TRAINSPOTTING

Aquellos muchachos de fin de siglo

¿Cómo es la secuela de la historia que se estrena este jueves? El País ya la vio y se lo cuenta

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Trainspotting. Foto: Matt Beard

La última vez que Danny Boyle, su director, estuvo en el universo de Trainspotting, aún no había ganado un Oscar por ¿Quién quiere ser millonario?. Irvine Welsh, el autor de la novela exitosa que está atrás de la película, recién empezaba a ser la figura literaria y popular que es hoy y que el año pasado lo trajo a Uruguay. Jonny Lee Miller —que en la película era Sick Boy, el yonqui de pelo oxigenado— estaba por casarse con Angelina Jolie. Robert Carlyle, el temperamental y camorrero Begbie, aún no había sido un villano de James Bond (Renard en El mundo no basta). Y Ewan McGregor, el pícaro Renton, estaba bien lejos de ser Obi Wan Kenobi. Todos en Trainspotting han recorrido un largo camino.

"Tanto yo como los actores sentimos una enorme responsabilidad y una obligación de honrar a Trainspotting por el modo en que transformó nuestras carreras", le dijo precisamente Boyle al diario argentino La Nación. "Sabíamos que si íbamos a volver a ella, debíamos hacerlo de la manera correcta, no hacerlo por dinero o por cuestiones comerciales, sino que debíamos hacer un film difícil y estimulante, que fuera disfrutable pero con ideas que no fueran fáciles de absorber por momentos, que fuera un desafío". Lo consiguió

Corría el riesgo, sorteado con la elegancia de su diseño de producción y de ideas bastante más adultas, de convertirse en un El bebé de Bridget Jones para antiguos snobs. Pero es una mirada sobre una generación perdida en la memoria de un pasado que prometía un presente distinto. Lo hace desde la comedia y con una película más amable que la otra a la que los diarios ingleses le han dado unánimente cuatro de cinco estrellas.

"Estás acá por la nostalgia", le dice Sick Boy a Renton en un momento de Trainspotting 2 (a la que se abrevia con el mismo T2 que la secuela de Terminator). Y eso también va dirigido a los espectadores.

Todo ha cambiado tanto desde la última Trainspotting, un hito cultural generacional que en Uruguay se estrenó en mayo de 1997 y que recaudó US$ 55 millones en todo el mundo, lo que no parece mucho pero es más de 15 veces lo que gastaron en hacerla. Acá hay un presupuesto importante lo que se hace notar sin ningún pudor. Pero por encima de eso Trainpostting se convirtió en una marca generacional que abarcó un tipo de música, un diseño, una moda y hasta un incentivo turístico para Edimburgo, como queda claro en el tono claramente paisajístico con el que es mostrada la capital de Escocia en T2 a diferencia del desolado paisaje de la primera parte. Aquel odio a Escocia tampoco está presente.

Trainspotting primero fue una novela que la iba de barriobajera para pintar —con bastante conocimiento de causa de su autor, Irvine Welsh— una aldea de jóvenes impulsados al desastre por la adicción a la heroína. Ese mundo se mostraba, decían sus detractores, con más glamour del que merece el consumo de una droga espantosa de consecuencias espantosas. Un poco de razón tenían.

En T2 siguen consumiendo aunque —menos Sick Boy que cambió la heroína por la cocaína—, todos parecen haberse moderado aunque sea un poco. Igual no es cuestión de decir que no si la oportunidad lo amerita y acá se incluye alguna secuencia narcotizada como en la primera.

Esta secuela, que se estrena este jueves en Uruguay, reencuentra a esos cuatro amigos escoceses que hace 20 años compartían un importante y enfermizo consumo de drogas. Ya no son los mismos aunque no son tan diferentes.

Vuelven a estar Sick Boy, Renton y Spud —el tonto del grupo al que sigue interpretando Ewen Bremner— quien sabe que lo suyo es el alivio cómico y lo vuelve a cumplir aunque su papel tiene acá otra relevancia. Begbie, el psicópata, está preso pero no por mucho tiempo y es el villano.

