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"Parchís: el documental" revela una historia de canciones, de traumas y de superación

El documental sobre la popular banda infantil española, está desde ayer en Netflix

Parchís. Foto: Difusión
Parchís. Foto: Difusión

Eran, según la revista ¡Hola!, los millonarios mas jóvenes de España. Tenían actuaciones cotizadas en cientos de miles de pesetas españolas, la Policía tenía que ayudarlos a salir de los lugares en los que actuaban, y en las entrevistas declaraban cosas como que no sabían qué iba a pasar con sus estudios, o que les encantaría que su sueño, “este sueño”, no terminara nunca. Y estaban, como mucho, entrando en la preadolescencia. Esa era la escala de Parchís, el grupo infantil que fue un suceso en Iberoamérica en la década de 1980, y del que ayer se estrenó un documental en Netflix que, era de esperar, pinta el panorama real detrás de esa vidriera de risas y colores.

Daniel Arasanz había hecho El peor Dios, sobre la banda punk catalana Desechables, con mote de “maldita”; y Venid a las cloacas: La historia de la Banda Trapera del Río, sobre otra banda de corte garajero de la España de los setenta, con la que consiguió ocho nominaciones a los Premios Goya de 2018. Y aunque el espíritu punk y la convicción artística no están presentes en su nuevo proyecto, sí que hay un componente de rock and roll que une sus dos trabajos anteriores con el flamante Parchís: el documental.

La película deja el sabor amargo que, a esta altura, parece ser denominador común en la historia de la gran mayoría de los niños estrella. Es el mismo sabor amargo que deja el documental sobre la exfigura de Disney Demi Lovato, o el retrato de los primeros años de Luis Miguel en su serie biográfica: el de una niñez y adolescencia rotas en función de una máquina exitosa, que sólo sabían manejar, y a la que sólo le sabían sacar provecho, un puñado de adultos.

Parchís... presenta el relato cronológico de un fenómeno infantil que trascendió el límite imaginable, que fue gestado en la España posfranquista y que se fue colando en una tierra, la latinoamericana, muy herida por las dictaduras militares. De golpe, los niños de una coyuntura gris se encontraron con cinco chicos que les cantaban canciones a ellos: chicos que bailaban, que reían, que tenían ropas de colores y que parecían estar viviendo un sueño. Y los abrazaron como ídolos y también como referencias, como modelo a seguir. Tino, David, Óscar, Yolanda y Gemma, o sea, los Parchís originales, también se entusiasmaron con ese “juego” que nadie más tenía. Pero el juego tenía unas reglas raras o, más bien, no tenía ninguna, y eso reconstruye Arasanz a fuerza de archivo, pero sobre a partir de los testimonios de los principales protagonistas e involucrados en esta historia (los cantantes, el mánager, alguna madre, fanáticos y demás personas cercanas).

Parchís surgió como una necesidad, la de Discos Belter, de hacer un disco redituable para fines de 1979. La selección de los niños se hizo medio por casting, medio a dedo; las voces de algunos servían, las de otros eran reemplazadas por las de profesionales: lo que más importaba eran su baile y su carisma. Y el dinero que hubiera para invertir: a los medios y a los presentadores de televisión se les dio de todo -relojes, “abrigos de visón”, cheques millonarios- para que respaldaran a la banda. Y su éxito fue inmediato: la plata hizo lo suyo, los chicos también.

Tuvieron que adaptarse rápido a la vida en gira, hacerse amigos entre sí casi que por obligación, y aprender a vivir en libertinaje. Hablaban con sus padres una vez por mes, nadie los vigilaba ni limitaba, y se acostumbraron al “desmadre”. Hicieron películas, tuvieron jornadas de trabajo de 18 horas, descubrieron su sexualidad juntos y juntos se enamoraron, empezaron a distanciarse por los egos y las individualidades. Mientras se “comían” a Menudo y llenaban el Madison Square Garden, no veían el dinero que generaban, no estudiaban, no hacían amigos, se iba un Parchís y entraba otro como si nada, y no tomaban dimensión de que crecían y se volvían deseados ya no sólo por pares.

Parchís. Foto: Difusión
Parchís. Foto: Difusión

“Yo podría ser coqueta, pero era una niña”, dice Yolanda Ventua, “y es probable que hubiera personas que hubieran tenido fantasías no adecuadas para esa edad”. Joaquín Oristrell, hoy director de cine y quien fuera tutor de los chicos durante algunas de las giras, acota que tanto ella como Gemma eran, con 14 o 15 años, “objetivo de los empresarios” en unas fiestas en las que corrían sustancias “que no eran gominolas”. Mientras tanto a Tino Fernández, que se convirtió en líder y sería clave para el destino final de los Parchís, las mujeres mayores se le metían en su cuarto y todo se volvía demasiado caótico e incontrolable.

La de Parchís fue, dice Oristrell y se nota en el documental, una historia de “trauma y superación”, de estafa y de peleas personales, de traiciones -la de Tino, que eligió una carrera solista, sobre el resto- que sólo el destino borraría. Una historia de unos muchachos que fueron Parchís, y sobrevivieron para contarlo.

Vínculos

La amistad que pudo más que las peleas

El final de Parchís: el documental es feliz, o al menos, como dice alguno de ellos, “decente”, porque encuentra reunidos y disfrutando a Tino Fernández, Gemma Prat, Yolanda Ventura, Oscar Ferrer, David Muñoz, Frank Díaz y Miguel Ángel Gómez (los cinco originales y dos de los que vinieron después). La primera camada se despegó de Tino cuando este se perfiló como líder, y se apuró a tener una carrera solista que echaría por tierra cualquier sueño mayor de los Parchís. Y aunque hubo mucho rencor y enojo, tal como admiten en cámara, un accidente automovilístico que a Tino le costó la amputación de un brazo, terminó por acercarlos de vuelta. “Existen unas cadenas de unión que ya no se van a romper nunca más, y da igual que te insultes, que te traiciones o lo que sea”, dice Óscar. “Hemos compartido unas vivencias que nos convierten en familia, para lo bueno y para lo malo”.

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