Obituario

Murió Ennio Morricone, el compositor que llenó de música nuestros recuerdos de cine

Tenía 91 años y una carrera de seis décadas que incluye la música de spaghetti westerns y películas como "La misión" y "Cinema Paradiso"

Ennio Morricone
Ennio Morricone

A menudo, el espectador de cine da por sentadas algunas cosas que hay en una película. La música, por ejemplo. Es que su función principal es la de acompañar pero principalmente guiar las emociones de la platea. Viene en el paquete así que la damos por sentada.

Una manera que tienen los compositores de bandas de sonido, de destacarse por encima del caracter funcional de su arte, es creando melodías inolvidables. Eso no es nada fácil porque implica que, además de la subordinación a la narración de lo que el director debe contar, debe incluirse una sucesión de notas que permanezcan en el oído del espectador. Muchas veces se convierten en éxitos, además, por su caracter pop y son reproducidas, tarareadas o silbadas por un montón de gente que no saben de dónde vienen.

Ennio Morricone, el compositor italiano que murió ayer a los 91 años, tiene varias de esas. De hecho, en los obituarios abundan las menciones a, por ejemplo, Lo bueno, lo malo y lo feo, una de sus colaboraciones con el director italiano, Sergio Leone.

El tema central de esa película de 1966 -con esa melodía silbada, el sonido del viento, el ulular de los animales- es uno de motivos clásicos de la música de película, que, además, definió al género, el spaghetti western, tanto como los planos barrocos de Leone. Es referida, además, como un icono cultural, que trascendió hasta otros ámbitos y que le es parte del aporte cultural que quedó certificado en el premio Princesa de Asturias de este año que Morricone compartió con su contrapartida estadounidense, John Williams.

Los otros hits de Morricone, son parte esencial del recuerdo de grandes películas, principalmente para una generación ya por entonces, adulta. Allí están sus bandas sonoras de Cinema Paradiso (para su compadre Giusseppe Tornatore), La misión (el tema para oboe es uno de sus grandes clásicos), Los intocables de Brian De Palma o Novecento de Bernardo Bertolucci. Si esas películas son eternas y mantienen su encanto también es por culpa de Morricone.

La otra manera que tiene un compositor -y Morricone y Williams siempre lo supieron- es hacerse notar, que las escenas no estén completas sin la presencia de la música. Así, sin ser tan conocida como su tema central, la música del duelo final de Lo bueno, lo malo y lo feo y la de la plaga de langosta en Días de gloria de Terence Malick, son parte esencial de la tensión y la desesperación, respectivamente, de cada una de esos momentos cinematográficos.

Para conseguir eso, Morricone utilizaba recursos orquestales probados (los pizzicatos, la guitarra), con motivos corales entre épicos y modernos y hasta sonidos del ambiente. Así construía su propio relato que acentuaba y comentaba -y no solo hacía notar o guiaba- la emoción que correspondía a ese momento de la película.

Además de esa tendencia a lo inolvidable y a lo maravilloso, Morricone tuvo una ética de trabajo que lo llevó a firmar alrededor de 500 bandas sonoras.

La primera es de 1961 (una película poco recordada, El comandante de Luciano Slace con Ugo Tognazzi); y entre las últimas está  Los ocho más odiados, la película de Tarantino que le dio a Morricone, en 2016, uno de sus dos Oscar; al año siguiente recibió uno honorífico por sus “sus magníficas y multifacéticas contribuciones al arte de la música de cine”.

Morricone -que estaba hospitalizado en una clínica de Roma tras haber una caída en la que se fracturó el fémur- nació el 10 de diciembre de 1928 en Roma y comenzó a componer, dice la leyenda promovida por su principal interesado, a los seis años; a los 10 se anotó en los cursos de trompeta de la Academia nacional Santa Cecilia de Roma.

Su primer trabajo notorio fue la banda sonora de Por un puñado de dólares para Leone y desde entonces hizo una carrera transatlántica que le dio triunfos en Europa y en Hollywood. Su base de trabajo estuvo, claro, en Italia y participó en incontables películas prestigiosas y muy comerciales. Tenía, por lo visto, el no difícil.

Además de sus dos Óscar, también se hizo de Globos de Oro y Grammy, y compuso óperas y canciones de difusión masiva e independientes del cine. En 2018, realizó una gira mundial de despedida donde repasó todos sus éxitos.

En un libro-entrevista que hizo con su amigo Tornatore y ayer lo recordó la agencia EFE, aseguró que en la base de su arte estaban Johann Sebastian Bach e Ígor Stravinski. A eso le sumó una sensibilidad popular y un conocimiento académico de lo musical.

En un gesto inédito Morricone escribió su propio propio obituario. que empieza con un “Yo, Ennio Morricone, he muerto”, lo que evitó intermediarios. “Lo anuncio así a todos los amigos que siempre me fueron cercanos y también a esos un poco lejanos que despido con gran afecto", dice la carta que escribió porque, dejó dicho, “no quiero molestar".

En la carta menciona a Tornatore, y “renueva el amor extraordinario” por su esposa su esposa, Maria Travia, con la que se conoció en 1950, “que nos ha mantenido juntos y que lamento abandonar. A ella es mi más doloroso adiós".

Y un doloroso adiós es el de los muchos espectadores que descubrimos su música en los cines o de los que silbaron sus melodías sin saber de quién era. Ese es la consagración de un artista y por eso también Morricone fue uno de los grandes nombres de la historia del cine.

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