"Las películas no se pueden medir por el éxito comercial de un mes"

Charla con Pablo Trapero, el director argentino, que vino a presentar en el Monfic, su nueva película, "La quietud"

Pablo Trapero
Pablo Trapero, el director argentino con más prestigio internacional

Pablo Trapero es uno de los directores más prestigiosos internacionalmente del cine argentino. La quietud, por ejemplo —que se está exhibiendo dentro del Monfic, el festival de cine de Movie— fue presentada en Venecia, un festival en el que ganó el León de Plata al mejor director por su anterior película, El clan.

La quietud es bien diferente a ese antecedente pero el cambiar de tono y de inquietudes siempre ha sido una característica del cine de Trapero; su filmografía incluye cosas tan distintas como Mundo grúa, Elefante blanco, Leonera, Carancho y El bonaerense.

En su nueva película  cuenta la relación de Mia (Martina Gusmán) y Eugenia (Bérenice Bejo, la actriz franco-argentina de El artista), dos hermanas que vuelven a reunirse cuando Eugenia vuelve de París tras un ACV de su padre. Van a dar a la estancia La quietud regenteada con displicencia pituca por la madre de ellas, Esmeralda (Graciela Borges). A partir de eso empiezan a revelarse secretos familiares que habían sido callados o disimulados. Trapero la define como un melodrama de suspenso y es una definición que corresponde.

Sobre su cine, esta película y quién fue el cineasta que más le impactó conocer, Trapero habló con El País.

—En La quietud me pareció ver algo de Hitchcock con el comienzo como el de Rebecca. ¿Hay algo de eso?

—Esta película fue en muchos sentidos un experimento en un universo de un cine que ya no se hace más, uno en el que el suspenso está por debajo y en el que los personajes hablan de otra cosa pero hay muchas cosas pasando en otro plano. Hubo dos referencias muy importantes en todo este proceso. Una es Hitchcock y sus melodramas de suspenso tipo La ventana indiscreta...

—¿Y la otra referencia?

—Buñuel. En el sentido de ese humor absurdo, un poco surreal, que no sabés si es un personaje o dos, ni quién es quién o que bien podría ser un mismo personaje interpretado por dos actrices. La película se puede leer por ese lado. Para mi fue un gran desafío en ese sentido. Es - y me gusta que así sea- una película demandante para quien la ve, con eso de encontrar esas citas, por ejemplo. Hacerla, en ese sentido fue muy placentero.

—¿Cómo surgió?

La quietud fue un proyecto que pensé para volver a trabajar con Martina (Gusman, su esposa y una de las protagonistas) después de muchos años. Me permitió traer a Berenice (Bejo) y concretar un deseo de muchos años de que ambas interpreten a estas dos hermanas simbióticas. Y poder trabajar con Edgar Ramírez, Graciela Borges, Joaquín Furriel y lograr que todos tuviéramos las agendas combinadas en la misma fecha fue una de las cosas más complicadas. Me sentí muy afortunado por eso.

—¿Qué hay de aquel muchacho que hizo Mundo grúa en el que hace La quietud?

—La quietud tiene mucho de aquel espíritu de explorar. No es algo que haya perdido: la diferencia más importante es que pasaron 20 años.

—Pero es consciente que es mejor director ahora...

—Sé que soy más grande y que hice más películas. Para mi las películas son ventanas de tiempo en las que me propongo explorar determinadas cosas a nivel temático, estético y técnico. En La quietud, por ejemplo, usé, por primera vez, unos lentes Panavision que nunca se habían traído a Argentina. Y para mi todo eso es un desafío: hacer cine es muchas cosas juntas. El desafío siempre es nuevo. Acá, por ejemplo, era trabajar con estos cinco monstruos que vienen de mundos expresivos diferentes. La película no es solo lo que escribo o cuando está terminada, es lo que voy viviendo durante ese tiempo. Eso siempre ha sido así y aunque por supuesto tengo mucha más experiencia, el privilegio sigue siendo poder filmar, que haya un público dispuesto y que haya festivales que las programen.

—Venía de hacer El clan que fue un gran éxito y a La quietud no le fue tan bien en Argentina. ¿Lo decepcionó eso?

—El día que se estrenó, el país era un desastre y parecía que se volvía al 2001. Afortunada o desafortunadamente justo me fui a presentarla a Venecia, así que no lo viví directamente. La quietud refleja un poco ese momento, de turbulencia, de inquietud. Por supuesto que como realizador, a mi me gusta la sala con gente y en ese punto el gran interrogante es por qué pasó en Argentina lo contrario al resto del mundo donde la recepción ha sido muy buena.

La quietud se estrena en noviembre en Uruguay pero esta semana se puede ver en el Monfic. Va mañana, domingo a las 19.45, el martes a las 22.00 y el sábado 20 de octubre a las 19.25.

—También está claro que de la zafra de estrenos argentinos de este año, La quietud es la más, digamos, difícil.

—Esa decisión la tomé muy consciente. Era más fácil hacer una película parecida a El clan pero no es mi manera de ver el cine y nunca trabajé así. Lo que me gusta es que la gente identifique momentos de su vida con las películas, eso es lo más importante. Las películas no se pueden medir por el éxito comercial de un mes. Como director quiero que la gente vaya a verla pero sé que cada película tiene su tiempo y es distinto el de La quietud que de El Clan. Así que no me sorprende tanto el resultado en Argentina.

—Está trabajando en Estados Unidos.

—Tengo agente allá y sí estoy trabajando en varios proyectos. Ahora estoy en una serie que se llama Zero Zero Zero, en el que está Gabriel Byrne y con el que hemos filmado en México y Calabria. Es la novela que Saviano hizo después de Gomorra y es una megaproducción. Muchos proyectos llevan años y desde 2008 he estado trabajando en cosas que aún no se hicieron o de los que yo me bajé. Hacer película define un momento de mi vida y no puedo quedarme esperando 10 años. Una de las cosas que más disfruto es poder trabajar en varios proyectos a la vez porque te quita ansiedad. A veces se pone energía en un solo proyecto que a veces necesita más tiempo. Eso pasó con La quietud.

—En qué tradición del cine argentino se ubica. Siempre lo veo como cercano a Adolfo Aristarain, por ejemplo.

—Es un director con el que me formé y tiene una narrativa muy clásica en el mejor sentido y que interpelaa al espectador. En otra época, por ejemplo, Torres Ríos o Torre Nilsson, como indica la presencia de Graciela Borges en La quietud. Allí, además, hay una cita silenciosa a un cine argentino que no se hace más, aquel de los teléfonos blancos de la época de oro. Hay un homenaje a ese cine de los años 50 con grandes actores contando historias muy fuertes y revelando los secretos que esconden una familia.

—En todos estos años en los festivales de cine más importantes, ¿cuál fue el encuentro que más le impactó?

—Conocí un montón de gente y ese es uno de los grandes privilegios que me ha dado hacer cine es encontrarme con gente que admiro. En ese sentido el más fuerte fue cuando conocí a (el director iraní, Abbas) Kiarostami con el que después tuve cierto vínculo. También cuando conocí a los Dardenne con quien también entablé una relación y me les traje a Jérémie Renier para Elefante blanco. Conocí a Scorsese y Tarantino._No son gente que considero mis amigos pero si nos cruzamos por ahí nos ponemos a charlar.

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