CINE

Modelo que siempre cumple lo que promete

Moana [****] Estados Unidos. 2016. Título original: Moana. Directores: John Musker, Ron Clements, Don Hall, Chris Williams. Guion: Jared Bush sobre historia de Musker, Clements, Hall, Williams, Pamela Ribon, Aaron Kandell, Jordan Kandell. Fotografía: Rob Dressel, Adolph Lusinski. Música: Opetaia Foa’i, Mark Mancina, Lin-Manuel Miranda. Montaje: Jeff Draheim. Duración: 107 minutos. Estreno: 19 de enero.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Moana. Foto: Difusión

La casa Disney no para de producir fantasías animadas de esas que suelen encantar a los niños y arrastrar a los padres. Ese siempre ha sido su fórmula. Se ha adueñado, además, de todas variantes desde las más tradicionales (entre las que está Moana) y las más avanzadas, una opción que alcanzó hace años con la compra de Pixar.

Moana —que estuvo nominada a dos Globos de Oro y seguramente sea una de la candidatas a mejor animación en los Oscar— se ubica así en una línea más apegada a la vieja historia de la empresa que se fundó alrededor de un ratón a pesar de ser animación computarizada.

Su historia de niña que supera los obstáculos hasta cumplir su objetivo y de paso hacer del mundo un lugar mejor es la fórmula detrás de algunos de los mejores productos de Disney como La Sirenita o Frozen y acá vuelve a aplicarse. Es una princesa atípica pero tiene la independencia y la rebeldía necesaria para hacerla creíble para tiempos como estos.

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Acá, Moana es la hija de un jefe de una tribu de la Polinesia que para salvar a su pueblo (y de paso a todo el mundo) de una debacle digamos ecológica debe atravesar el océano y colocar una piedra que, por lo visto, está en una zona protegida por un monstruo horrible. Lo hace acompañada de un semidiós muy pagado de sí mismo que atiende como Maui y un gallo que está reloco. Se va desoyendo las advertencias de su padre temeroso de arriesgarse más allá de los arrecifes y a instancias de una abuela que la acompañará en forma de mantarraya fosforecente.

Es una aventura llena de riesgos incluyendo unos cocos piratas que meten miedo y parecen extras desacatados de alguna Mad Max perdida y un celoso monstruo al cuidado del altar al que intenta llegar este dúo. Tiene buenos momentos de humor infantil.

En definitiva, Moana es, también como muchas películas de Disney, una historia de superación de una niña que deberá enfrentar miedos propios y ajenos y adentrarse en alta mar para cumplir con su destino. Como siempre, además, tiene una moraleja agradable y constructiva sobre las capacidades individuales y el respeto a las tradiciones y al lugar de uno en este mundo.

Esa clase de mensajes conviene destacarlos y agradecerlos.

Se ha hecho mención repetidamente, además, a que es la primera princesa de Disney de origen polinesio y que se suma a la diversidad de las heroínas de la compañía que empezó con Pocahontas y siguió con la afroestadounidense de la preciosa La princesa y el sapo, dirigida por Ron Clements y John Musker, dos de los cuatro directores de Moana (los otros son Don Hall, que dirigió Grandes héroes, y Chris Williams que hizo Bolt).

La película, en otra tradición de Disney, está plagada de números musicales en un formato que está cerca de la comedia musical (cinematográfica y teatral a lo Broadway). Las canciones funcionan muy bien, son pegadizas y sus versiones en español mantienen la calidad original.

Es que esto es Disney por todos lados. Y eso se sabe suele ser una garantía de un producto noble. Aunque se podría pensar que es una película para los más chicos, el tono de la aventura la hace aceptable para preadolescentes con la inocencia aún intacta.

Al final, después de tantas aventuras, olas gigantes y miedos enormes, Moana enseña un montón de cosas lindas. Y les regala un rato sano a los niños.

¿No es esa la verdad razón de ser del cine de animación de siempre?

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