Todo empieza con el regreso de Renton, quien ahora vive en Holanda y anda de vuelta por el barrio. Lo último que sus amigos supieron de él es que se les quedó con el botín que iban a repartir en partes iguales y con el que lo vimos huyendo con una sonrisa socarrona en un plano general final de hace 20 años. Sick Boy (es un extorsionador, acompañado por Verónika, su novia y prostituta búlgara), y Spud (el único que sigue enganchado a la heroína) se dejan seducir rápido por los encantos de Renton, y lo asocian en su plan de fundar un prostíbulo.

Pero a Begbie va a ser difícil que lo seduzca: está más loco que nunca y solo quiere vengarse de Renton mientras lidia con eso de ser padre de un hijo que prefiere ser contador a delincuente. Ese y otros asuntos son mostrados con el formato de sketches.

T2, que tiene una clara vocación nostálgica, es una sucesión de guiños al que vio la primera, aunque, para los que no estuvieron allí, le hacen un resumen apropiado y verídico de dónde empieza esta historia. El guión es de John Hodge, el viejo socio de Boyle que firmó también el de Trainspotting. Acá se basó en Porno, otra novela de Welsh, quien repite su personaje de la primera.

"La clave es que nosotros buscamos reencontrarnos con nuestra juventud del mismo modo en que lo hará el público a través de estos personajes que conocemos tan bien", le dijo McGregor a La Nación. "Por eso Trainspotting es una película tan única, porque estos personajes están tan marcados a fuego en la consciencia de la gente que todos creen conocerlos. Y al verlos a ellos lidiando con el paso del tiempo y alejándose de su juventud, nos hace reflexionar sobre nuestra propia experiencia. Es muy movilizador".

Con sus cámaras de vigilancia casi omnipresentes, o las muchachas letonas que dan la bienvenida a Edimburgo, es también una visión sobre la incomodidad de aquella generación en estos tiempos de Google y redes sociales. Agarra a sus personajes un poco detenidos en aquello que alguna vez fueron y con cierta desilusión sobre la vida que quizás sea compartida por parte del público.

Al igual que la primera, T2 va por la comedia, con un par de momentos divertidos aunque con mucha menos escatología. Boyle, quien a esta altura es uno de los directores más dotados del cine comercial (lo demostró en, por ejemplo, su última película, Steve Jobs) encara acá la difícil tarea de actualizar una idea cuyo encanto principal era su aire juvenil.

Y lo hace recuperando algunos de los mejores efectos que tenía Trainspotting (los movimientos de cámara, las escenas congeladas, los sobreimpresos, tanto detalle que le han robado) y le agrega algunas cosas nuevas como los flashbacks filmados al estilo del super 8 y otra presencia visual. Hay que prestarle atención a la puesta en escena que es una versión adulta de la inventiva que se nos mostró la primera vez.

Y hasta actualizaron el viejo mantra, aunque sigue siendo desolador: "Elegí la vida, elige Facebook, Twitter, Instagram y esperá que a alguien en algún lugar le importe, elegí los reality, el porno vengativo. Elegí un contrato de cero hora, un viaje de dos horas hasta el trabajo y deseá lo mismo para tus hijos aunque peor", avisa Renton esta vez. Su diagnóstico es tan nihilista como aquel que lanzó, como una premonición, a los navegantes del fin de siglo.

T2 consigue despegarse de la comparación con su antecedente. Lo que acá hay es una comedia entretenida, visualmente perfecta y un reencuentro con unos viejos amigos que no serán los mejores del mundo pero, bueno, nadie es perfecto. Eso lo aprendieron ellos como, en estos 20 años, lo aprendimos todos nosotros.

Imágenes que necesitan canciones.

Una de los principales atributos de Trainspotting era su banda de sonido, que se convirtió en un éxito de ventas y mostraba una conjunción interesantísima de viejas canciones y sonidos novedosos. Allí estaban los veteranos Lou Reed, Iggy Pop, Brian Eno y New Order con un montón de artistas fundamentales del sonido británico de la década de 1990 como Blur, Pulp, Primal Scream, Elastica y, principalmente Underworld que transformó su "Born Slippy" en un himno generacional. Esta T2 también tiene pretensiones.

Underworld presenta Slow Slippy, The Prodigy remezcla "Lust for Life", se recupera el "Dreaming" de Blondie, y a ellos se les suma algunos artistas más actuales (Wolf Alice o Fat White Family), todos con canciones que son bien aprovechadas en la pantalla. Era una materia difícil (Trainspotting es una película que se escuchó tanto como se vio) pero es una buena pieza de compañía a la nueva versión.

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