como el paisaje en el que ocurre.

El viaje de Felicia - 1999.

Como todas las películas de Egoyan, no es de fácil asimilación. Es la historia de un abusador serial que aloja en su casa a su próxima víctima. Bob Hoskins está muy bien en el papel principal.

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