Ya llegó a la cartelera “Un nuevo despertar”, película basada en Philip Roth 

Al Pacino: leyenda actoral que perdura

Hace algún tiempo, una encuesta en un popular sitio web recogió la opinión de los usuarios acerca de qué actores ganadores del Oscar deberían devolverlo, teniendo en cuenta el conjunto de su carrera.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El filme tendrá una gran labor protagónica.

GUILLERMO ZAPIOLA

Sin muchas sorpresas, el ganador absoluto de la votación fue Nicolas Cage, quien allá lejos y hace tiempo estuvo muy bien y fue oscarizado por su labor en Adiós a Las Vegas (1995), pero luego ha desarrollado, mayoritariamente, una de las carreras más asombrosamente mediocres de la historia del cine.

Hubo también votos para Robert DeNiro y Al Pacino, pero allí hay un mayor margen para la discusión. Es cierto que DeNiro (que es realmente un grande: rever sin ir más lejos Taxi Driver o Toro salvaje) ha venido haciendo cualquier cosa en los últimos quince o veinte años, generalmente en piloto automático, pero también lo es que su mayor sobriedad evita que suela estar realmente mal. Y el caso de Pacino es aún más complicado: cuando acepta un papel estrictamente porque tiene que pagar las cuentas se desencadena, carece del menor criterio y se lo puede ver en algunas mediocridades bastante absurdas, pero dosifica mejor sus apariciones. En uno o dos de cada cinco o seis de sus papeles más recientes (y eso incluye Un nuevo despertar, actualmente en cartelera) Pacino se interesa realmente en lo que hace, y llega a estar muy bien. Acaso no sea del todo injusto que devolviera su Oscar por Perfume de mujer, donde estaba excedido y fastidioso, pero a cambio tendrían que darle por lo menos cuatro o cinco estatuillas por películas por las que no fue premiado, de modo que más vale no mover el tema.

Comienzos.

La fama le llegó rápido. Alfredo James Pacino nació en Nueva York el 25 de abril de 1940. Sus abuelos maternos eran originarios de Corleone, Sicilia, lo que parece toda una premonición. Sus padres se divorciaron cuando tenía dos años, y él pasó a vivir con su madre y esos abuelos en el Sur del Bronx. En la adolescencia lo atrajo el teatro, quiso entrar en el Actors Studio pero fue rechazado, trabajó en el circuito "underground" y estudió en el HB (Herbert Berghof) Studio con Charles Laughton, que se convirtió en algo así como su mentor. Finalmente logró que el Actors Studio lo aceptara y fue alumno de Lee Strasberg, quien luego sería su compañero de elenco en El padrino II (1974) y Justicia para todos (1979).

Aunque el teatro fue su primer amor, el cine fue el vehículo para un estrellato casi instantáneo. En 1969 realizó una breve aparición en Yo, Natalie, una película independiente dirigida por Fred Coe protagonizada por Patty Duke. Dos años después protagonizó el asunto sobre drogadictos Pánico en el parque de Jerry Schatzberg, una película que se ubicaba en el marco del cine "contracultural" de la época. Un año después, Francis Ford Coppola lo convocó para encarnar a Michael Corleone en El padrino.

Pocos actores han entrado al cine por una puerta tan grande. Vuelta a ver hace poco, El padrino confirma una vieja impresión: la contenida (cosa rara en él, que tiene una inclinación de la sobreactuación) labor de Pacino es el punto más alto del film de Coppola, donde compite y supera a un muy sólido elenco secundario ( James Caan, Robert Duvall, Diane Keaton, John Cazale, Sterling Hayden, Richard Conte) y ciertamente a la gruesa "macchietta" de Brando. Lo tuvo más difícil en la superior El padrino II, donde compitió con alguien de su tamaño: DeNiro (aunque en realidad nunca compartieron pantalla: Bobby encarnaba al joven Vito en una sólida, doble estructura dramática que entrecruzaba en dos tiempos el proceso de la inocencia a la corrupción de padre e hijo).

Culminaciones.

Es posible que los años setenta, que fueron además, al menos hasta 1977, una buena década para el cine norteamericano hayan proporcionado también buena parte de lo mejor de Pacino. A ese tiempo corresponden películas como los dos primeros Padrinos, Espantapájaros (1973) de Jerry Schatzberg, Serpico (1973), Tarde de perros (1975) y algunas más.

En los años ochenta hubo menos cosas memorables, inclusive en la carrera de Pacino. El actor se dedicó a sobreactuar en unas cuantas películas menores, y demostró que cuando un director le exigía controlarse (Harold Becker en Prohibida obsesión, 1989) podía estar mejor. A esa década corresponden cosas olvidables como Cruising (1980), Qué buena madre es mi padre (1982) o Revolución (1985), y otras discutibles pero más recordadas como Scarface (1983) de Brian De Palma. Al filo del fin de la década Coppola lo llamó para que repitiera por tercera vez a Michael Corleone en una innecesario El padrino III (1990). En ese mismo año se disfrazó para interpretar a uno de los villanos del Dick Tracy de Warren Beatty, pero no es imprescindible acordarse de ello.

En los años noventa siguió exhibiendo una frecuente puntería para elegir papeles (El precio de la ambición, 1992; Fuego contra fuego, 1995; El informante, 1999), se llevó un Oscar por la película equivocada (Perfume de mujer, 1992) e hizo gala de su buena cultura teatral en el interesante experimento de En busca de Ricardo III (1996), que también dirigió y que era una aguda exploración del universo shakespereano y su repercusión en nuestros días (curiosamente, lo menos logrado era su labor actoral como Ricardo: el acento del Bronx no se lleva bien con Shakespeare).

El nuevo milenio lo sorprendió algo cansado y menos riguroso: en otros tiempos no hubiera aceptado colosales mediocridades como 88 minutos (2007), Las dos caras de la ley (2008) o Jack y Jill (2011), y acaso ni siquiera divertimentos menores como Ahora son 13 (2007), pero cuando uno estaba a punto de enojarse con él se las arreglaba para aportar un Mercader de Venecia (2004), undoctor Jack Kevorkian en No conoces a Jack (2010) o un Phil Spector (2013). Ahora vuelve a demostrar su pasta de actor en Un nuevo despertar de Barry Levinson, aunque su acento siga creándole problemas a la hora de decir el verso de William Shakespeare.

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