Crítica

El precio de la fama en una comedia inteligente

Margot Robbie consigue una de sus mejores actuaciones en Yo soy Tonya

Margot Robbie en I, Tonya
Margot Robbie en I, Tonya. Foto: difusión

Para aquellos que creen que esto de los escándalos mediáticos y la miseria humana es reciente, allí está Tonya Harding. Una de las grandes promesas del patín olímpico estadounidense en la década de 1990, llegó a los titulares por razones extradeportivas: estuvo más o menos involucrada en una conspiración que terminó con las rodillas rotas de su principal competidora, Nancy Kerrigan. En eso del ataque estuvo el marido de Harding, un oligofrénico que la va de su mejor amigo y un par de compinches. Todos terminaron ante la Justicia y en los medios, dos plataformas bien diferentes pero que pueden ser igual de letales. En la década de 1990, todos estaban majaretas.

El director Craig Gillespie, a partir de un guión de Steve Roger, consigue transmitir ese espíritu burlón de una historia que es un drama, sí, pero es demasiado entreverada como para no ser una comedia.

Para contarla eligieron una suerte de “mockumentary”, el anglicismo que refiere a un falso documental y que ha tenido ejemplos cinematográficos (This is Spinal Tap de Rob Reiner, es un clásico del género) o televisivos (The Office, por ejemplo). Para que se cumple el efecto, los protagonistas le cuentan a la cámara su versión de los hechos, algunos grabados en VHS, además de aprovechar un montón de documentos de la época. Hay de sobra: el caso fue, en su tiempo, uno de los más seguidos por los medios estadounidenses. Estuvo meses en la tapa de las revistas y en los informativos centrales. Ese morbo popular es retratado con dureza.

Para empezar está la fauna que puebla Yo soy Tonya. La propia Harding, por ejemplo, que Robbie interpreta en toda su dimensión de diva proletaria, caprichosa, malhablada y con una permanente espantosa. Es una víctima de violencia doméstica, capaz de devolver el golpe con el triple de fuerza y con una capacidad enorme para la negación, lo que quizás haya sido su secreto para sobrevivir. A pesar de venir de un territorio pobrísimo, Tonya tenía una magia innata para el patinaje artístico, aunque los jurados la calificaban más por la pinta y sus orígenes humildes que por cómo los deslumbraba en la pista de patinaje. Eso la enojaba mucho y es una de las razones por la que se involucró en una trama criminal que terminó con su carrera para siempre.

Alguna culpa por sus modales, la tiene su madre (interpretada por Allison Janney, que ganó el Oscar), una de las peores madres de la historia del cine. Está dispuesta a todo para que su hija triunfe, menos darle cariño y comprensión. El vínculo entre madre e hija está en el centro de la historia y de todos los problemas. Y tanto Robbie como Janney están fantásticas en sus papeles.

Gilespie cuenta la historia con originalidades visuales y eso incluye actores que rompen la cuarta pared, una edición imaginativa y un par de recursos sorprendenetes. En ese sentido, tiene una narrativa muy original.

Una combinación entre Todo por un sueño (aquella de Gus Van Sant con Nicole Kidman, sobre un plan tonto para conseguir fama) y The Bronze, una comedia sobre una patinadora olímpica, Yo soy Tonya se aprovecha de su personaje para contar una historia que parece actual. Es que la fama nunca tuvo un precio tan alto como ahora. Ni tanta gente dispuesta a pagarlo. Tonya Harding lo supo antes que todos.

Ficha

YO SOY TONYA [ ****]

Estados Unidos. 2017. Título original: I, Tonya. Director: Craig Gillespie. Guion: Steven Rogers. Productores: Tom Ackerley, Margot Robbie, Steven Rogers, Bryan Unkeless. Fotografía: Nicolas Karakatsanis. Música: Peter Nashel. Montaje: Tatiana S. Riegel. Dirección artística: Andi Crumbley. Con: Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Julianne Nicholson McKenna Grace. Duración: 120 minutos. Estreno: 22 de marzo.

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