Entrevista

Oscar Martínez estrena su nueva película, "La misma sangre", un drama de suspenso

Una charla con el prestigioso actor argentino sobre la película que estrena este jueves en Uruguay

Oscar Martínez
Oscar Martínez con nueva película, La misma sangre. Foto: Marcelo Bonjour

Oscar Martínez está sorprendido por la repercusión que ha tenido su Elías en La misma sangre, el drama de suspenso dirigido por Miguel Cohan (el de Betibú) que se estrena este jueves en Uruguay. A Elías lo encontramos en un mal momento: se está separando de su esposa de toda la vida; está endeudado y la burocracia le demora un negocio que podría enderezarlo un poco. Y encima su esposa muere en medio de una discusión, lo que levanta sospechas de un yerno desconfiado que transmite su suspicacia a la hija (Dolores Fonzi) del viudo. Está bien contada y tiene una estructura desafiante: vemos lo que pasa desde dos puntos de vista lo que fue una gran exigencia para los actores. Martínez consigue, más allá de su sorpresa, uno de los mejores papeles de una carrera que ronda los 50 años y que, recientemente, le dio la Copa Volpi al mejor actor en el Festival de Venecia por El ciudadano ilustre.

Tan prestigiosa trayectoria se inició al lado de sus admirados Luis Sandrini y David Stivel y lo ha llevado a ser parte de grandes momentos del cine (La tregua, El nido vacío, Relatos salvajes, Inseparables) el teatro (Amadeus, ART) y la televisión (Cosa juzgada, Atreverse, Nueve lunas) argentinos. Y no para de trabajar. En el último año filmó cuatro películas incluyendo La misma sangre y Yo, mi mujer y mi mujer muerta, una coproducción española-argentina que se estrena el 4 de abril. También está en la nueva de Juan José Campanella, Regreso triunfal.

Martínez estuvo en Montevideo a mitad de la semana pasada para hablar de La misma sangre y, El País aprovechó para conversar sobre su carrera, la ética que aprendió en la década de 1970 y un poco añora. En persona, es serio pero simpático y amable. Este es un resumen de la charla.

—El otro día murió Beatriz Taibo con quien usted trabajó en una de sus primeras películas, El profesor tirabombas. ¿Cómo recuerda aquel rodaje con figuras como Luis Sandrini, por ejemplo?

La misma sangre
Vea el trailer de "La misma sangre"

“—¡Trabajar con Sandrini, imaginate! En mi infancia era mi ídolo máximo: dejaba de hacer cualquier cosa por ver por cuarta vez una de sus películas en televisión. Incluso, creo, debe haber influido en mi vocación. Así que estar a los 21 años trabajando con él, teniendo tan cerca mi infancia y mi adolescencia, fue un regalo de la vida maravilloso para mí. Además, era un hombre muy afable. Yo lo imitaba a la perfección, certificado por (la esposa de Sandrini) Malvina Pastorino y por su hija Sandra que me hizo doblarlo en un documental”.

—Ya nadie parece recordarlo.

—Hay jóvenes que no saben quién fue y eso es una pena. Pero así somos... Así somos. Fue una figura descomunal del cine hispanoparlante.

—Y en esa época usted pasó de ese cine popular a trabajar con David Stivel en la televisión.

—Debuté en televisión con el grupo Gente de Teatro dirigido por David Stivel. Era maravilloso. David era un portento de director televisivo y el que inventó todo. Los camarógrafos se peleaban para trabajar con él. Mirá cómo sería. Tuve la fortuna que el primero, el segundo y el tercer programa mío en televisión fueron con él en Cosa juzgada y que el tercero ya sea un protagónico. Y ahí me vio Fernando Ayala y me llamó para La gran ruta, mi debut en el cine.

—Y en aquello que se llamaba “el clan Stivel” había gente como Bárbara Mujica...

—Norma Aleandro, Federico Luppi, Carlos Carella, Emilio Alfaro...

—¿No se sentía intimidado?

—La verdad que no. Me sentía gratificado y un privilegiado. Me trataban muy bien, me daban mucha confianza, creían en mí, me cuidaron mucho. Lo mismo me pasó luego con Sergio Renán, María José Gallo, Cipe Lincovski, toda gente que fue muy generosa, muy solidaria y muy protectora conmigo. Yo tenía veintipoquitos años y era gente que yo admiraba hasta dos días antes y ahora me decían, “vení pibe, jugás vos”.

—Y había toda una ética en esa gente.

—Una ética, una mística. Ahí quizás empecé a tomar conciencia de que quizás yo estaba para cosas mayores. Es el comienzo de una carrera que empecé con Sandrini.

—Trayéndolo ahora La misma sangre. ¿Cómo trabaja un personaje como Elías que está atacado por varios frentes y no es necesariamente simpático? ¿Va desde la empatía?

