Obituario

Michel Piccoli, una gloria del cine que le dio rostro a los mundos de grandes directores

A los 94 años murió uno de los grandes actores del cine mundial; su asociación con Luis Buñuel fue de las más importantes de la historia de las películas

Michel Piccoli
Michel Piccoli, una gloria del cine

Si la trascendencia de un actor se mide en la categoría de las grandes películas y y los directores notables con los que trabajó, Michel Piccoli fue uno de los grandes actores del cine mundial. Si esa trascendencia se mide en la capacidad de un intérprete para encarar distintos personajes y hacerlo de una manera original independiente del tamaño del desafío y siempre aportar su personalidad, Michel Piccoli fue un gran actor. Y finalmente, si eso se mide por la cantidad de películas en la que trabajó, Michel Piccoli es el mejor actor del mundo: según registros confiables puso la cara en más de 230 proyectos desde que debutó en la pantalla grande a comienzos de la década de 1940.

Fue por la combinación de todos esos datos que la noticia de su muerte -anunciada ayer pero ocurrida el 12 de mayo- a los 94 años, fue saludada con el respeto adecuado para uno de los nombres más gigantes del cine europeo. Integró muchos de los movimientos cinematográficos del viejo continente incluyendo la nouvelle vague y fue parte de algunos de los grandes éxitos de su época.

Aunque debutó en el cine en 1944 en Magia negra, de Christian Jaque y su primer protagónico fue en 1949 en Le point du jour de Louis Daquin, Piccoli fue una de las grandes figuras del cine francés moderno. De alguna manera lo inauguró en 1963 con su papel en El desprecio de Jean Luc Godard donde interpretaba a un guionista adaptando La odisea, mientras sobrellevaba de la peor manera un matrimonio con una Brigitte Bardot ligera de ropas. Su personaje era odioso e interesante y la película era una reflexión sobre el poder del cine para contar historias en la que también estaban Fritz Lang y Jack Palance. Piccoli, vestido de romano y con sombrero, daba justo con el papel de cínico y aprovechador.

Ese aire de villano melancólico lo aportó a una larga lista de directores para los que trabajó y que es todo un canon de cine europeo. Un repaso parcial incluye a Jean Renoir, René Clair, Costa-Gavras, Alain Resnais, Claude Chabrol, Agnes Varda, Louis Malle, Marco Bellocchio (en Salto al vacío, por la que ganó el premio a mejor actor en Cannes), Liliana Cavani, Jacques Demy, Jerzy Skolimowski, Leos Carax, Jacques Rivette, Luis García Berlanga, Raoul Ruiz, Manoel de Oliveira, Theo Angelopoulos y Nanni Moretti.

La lista es impresionante y eso que no incluye, a propósito, su larga colaboración con Luis Buñuel, de quien se consideraba un “compañero de viaje” y donde están Diario de una camarera, Belle de Jour, La vía láctea, El discreto encanto de la burguesía y El fantasma de la libertad. O su parcería con Marco Ferreri para quien trabajó en siete películas incluyendo clásicos escandalosos como La gran comilona o La última mujer. O las cosas que hizo con Claude Sautet quien en Las cosas de la vida (donde también estaba Romy Schneider) le dio uno de los grandes éxitos de su carrera. También hizo de un frío espía soviético en Topaz de Alfred Hitchcock.

Pocos actores han podido hacer alarde de un filmografía de ese tamaño y calidad.

Nacido el 27 de diciembre de 1925 en París, hijo de un violinista, debutó en el cine, después de estudiar teatro. Fue parte de los movimientos políticos e intelectuales de la posguerra francesa: estuvo vinculado con Jean-Paul Sartre y se afilió al Partido Comunista, manteniendo una fidelidad eterna con las ideas de izquierda.

Esa ideología la trasladó a muchos de sus personajes que solían cargar con cierto desdén hacia lo institucional, irreverencia y actitud desafiante. A eso lo combinaba con una melancolía existencialista que chocaba con su aspecto común (esas cejas fuertes, su calvicie incipiente), que no le impidió que fuera uno de los grandes seductores del cine europeo. Era un actor convincente ya haciendo de Papa (en Habemus Papa de Moretti, de sus últimas películas), de gansgter o de sádico al servicio de Buñuel (en La vía láctea, por ejemplo).

Tuvo, además, una persistente inquietud por trabajar con directores independientes, irreverentes y arriesgados.

“Me da lo mismo (...) hacer cosas no comerciales, peligrosas”, declaró en una ocasión a la revista Cahiers du Cinéma y ayer lo recordó la agencia AFP. “Prefiero los prototipos a las series”.

Ayer Francia lamentó su muerte pero en vida no le dio premios prestigiosos: nunca ganó un César, pese a haber estado nominado cuatro veces. Fue, como decía ayer un suelto noticioso, más adulado por la crítica que por el público. Quizás porque él mismo rechazó la exposición pública (a pesar de su militancia política de perfil alto) y siempre se presentó como un personaje incómodo y fue impredecible en sus elecciones: elegía los proyectos por sus intereses artísticos, sin considerar las posibilidades comerciales.

Eso también estaba en las tres películas que dirigió: Alors voilà (1997), La plage noire (2001) y C'est pas tout à fait la vie dont j'avais rêvé (2005). Y fue una figura siempre presente en los debates culturales franceses.

En su vida personal, se casó en 1954 con la actriz Éléonore Hirt, de la que se separó, entre 1966 y 1977 tuvo una relación con la cantante Juliette Gréco, antes de casarse de nuevo en 1978 con la también actriz Ludivine Clerc, su última esposa.

Toda una vida la de Piccoli, que además congenió su pasión por el cine con su amor por el teatro. Y gracias a todo eso se convirtió en uno de los enormes actores europeos y en el rostro, serio y esquivo, de sus mejores años.

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