CRÍTICA

El miedo no necesita oscuridad: ¿cómo es "Midsommar", del nuevo maestro del terror?

Crítica de la película "Midsommar", que dirige Ari Aster -el de "El legado del diablo"-, protagonizan Florence Pugh y Jack Reynor y se estrenó en Uruguay

Imagen de la película "Midsommar". Foto: Difusión
Imagen de la película "Midsommar". Foto: Difusión

Ari Aster, ese joven director —tiene 33 años— que el año pasado fue el responsable de una de las mejores películas de terror de los últimos años, El legado del diablo, vuelve con su segundo largometraje: Midsommar, que se estrenó ayer en salas locales.

Una de las claves que convirtieron a su ópera prima en una de las grandes olvidadas por los premios Oscar, fue la decisión de centrar el terror en un drama familiar, lo que junto a una puesta en escena siempre al servicio de un relato impresionista, generaba gran tensión. La mirada de este director neoyorquino era lo que iba marcando la trama, y todo eso está de vuelta en Midsommar.

Igualmente, son dos películas completamente distintas las que ha dirigido. Si en El legado del diablo el director y guionista jugaba con ir al detalle con las miniaturas que realizaba Annie (Toni Collette), y ambientaba la acción en la noche, con varias referencias a El bebé de Rosemary, en Midsommar hace todo lo contrario. Las tomas son muy abiertas y pasan de una escena pastoral, bucólica y diurna en Suecia, donde se desarrolla la acción, al terror más fuerte, todo en una misma gran secuencia casi sin cortes. Sin dudas, el sueco Ingmar Bergman es uno de los grandes referentes de Aster para su segundo largometraje.

En Midsommar, el terror no necesita de oscuridad: toda la acción transcurre en el día, durante unas celebraciones suecas que se realizan cada 90 años. En este largo film (dura dos horas y media), el miedo se configura mediante la tensión y relajación del relato: la película es como un chicle al que Aster va tirando y estirando para lograr un cierre tan catártico como inesperado. Y si bien es una producción un tanto pretenciosa, el resultado es tan maravilloso como terrible.

La trama de Midsommar son dos historias en una. Por un lado está la escena inicial que sirve para conocer a los personajes; es muy oscura y se ambienta en la ciudad. Allí conocemos a Dani (una magnífica Florence Pugh), quien pierde a sus padres y hermana en una tragedia. Entre la superación de ese duelo y la relación tóxica que tiene con su novio Christian (Jack Reynor), ella, junto a los compañeros de su novio (todos estudiantes de Antropología), viajarán hasta Suecia para esta celebración.

Es en el personaje de Dani donde se apoya toda la mirada del relato. A través de ella conocemos, vemos y sentimos lo que sucede en la película. Y Pough demuestra con pequeños gestos, a veces solo mirada y mucho llanto, que es una de las mejores actrices de hoy.

En esa campiña llena de paisajes hermosos se desarrolla la segunda (y extensa) mitad de la película: siempre al sol y donde la luz esconde más terrores que la peor noche cerrada. Este segundo acto es grotesco, psicodélico y mucho más terrorífico.

Aster presenta el viaje como si Dani entrara en el agujero del conejo de Alicia en el país de las maravillas. Los chicos viajan a una pequeña comuna, que no se aleja demasiado de lo que es una secta, que celebra el Midsommar, mientras consumen drogas e intentan sanar heridas. Es un lugar paradisíaco que parece sacado de un fondo de pantalla de Windows, donde los habitantes, todos vestidos de blanco y con arreglos florales, son amables y cariñosos en demasía.

Nueve días de festividades en un pueblo en medio de la nada parecen un buen plan para olvidar una tragedia, pero Aster convierte todo en una tensión constante, mientras usa colores pastel y prescinde de la tradicional oscuridad del género. A esto hay que agregarle pocos diálogos y una banda sonora compuesta por cánticos a capella que generan más ansiedad en la pantalla. Así, situaciones comunes como un almuerzo o un baile se ven extraños y anormales.

Imagen de la película Midsommar
Imagen de la película "Midsommar". Foto: Difusión

El terror diurno es una rareza en el cine (un ejemplo es El hombre de mimbre de Robin Hardy, 1973, una velada referencia en Midsommar), y solo un director con una mirada tan particular como la de Aster, logra llevarlo adelante y ser efectivo al mismo tiempo.

Este tipo de cine no se centra en lo que se oculta en las sombras o en un asesino serial, sino en un horror distinto, más visceral, en el que se muestra la acción sin velos; lo que es, a la vez, más contundente. Por eso, aquí no hay matadores buscando víctimas desprevenidas, ni perversos juegos mortales, solo una simple festividad en la que se rinde culto al conocido ciclo de la vida: nacimiento, reproducción y muerte.

Una gran contención dramática que por momentos puede desconcertar al espectador, una estilización de las imágenes donde la belleza da pie al horror en una misma secuencia, y un ritmo muy pausado, son algunas claves de esta película que ha llamado la atención de los críticos desde su estreno.

ficha
Midsommar
Midsommar [***]
Dirección y guionAri Aster
FotografíaPawel Pogorzelski.
ConFlorence Pugh, Jack Reynor, Vilhelm Blomgren, William Jackson Harper y Will Poulter

Duración: 147 minutos.

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