—Todo lo contrario. Lo primero que me pasó fue preguntarme cómo se hace atractivo para el público un personaje que no produce empatía, en una historia que tampoco es empática, sino oscura, dura, áspera. Y ese desafío me encendió, me acicateó para hacerlo. Es un personaje muy difícil, muy complejo que me está dando muchas satisfacciones que no esperaba. Nunca pensé que fuera un personaje que tuviera lucimiento. Un hombre que expresa muy poco, atribulado, ensimismado, que se come una frustración que es muy grande porque le ha ido mal en todo. Es un poco como un Ardosain de Roberto Arlt, un tipo al que la vida le ocurre y es pasivo de su propia desgracia. Creo yo que porque no pudo tramitar la conflictiva relación con un padre tan letal como el que tuvo. Cuando lo toma la película, ya está escorado y no hay un solo orden de su vida que no esté en una situación extrema. Y parece no contar con recursos para cambiar su destino, más que su obstinación. Y todo eso lo hace muy difícil de actuar. Traté de comprender desde dónde él se relaciona con el mundo, desde dónde ve lo que ve. Me guie mucho por lo que Miguel (Cohan, el director) me decía. Él esperó mucho tiempo para que yo pudiera hacer la película y como es además el coguionista a mí me servía mucho su guía y su confianza en el camino que elegí. Nunca esperé que se viera un trabajo como el que se ve. A mí me parecía que no hacía nada”.

—¿En serio? A mí, con todo respeto, me parece que es de las películas en las que más hace. Y además porque al ser una película de puntos de vista, hay sutilezas actorales entre una versión de los hechos y otra.

—Ahí fue fundamental Miguel porque lo tenía clarísimo. De golpe rodábamos la misma secuencia desde otro punto de vista. Decíamos lo mismo, los personajes eran los mismos, hacíamos las mismas cosas pero había sutiles cambios y ahí era cuestión de estar muy en comunión con lo que Miguel quería.

—La película tiene varios puntos de inflexión pero uno muy conmovedor es cuando su personaje llora en el auto después de salir del juzgado.

—A mí me parece una escena muy importante porque lo humaniza

—Usted dice que no genera empatía pero en un momento, como ese, uno lo ve como un hombre ahogado.

—Si tuviera que etiquetarlo —cosa que nunca hay que hacer como actor porque previamente no hay que juzgar nunca a un personaje así aunque sea deleznable— para mí es un pobre tipo, víctima de sus circunstancias y del cuello de botella en que está metido. Sí, un pobre tipo”.

—Y es lo que le dice más o menos eso a la pareja de su esposa, demostrando que es ciego de su propia situación. No dándose cuenta que el patético puede ser él.

—Sí, pero no lo dice antes. Lo dice en el tercer acto con la suerte echada, pero hasta entonces, el otro hasta entra a la casa estando él. Y en algún momento le tiene que salir. El asunto era crear todo eso antes de que él lo verbalice.

—Está con mucho trabajo. Vienen varias películas suyas, alguna de ellas en España.

—El año pasado hice cuatro. Una se estrena ahora el 4 de abril, Yo, mi mujer y mujer muerta de un director sevillano, Santo Amodeo. Después filmé con Juan José Campanella, después La misma sangre y otra en España, Vivir dos veces dirigida por María Ripoll. Y aún está sin estrenarse una que terminé a fines de 2017 en Estados Unidos.

Yo, mi mujer y mi mujer muerta
Vea el tráiler de "Yo, mi mujer y mi mujer muerta"

—Hoy hablábamos de esa ética de la que usted surgió en la década de 1970. ¿Cómo se ubica con esa ética en estos tiempos?

—Con un desfasaje y un desencuentro con lo que ahora son las cosas. Trato de convivir con eso sin que me melancolice gravemente. Hay muchas cosas que se han perdido y que, sin ser nostálgico, uno añora y hacen que a uno le cueste comprender ciertas costumbres actuales. Y que todo eso se haya perdido. Había una mística en la gente de teatro, hasta en los técnicos, un amor por la tarea que se perdió. Y había valores, una catedral ética que tenía determinados mandatos y que se ha ido perdiendo hasta lo que vivimos hoy por hoy. Pero es generalizado, no solo en mi actividad. Veo los actores muy jóvenes de hoy en comparación a nosotros que estábamos obligados a leer muchísimo, a estar empapados de muchos temas porque si no eras un tarado, a ver mucho cine, teatro, a debatir, a entrenar en los talleres. Y hoy uno trabaja con un montón de chicos que no saben qué es lo que se hizo antes y no les importa no saberlo. Y ese conocimiento es el que nutre y da mayor comprensión de lo que se hace. Es tu identidad cultural. Es como no conocer a tu familia, de dónde venís. Y hay algo de transmisión cultural que se ha perdido: nosotros teníamos mucha voación por aprender de toda esa gente.

—Y eso no lo ve ahora.

—No

—No se siente aprovechado.

—Yo escribí un libro para los jóvenes, pensando en cómo me hubiera gustado a mí, hace 30 años, tener el testimonio de actores que yo idolatraba y que estos chicos ni conocen. Y por eso lo hice. Y porque tengo un costado docente que nunca privilegié, me di el gusto pensando que aunque a uno le abra la cabeza, aunque sea para debatir, y para compartir lo que aprendí en toda una vida dedicada a eso. Es un deber compartir lo que uno tiene”.

—Y más allá de su oficio, ¿cómo ve la Argentina?

—Peor que todo esto de lo que estamos hablando.

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