cine - crítica

Rebelión en las góndolas del supermercado

La fiesta de las salchichas. [***]. Estados Unidos 2016. Título original: Sausage Party. Directores: Greg Tiernan, Conrad Vernon. Guión: Evan Goldberg, Seth Rogen, Kyle Hunter, Ariel Shaffir, sobre historia de Rogen, Goldberg y Jonah Hill. Elenco: Seth Rogen, Kristen Wiig, Nick Kroll, Craig Robinson, Edward Norton, Salma Hayek, Jonah Hill, Michael Cera, Paul Rudd.

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Foto: Difusión

Podrá tener toda la apariencia de una película destinada a un público infantil —es animada, los personajes protagónicos tienen muchas veces un aspecto “querible”, hay una historia de amor, hay una aventura, y así— pero nada que ver: eso es apenas la superficie.

Atrás de esa fachada colorida y naif están varias de las más celebradas (a veces también criticadas) estrellas de lo que se podría llamar “nueva comedia americana”: Seth Rogen, James Franco, Kristen Wiig, Danny McBride, Bill Hader, Jonah Hill, Michael Cera, Paul Rudd y otros de esa pandilla que no le hace asco a prácticamente nada a la hora de intentar hacer reír. Pero también hay gente como Edward Norton (que hace una logradísima imitación vocal de Woody Allen) y Salma Hayek, por ejemplo.

La premisa guarda cierta similitud con la de Toy Story. Si en ésta se trataba de juguetes que cobraban vida cuando los humanos se iban, en este caso se trata de alimentos (perecederos y de los otros) de un supermercado que viven en una dimensión vedada a la percepción de los seres humanos.

Esos alimentos —también hay artículos no comestibles en papeles secundarios— viven en una gran mentira, una que sostiene toda su razón de ser: para ellos, los humanos son “dioses” que recorren las góndolas y a través del acto mismo de elegir comida y otros artículos, le aseguran a los elegidos una existencia paradisíaca, pletórica de felicidad y goce.

Como en Matrix, (o The Truman Show) hay un momento en el cual el velo que impide percibir el gigantesco engaño se corre, y la realidad se muestra en toda su descarnada, desgraciada y violenta apariencia. No solo se muestra, sino que se hace sentir. Y cómo.

Alguien dijo que esta es otra de esas típicas películas de esta pandilla (como Este es el fin, o Piña express), armada a partir de unas cuantas ideas surgidas cuando unos amigotes se juntan, se fuman varios potentes porros y empiezan a tirar bolazos, a cuál más grande y disparatado.

Algo de eso hay. Son varios los momentos que parecen el resultado de los desvaríos de unos cuantos fumados que se desafían a sí mismos a ver quién plantea lo más escandaloso.

Pero sería un error quedarse en esa única lectura. Porque además de los chistes de brocha gorda sobre sexo, consumo de drogas o estereotipos étnicos, la película explora con solvencia e ingenio el conflicto entre israelíes y árabes (los palestinos siguen sin existir para Hollywood), el consumismo, la incidencia de nociones religiosas en la vida cotidiana y, sobre todo, la rebelión contra el status quo.

Y esto se hace sin edulcorar ni adoptar una actitud condescendiente. Si hay que matar a un personaje, se procede a la aniquilación de éste sin miramientos, y a menudo con un grado de violencia que lleva la película a los terrenos del “gore”.

Lo mismo con el sexo: si no fuera porque se trata de alimentos, la película bordea en un momento lo pornográfico, pero sin deshumanizar ni categorizar en un sinfín de nichos el goce sexual, como sí hace la industria del porno.

Hay mucha incorreción política en La fiesta de las salchichas, pero también esa es una fachada. Atrás hay un humanismo benigno y medio hippie que, envuelto en vapores de marihuana, provoca risas, escandaliza y —a veces—hasta lleva a a la reflexión.

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