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Lo mejor del cine de 2017

Una cuenta regresiva a las grandes cosas que se vieron este año en pantalla grande

Luz de luna. Foto: difusión
Vea el tráiler de la historia de amor maravillosamente narrada por Barry Jenkins

Lo que consigue Barry Jenkins es soberbio: contar una historia de amor casi platónica y de paso el camino hacia la redención en tres momentos de la vida de un personaje, que es el mismo aunque tenga otro nombre y otro aspecto. Nunca somos los mismos aunque repitamos, como lo hace la película, los mismos gestos, los mismos escenarios, los mismos sonidos. En ese sentido, Luz de luna, es un trabajo de precisión.

Es la historia de un niño que se hace adolescente y se hace adulto en territorio hostil: es víctima de bullying, hijo de una madre drogadicta y vive una sexualidad conflictiva. Tiene una amistad con un compañero cuya lealtad es un poco endeble aunque el amor, todo indica, es más fuerte. La película habla sobre lo que mostramos y lo que no podemos mostrar.

Cargada de referencias cristianas el único cariño que recibe el niño se lo da Juan (el ganador del Oscar, Mahershala Ali) quien, en una de las grandes escenas de la película literalmente lo bautiza y le ofrece una nueva vida. No le será fácil encontrarla y al final, cuando —como hacía otro niño desolado en Los 400 golpes— nos increpa mirándonos, uno sabe que no le será fácil.

Jenkins consigue armar un rompecabezas duro, cierto, pero tan lleno de simetrías visuales, tan jugado estilísticamente (el uso del sonido, por ejemplo, y del color), tan brillantemente escrito y tan humanamente poético que a uno solo le queda maravillarse. Pocos alcanzan eso.

Dunkerque
Vea el trailer de una épica de guerra con mano de maestro, Christopher Nolan

Christopher Nolan consigue su mejor película por un territorio que frecuentó poco, el drama realista. Así, lejos de su trilogía sobre Batman o los arrebatos filosóficos de Interestelar y El origen, consigue una de las mejores películas bélicas de la historia.

Sus logros son muchos. Primero la reproducción de un hecho histórico rompiendo el orden cronológico. Así está a igual distancia de, digamos, de John Ford (aunque más cerca de Samuel Fuller) que de algunas innovaciones de un cine más artístico. Después, la música de Hans Zimmer que se confunde con el ensordecedor desastre de una batalla y finalmente la historia capaz de encontrar en la masa uniforme de las víctimas de una guerra, historias individuales, pequeños dramas y los enormes recursos de la supervivencia. Es una película brillante.

Y además, al separar en tres escenarios (aire, agua, tierra) y varios tiempos, Nolan consigue plantear cuestiones cinematográficas, interrogar el modelo clásico y de paso colectivizar el papel del héroe.

Silencio Scorsese
Vea el trailer de una obra maestra sobre la fe firmada por Martin Scorsese

Su ausencia de las nominaciones de los Oscar y cierta pereza de la crítica y del público, hicieron que esta obra maestra de Martin Scorsese pasara desapercibida. Una pena porque es una película importante en una carrera importante y que siempre ha lidiado con asuntos de la fe católica, la culpa y, de paso, la redención.

Ese es más o menos el camino que siguen dos curas jesuitas (Andrew Garfield y Adam Driver) que llegan a Japón en plena inquisición contra el cristianismo en el siglo XVII a buscar a un sacerdote (Liam Neeson) que puede haber cedido en la firmeza de su fe. Será un viaje terrible que Scorsese —apoyado en la fotografía de Rodrigo Prieto, el diseño de Dante Ferretti y un atinadísimo uso del sonido— convierte en una odisea colectiva y a la vez personal: la expansión del cristianismo se cobró, muchas veces, las certezas de muchos de sus adelantados.

Scorsese (que en la década de 1990 filmó La última tentación del Cristo y fue acusado de sacrílego) consigue transmitir gracias a su fineza como narrador, un asunto tan esquivo e intangible como la fe en un Dios que pone pruebas tremendos y ofrece, al menos en esta vida, pocas cosas a cambio. Algunas de esas cuestiones ya habían atormentado a otros personajes de Scorsese (que alguna vez quiso ser seminarista) como el Harvey Keitel de Calles salvajes o el Robert De Niro de Taxi Driver pero nunca lo mostró así, tan directo, tan intolerablemente doloroso y a la vez tan sugestivamente convincente.

Manchester junto al mar
Vea el trailer de este drama seco sobre un hombre lidiando con sus fantasmas

El Manchester, para empezar, refiere a una ciudad de Massachussets que, por lo visto, es tan desolada y fría como los protagonistas de este drama escrito y dirigido por Kenneth Lonergan, quien se llevó el Oscar al mejor guión original.

Su otro premio de la Academia fue para Casey Affleck, el protagonista de esta historia, un hombre que debe afrontar la culpa por la muerte de sus hijos, el desprecio de su exesposa (Michelle Williams), cierto recelo del pueblo y, encima, la responsabilidad de cuidar del adolescente hijo de su hermano muerto. Con ese material está claro que no estamos ante una comedia: Manchester junto al mar es un drama sequísimo, inclemente y narrado de una manera formidable.

