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Los Platino, el premio que reconoce un cine cercano

El País estuvo en Xcaret en la Riviera Maya donde se entregaron los Premios Platino al cine iberoamericano

Daniela Vega y Eugnio Derbez reciben el reconocimiento Xcaret. foto: Efe
Daniela Vega y Eugnio Derbez reciben un reconocimiento Xcaret. foto: Efe

No es muy esperanzador incluso cuando se está llegando a una de las versiones terrenales del paraíso, tener a la actriz argentina Sofía Gala Castiglione quejándose equivocadamente, del trayecto que está tomando el chofer de la van que nos alcanza hasta los Premios Platino.

Pero aún los peores presagios se pueden revertir y nada impidió que durante tres días, uno pudiera disfrutar de esta celebración que llegó a su quinta edición y que volvió a juntar, esta vez en el parque Xcaret en la Riviera Maya, a artistas, productores y periodistas. La excusa es la entrega de unos premios que celebran y reconocen el cine iberoamericano. Y nada puede contra el Caribe y el cine.

Los premios Platino son una evidencia del momento que vive un cine iberoamericano que nunca pudo verse (con excepciones puntuales, claro) como una industria con corpus suficiente para permitirse lujos de nuevo rico. La ceremonia en Xcaret (un complejo turístico bañado por el Caribe que incluye un hotel lujosísimo y un par de parques), aunque tirando a escasa de grandes nombres, volvió a mostrar las nuevas ropas de un incipiente star system regional. Que muchos de los más saludados vengan de España y con fama ganada por series (un género que por primera vez se sumó a la grilla de premios) también habla un montón del audiovisual iberoamericano.

La gran ganadora de la noche del domingo 29 fue la chilena Una mujer fantástica, un reconocimiento que se veía venir con el antecedente del Oscar y porque Daniela Vega, la actriz transgénero que la protagoniza, fue la gran estrella del fin de semana. Más allá de premio, la mejor película en competencia era Zama de Lucrecia Martel que se hizo con tres premios en rubros técnicos; Una mujer fantástica se llevó cinco en total.

Eugenio Derbez, aunque sea poco conocido por estos lados (mañana estrenan Amor a la deriva y antes se lo había visto en la divertida Cómo ser un latin lover y en Un chihuaha en Beverly Hills) es probablemente la figura latina del cine más popular de Estados Unidos. Pero a Xcaret fue a trabajar: le tocó conducir la ceremonia. Derbez puso la misma cara de felicidad en las decenas de selfies que le reclamaron.

Derbez es un ejemplo de la distancia que hay entre los dos hemisferios del cine de América Latina. Por acá abajo del continente, estamos más familiarizados con los talentos españoles y argentinos que con los mexicanos y colombianos, por ejemplo, que son de los más requeridos en esta clase de eventos. Lo mismo podría decirse del premio Platino a la trayectoria para Adriana Barraza, una actriz de larga carrera que para muchos de los allí presentes era una actriz de reparto (nominada al Oscar, cierto, por Babel) de las películas de González Iñarritu, el mexicano que bien podría haberse dado una vuelta. Desde la organización avisaron que hubo negociaciones que no se concretaron para invitar a Guillermo del Toro. Además de Derbez, el otro talento llegado de Hollywood a los Platino fue Rob Schneider, lo que no es lo que se dice una figura prestigiante.

Creados por Egeda —la Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales que comanda el presidente del Atlético Madrid, Enrique Cerezo— la de la Riviera Maya fue la quinta ceremonia de entrega de los Platino. La anterior había sido en Madrid y la tercera en Punta del Este; esquivando una tradición esta vez no se informó de cuál es el próximo destino.

Siguen siendo, eso sí, una buena ocasión para la autocelebración de un cine (principalmente el latinoamericano) que es más obrero que jet set. Hay cosas para festejar. El año pasado se produjeron 800 películas iberoamericanas, un gran número. La difusión de ese cine es cada vez mayor: en Uruguay hay una sala (la B del Nelly Goitiño) dedicada al cine regional, por ejemplo. Eso antes no pasaba.

Y aún estando en el paraíso y en un ambiente distendido y lindamente caribeño, siempre hay tiempo para hablar de cine. Agustín Almodovar, que es un tipo muy amable, le dijo a El País que con su hermano Pedro no piensan abandonar el cine seducidos por las nuevas plataformas. “Estamos muy viejos para eso”, dijo el más chico de los Almodovar.

Y Joaquim de Almeida tuvo un segundo en la fugacidad de la alfombra roja para recordar al recientemente fallecido, Vittorio Taviani, que lo dirigió en Good Morning Babilonia. “Uno iba a preguntarle por una escena y él miraba el libreto y decía, ‘esa escena no es mío, andá a preguntarle a Paolo”, le contó el portugués a El País, refiriéndose a la manera de trabaja r que tenía el tandem Taviani. O Luis Brandoni en la premura de un junket de prensa, contando de aquel tiempo en el que un viernes terminó de rodar La Patagonia rebelde y el lunes empezó con La tregua, lo que deja claro que buen año fue 1977 para el cine argentino.

Una vez más los Platino volvieron a ser una fiesta del cine iberoamericano. Y eso está buenísimo. Estos encuentros son los que fomentan una industria y un nuevo paradigma que ayuden a que empecemos a mirar un cine que hable sobre nosotros mismos, hecho por nosotros mismos. Lo que se vivió en Xcaret permite pensar que esa meta se va cumpliendo.

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