Crítica

¿Cómo es "Pienso en el final", un estreno prestigioso y muy desafiante de Netflix?

Es la nueva película de Charlie Kaufman, el guionista de "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos" y "¿Quieres ser John Malkovich"

Pienso en el final
"Pienso en el final", lo nuevo de Netflix

Esta es la clase de películas por las que la gente se mofa de los críticos: Pienso en el final es intrincada, áspera y depresiva, lo que para alentar a verla, suena poco eficaz. Es, sin embargo, una obra desafiante (y eso siempre es un elogio) y aporta otra condecoración de prestigio para Netflix, la plataforma que la produjo y ayer la estrenó mundialmente.

Que sea una película escrita, producida y dirigida por Charlie Kaufman debería funcionar como una invitación, pero también como advertencia. Kaufman ganó un Oscar por el guion original de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (que, como Pienso en el final, es un historia de amor triste en paisaje helado) y tuvo nominado sus libretos de ¿Quieres ser John Malkovich? y El ladrón de orquídeas. A eso hay que sumar dos películas como director —Synecdoche NY y la animada Anomalisa (otra nominación por el guion)— que lo presentaban como un creador con universo propio y manera propia de retratarlo.

Con un cine así de personal y peculiar, su supervivencia en el ecosistema actual de la industria es un misterio.

No le ha sido fácil. Synecdoche NY fue, justificadamente por hermética, un fracaso comercial estrepitoso, lo que hizo que Anomalisa debiera producirse a través de un crowdfunding. Hizo una película para FX, How & Why (con Michael Cera y Sally Hawkins) que la cadena se negó a emitir. Solo Netflix se atrevió a respaldar su nuevo proyecto.

En su superficie, Pienso en el final (un título menos angustioso que el original I’m Thinking of Ending Things, “estoy pensando en terminar las cosas”) es una película de terror. Una muchacha (Jessie Buckley) va a conocer a los padres de su novio (Jesse Plemons), que resultan ser todo lo raros que pueden llegar a ser Toni Colette y David Thewlis. Afuera, una espantosa tormenta de nieve hace aún más amenazante el panorama, y da una idea del limbo que atraviesan los personajes.

Está basada en una novela de 2016 de Iain Reid y aunque las referencias (más allá de una explícita a John Cassavetes) son difusas, acá hay algo de David Lynch y su trabajo sobre lo ominoso.

La película está dividida en dos dialogados viajes en auto, la cena familiar y apenas un par de escenarios más que dan una sensación de un mundo cerrado, aislado. Alguien la definió como “nunca aburrida, pero siempre confusa” y estaba en lo cierto. Es de esas películas, como El origen de Christopher Nolan, que habría que ver varias veces para descifrarlas. Es difícil estimar cuántos pueden llegar a atreverse a tanto.

Kaufman ayuda poco. La protagonista puede llamarse Louise, Luisa o Louisa y puede ser poeta, artista plástica, física cuántica o camarera dependiendo de la escena (o incluso dentro de una misma escena) o incluso tener una cara distinta. Sus suegros son jóvenes, ancianos, preparar en un segundo la mejor cena de Acción de Gracias o estar en su lecho de muerte. Hay, además, un limpiador de turno nocturno de una escuela rural cuyo papel solo parece relevante hacia el final. Nada se explica mucho, ni siquiera a través de la omnipresente voz en off, y ese es un riesgo que corre Kaufman quien, por lo visto, no tiene problemas en que lo acusen de pretencioso. Lo es.

Para redoblar la apuesta, se incluyen referencias a la legendaria crítica de cine Pauline Kael, una discusión sobre Una mujer bajo influencia de Cassavetes (un director al que Kael despreciaba), citas al libro La sociedad del espectáculo de Guy Debord, una discusión sobre arte abstracto, la lectura de un poema, un discurso de premio Nobel, un dibujo animado, un ballet y un número del musical Oklahoma!. La paciencia del espectador es desafiada a límites importantes, incluso para los que pueden considerar, con razón, a Eterno resplandor de una mente sin recuerdos como una de las películas más encantadoramente tristes y enredadas del cine reciente.

“Estaba pensando en cómo vivimos en nuestras cabezas a través de la memoria, la fantasía o la proyección”, dijo Kaufman, quien tiene 61 años. “Luego, con el diseño de sonido, buscamos esta sensación de fractura, superposición e interrupción, todas las cosas que son parte del proceso de pensamiento”.

Así, el sonido y la edición (a cargo de Robert Frazen) se vuelven una parte esencial de la fragmentación de la anécdota. La fotografía es del polaco Łukasz Żal, quien suele llenar de color el cine de Paweł Pawlikowski. Acá su paleta es decididamente oscura o apagada en un aspect ratio de 4:3 que confina aún más a los personajes.

Pienso en el final alardea de sus complejidades y sus vericuetos intelectuales y narrativos son espanta-público. Pero es una película logradamente incómoda y eso a los críticos, se sabe, siempre nos encanta.

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