Lonergan, quien demostró su capacidad como director comprometido con su obra en Margaret, su anterior película y que lo enfrentó con el estudio por cuestiones artísticas. Manchester junto al mar puede ser visto como un ajuste de cuentas.

Pero más allá de lo anecdótico y de la poca clemencia que tiene con la emoción del espectador, la película está llena de momentos importantes que Lonergan y el fotógrafo Jody Lee Lipes, filman con distancia y pudor: toda la escena del accidente y el encuentro entre los exesposos, por ejemplo, son de una belleza y un dolor cautivantes.

Una serena pasión
Una Cynthia Nixon (izquierda) soberbia en un drama lleno de sutilezas cinematográficas

Es la historia de Emily Dickinson, la poeta compulsiva y de talento mayor, que vivió y padeció su condición de mujer en los distritos acomodados de Nueva Inglaterra. Y padeció eso de ser una escritora a pesar de todo y una mente libre en un paraje de opresión. Se entiende el interés de Terence Davies por su historia: es una suerte de declaración de principios y otro retrato de una mujer y su tiempo, ya presente en su anterior película, The Sunset Song.

Davies viene filmando desde la década de 1970 y, con eso le alcance para ser junto a Mike Leigh, el más importante de los directores británicos de su generación. Su cine tiende a lo dramático, lo intimista, los largos travellings y un preciosismo visual. Una manera de empezar con él (aunque hay poco de su obra disponible en la vuelta) puede ser una de sus películas más "comerciales" (Deep Blue Sea con Rachel Weisz), la personal Voces distantes, imágenes quietas o su documental sobre su Liverpool natal, Of Time and the City.

Cumple con todos los antecedentes en Una serena pasión y lo hace lucir en un par de escenas clásicas (el travelling circular; un montaje de tiempo ominoso) y, principalmente con la deslumbrante actuación de Cynthia Nixon que consigue el papel de una vida.

La La Land
Un musical como los de antes pero lleno de sensibilidad moderna

Con La La Land, David Chazelle se convirtió, a los 31 años, en el director más joven en ganar un Oscar. Es irónico que lo haya conseguido con una película que evoca un cine y un tiempo que están bañados de nostalgia.La La Land recupera el musical tradicional americano y está llena de referencias directas que revelan la pasión cinéfila de Chazelle, quien en su anterior película, Whiplash había dejado en claro que, además, le interesa el jazz. Acá también.

La historia es material clásico: una muchacha (Emma Stone) con aspiraciones de actriz y un músico de jazz (Ryan Gossling) con aspiraciones de tener un club se cruzan, conviven y se separan cuando su relación empieza a interrumpir sus ambiciones. No es necesariamente una comedia musical (es más tirando a drama) principalmente porque no quedan juntos al final, una concesión que solían hacer los musicales clásicos y que mucha gente criticó.

Es que Chazelle no va por ese lado. Aunque las referencias inevitables del género están (principalmente en un epílogo magistral donde demuestra cómo hubieran hecho esa historia Donen, Kelly o Minelli y despliega citas como loco), La La Land está más cerca de los musicales de Jacques Demy (el final es muy Los paraguas de Cherburgo) o el New York New York de Martin Scorsese que también era la historia de una pareja y un homenaje a una ciudad. Cada uno, además, como en una trivia musical, puede encontrar sus propias referencias.

Y están esos números musicales filmados en plano secuencia (los dos que empiezan en el apartamento de ella y terminan en una fiesta, por ejemplo), ideas geniales, un homenaje a Rebelde sin causa y una historia de amor encantadora. Y, por favor, no digan que tiene un final triste.

Zama
"Zama", la crónica de una espera que Lucrecia Martel demoró nueve años en hacer

No hay que pedirle a Zama, ni a nada en esta vida, lo que no quiere ser. La última película de la argentina Lucrecia Martel es la crónica de una espera, una circunstancia tediosa y que, llevada al extremo, puede terminar siendo enloquecedora. La maravilla —y para otros su principal contrariedad— está en cómo Martel consigue transmitir esa angustia en una película que encuentra su magia en un ritmo moroso que, sin embargo, incluso esconde algunas instancias de rebuscada comedia.

Basada en una novela que Antonio Di Benedetto escribió en la década de 1950 y que es parte de su, precisamente, "trilogía de la espera", Martel cuenta la historia de un corregidor (Daniel Giménez Cacho, con el tono justo) del Virreinato del Río de la Plata que pretende que se lo traslade desde el sopor paraguayo a territorios más dóciles y cercanos a su familia. Nadie parece notar que la urgencia se lo consume entre intrigas de palacetes tuguriosos y algún otro entretenimiento aunque eso es precisamente lo que escasea.

