especial cine 2015

La persistencia del cine que nos interpela

Un repaso por las películas en las quela forma estuvo al servicio del contenido.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Una paloma sentada en una rama reflexionando sobre la existencia

En Uruguay hay todavía estrenos que reflejan una forma más comprometida del cine. Una película como Una paloma sentada en una rama flexionando sobre la existencia, de Roy Andersson pasó desapercibida y no solo para el público: los críticos uruguayos no la incluyeron entre las mejores del año. Estaban mirando para otro lado.
La película es una sátira que pareciera apuntar a Suecia y lo ridículo de su bienestar y su historia.

Pero en realidad es una comedia sobre cómo todos nos volvimos los aburridos actores de una obra que representa, en definitiva, la decadencia de una civilización. Las caras maquilladas como de payasos tristes, la cámara distante, la puesta en escena estática pero a la vez llena de fugas en su profundidad de campo, dan esa sensación de que —en el fondo— somos los extras ridículos de una obra que de celestial no tiene nada. Hay escenas/sketches magistrales en las que la historia (la atroz campaña del rey Jorge a Rusia en el siglo XIX, por ejemplo), el ridículo (los vendedores de chascos) y una mirada particular convierten a Andersson en uno de los cinco directores más importantes de la actualidad.

Andersson es uno de los pocos que quedan en el bando de los que creen que el cine es forma al servicio del contenido. Una paloma… cierra una “trilogía sobre la vida”, de la que Cinemateca Uruguaya exhibió este año la segunda (Canciones del segundo piso sobre poema de Vicente Huidobro) y ya había estrenado en 2009 la primera, Du Levande.

Otro descubrimiento importante para Uruguay es David Robert Mitchell en la también desatendida Te sigue, una película de terror en la que el monstruo es el más temible: el camino hacia la madurez y la pérdida de la inocencia. Ese monstruo es inevitable e invencible. Es un tema que le preocupa a Mitchell, como ya había dejado claro en la antecesora —y también buenísima— The Myth of the American Sleepover. Te sigue habla del desamparo de una generación que creció en la opulencia de los suburbios, pero que hoy sobrevive en medio del derrumbe de su clase social, amenazada por su sexualidad y ante un desolador panorama económico. Es una película aterradora.

Es que, quizás, las mejores películas de cualquier año son aquellas que nos interpelan sobre el mundo en el que vivimos: la desmoronada figura del padre de familia (Force Majeure: La traición del instinto, de Ruben Östlund), la sensación de ser un extranjero emocional (En otro país, de Hong Sang-soo), los daños colaterales de la crisis europea (Dos días, una noche, de Luc y Jean-Pierre Dardenne), la dictadura de la imagen (Adiós al lenguaje de Jean Luc Godard), la posible comunicación entre dos maneras de ver el mundo diametralmente opuestas (Ricki and the Flash de Jonathan Demme); la aceptación de la propia adultez (Mientras seamos jóvenes de Noah Baumbach). O tal vez sea sencillamente el ego de la capacidad creativa (Birdman de Alejandro González Iñarritu, Cae la noche en Bucarest de Corneliu Porumboiu, El otro lado del éxito de Oliver Assayas).

En definitiva, la necesidad de películas que llamen al debate y a pensar el mundo sigue haciendo del cine una forma tan valiosa como antes. Tal vez esa cualidad la esté sustituyendo la proliferación de series, con ese público cautivo que han generado. Me permito dudar de eso. Todo bien, pero estamos hablando de televisión. El cine —lo sabemos desde hace tiempo— es otra cosa.

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