CRÍTICA

Un premio Nobel en apuros

Algo hermoso ha muerto, podría pensar uno desde la butaca viendo la imagen de un flamenco ahogado en un lago de Barcelona, metáfora de la primera información importante que recibimos acerca de Daniel Mantovani (Oscar Martínez), un escritor ganador del premio Nobel que lleva cinco años sin escribir.

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Oscar Martínez interpreta al escritor que regresa a su pueblo natal. Foto: Difusión

Igual de perturbadora y bella es su casa, con un diseño arquitectónico que combina una inmensa biblioteca que ocupa una planta entera, mientras una escalera torneada sostiene la estructura del piso superior, desde donde Mantovani cancela viajes y entrevistas, se niega a charlas, reconocimientos y cenas con celebridades. Son dos esferas, dos ambientes que simbolizan la contradicción vital de una mente brillante que se siente apagada. Lo que sí acepta es una invitación ingenua, escrita a máquina y enviada con poca anticipación, para volver a Salas, su ciudad natal en Argentina. El intendente (Manuel Vicente) quiere nombrarlo Ciudadano Ilustre de esa ciudad con 234 habitantes, sin taxis, con reinas de belleza pasadas de peso y oficiales de policía aburridos. Mantovani lleva 40 años sin ir a Salas, pero allí ubicó su obra, basada en terribles anécdotas que alimentan la pasividad de los días, que pasan idénticos, en la vereda, tomando mate y comiendo ravioles de seso. Allí toma forma una historia que cumple con las advertencias de que nadie es profeta en su tierra, de que un pueblo chico es un infierno grande, y de que la fama pesa más cuando se viene de abajo.

Esta es una película descarnada, con un humor sarcástico, cínico, que se ríe en la cara de la corrección política (por más que, hacia el final, en su última resolución, peque de haber escogido un camino más bien fácil).

Sus directores han dicho que buscan inquietar al espectador filmando la ficción como si se tratara de un documental. Por eso, cada rincón y gesto de una ciudad chica —que podría ser uruguaya— toma grandes dimensiones. Es evidente el exhaustivo trabajo para lograr cada chiste, cada gag, cada sonrisa cómplice en el diseño de una colcha, en la voz de un actor, en los peinados, hasta en los lentes de sol sobre la melena de un conductor radial del pueblo. Con este escenario de fondo va sucediendo la acción. Entre los personajes, siempre notables, hay de los buenos: el intendente, una exnovia (fantástica Andrea Frigerio), una groupie, un recepcionista que escribe, y hay de los peligrosos: un contador mafioso con ínfulas de artista plástico, un joven que imita el sonido de los chanchos y su suegro, el antiguo amigo del protagonista y actual marido de su ex, encarnado por Dady Brieva, que es el mejor actor de esta película.

En cada plano, en cada charla, ante cada mirada está Mantovani, con su ropa de marca y su decencia impostada a punto de romperse, que se emociona con homenajes cursis y se siente cada vez más absorbido por ese pasado que lo toma, le pide explicaciones, le exige acciones y, posiblemente, quiera tomar venganza.

El ciudadano ilustre [****]

Argentina, 2016. Dirección: Mariano Cohn y Gastón Duprat. Guión: Andrés Duprat. Elenco: Oscar Martínez, Dady Brieva, Andrea Frigerio, Manuel Vicente, Gustavo Garzón, Marcelo D’Andrea. Fotografía: Mariano Cohn. Duración: 120 minutos.

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