La segunda parte es un viaje alucinado detrás de un forajido peligroso, que transcurre en unos humedales hostiles que bien puede representar la cabeza de Zama, pobre, que a esa altura ya le cuesta pila responder por sí mismo. El uso del color, por ejemplo, en todo ese tramo es, valga la redundancia, alucinante.

La fotografía de Rui Poças tiene mucho que ver con que Zama sea una experiencia cinematográfica desafiante, una característica que, además de los títulos de una sola palabra, abundan en esta lista. El cine es cine cuando desafía a los espectadores. Martel es una de las voces más personales del cine de hoy y uno de sus grandes maestros contemporáneos, y Zama como antes lo hizo con La ciénaga y La mujer sin cabeza, lo dejó claro.

Elle
"Elle": Paul Verhoeven analiza la sexualidad de estos tiempos a partir de una mujer violada

Al igual que lo hizo en la década de 1980 con Bajos instintos, el holandés Paul Verhoeven que desde hace años está de nuevo en Europa, vuelve sobre uno de sus temas predilectos: la sexualidad. Lo hace en un tono totalmente diferente: aquí, por ejemplo, nadie se cruza provocativamente de piernas; las provocaciones pasan por otro lado.

Isabelle Huppert hace lo que uno espera de Isabelle Huppert: es una señora complicada. Acá es una ejecutiva de una empresa de videojuegos que un día es asaltada sexualmente en su casa por un desconocido y su reacción ante el hecho es menos escandalosa de lo que sugiere el protocolo. Además lidia con un amante, una madre, un hijo que es un pánfilo y un pasado que incluye un padre asesino de niños del que, mucha gente sospecha, ella fue cómplice.

Es todo un cóctel que como ¡madre! picotea en varios géneros, entre ellos, la comedia. Pero más que aflojar la tensión, esos alivios cómicos sirven para incomodar aún más a un espectador que ve cómo le machacan, por ejemplo, con imágenes de una violación, videos juegos violentos y algunos otros síntomas de estos tiempos. Y encima cuestiona el papel de la víctima en tiempos de femicidio. A Verhoeven le encanta pelearnos.

¡madre!
"¡madre! de Darren Aronofsky, una pesadillesca locura cinematográfica

¡madre!, la última película de Darren Aronofsky es muchas películas: una de terror, una comedia, un drama, un viaje alucinado y un capricho artístico. Por la razón que sea es una obra fascinante, desafiante aunque, para muchos, agotadora y sin sentido.

Su historia también puede representar varias cosas. Una pareja en una casa solitaria viven lo que parecería una vida apacible en una casona aislada. Él (Javier Bardem) es un poeta que tiene las musas bloqueadas y ella (Jennifer Lawrence), una ama de casa devota. Un día cae un médico enfermo (Ed Harris) que dice ser admirador del escritor (los personajes no tienen nombre, como para confundir más esta descripción de la trama) que se les instala en la casa, para sorpresa y cierto desagrado de la anfitriona, y más cuando se suman su esposa (Michelle Pfeiffer) y aparecen dos hijos que se llevan como perro y rato.

Una segunda parte aumentará la lista de convidados de piedra y dispara el asunto para un territoriio más simbólico que incluye un nacimiento y una guerra de trincheras en el sótano de la casa. Eso para muchos fue el acabose, para otros parte de la genialidad de Aronofsky, quien aquí entrega su mejor película de una lista que incluye cosas como Requiem por un sueño y El cisne negro. La combinación de primeros planos y planos secuencia es logradamente claustrofóbica.

Como siempre con este director ¡madre! parece estar hablando de algo trascendente aunque las conclusiones quedan a criterio del espectador. Algunas teorías hablan del vínculo de los humanos con Dios y con la Tierra (o sea "la madre Tierra") o el vínculo con la fama y la creatividad.

Por lo que sea, ¡madre! es una película atrevida, valiente y, si, un poco loca de más. Es justo por eso que está tan buena.

Frantz
"Frantz" de Francois Ozon es una historia de amor después de la Primera Guerra Mundial

Como la Rebecca de Hitchcock, Frantz es una presencia constante aunque esté muerto. Fue un soldado alemán que murió en la guerra y cuya tumba en un pequeño y francofóbico pueblito alemán, visita todos los días, un francés de aspecto pulcro (Pierre Niney), lo que llama la atención de la novia/viuda (Paula Beer) del caído. La curiosidad lleva a la complicidad y el francés es aceptado por la familia de su amigo muerto, como el hijo que nunca volvió.

Filmada en blanco y negro (con fugaces momentos en color, que hablan de un pasado que a veces fue mejor, a veces peor, a veces no tan cierto), la película combina misterio y romance: no está muy claro cuál fue el vínculo de ese francés con Frantz pero está bastante claro el vínculo que ella quiere tener con ese francés.

Pero no hay que dar nada por sentado porque Frantz habla precisamente de lo escurridizo de la verdad, de la necesidad de recuperar un pasado convirtiéndolo en presente y de una Europa que se miraba con desconfianza a los viejos (o nuevos) enemigos que deberían ser amigos.

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